Xenakis, un grito a favor y cinco pistas de escucha

Xenakis, un grito a favor y cinco pistas de escucha

Un siglo de Iannis Xenakis (1922-2001), hoy, exactamente hoy. El compositor más sanguíneo, decididamente mediterráneo y colérico de las vanguardias está renaciendo, con motivo de la efeméride, en múltiples salas del mundo. Su música lleva celebrándose con más profusión de la esperada durante los últimos meses en numerosos países del globo, no estrictamente solo en Europa. Su obra es un incitante goce para los oídos; acostumbrados a tantas dañinas y no deseadas violencias sonoras, las tormentas perfectamente secuenciadas que constituyen buena parte de sus obras no atemorizan ya a (casi) nadie; antes al contrario, la obra del greco-francés lleva tiempo encontrando a nuevas audiencias y la programación de sus grandes piezas orquestales tiene algo de espectáculo, de acontecimiento.

Acertó Olivier Messiaen cuando despachó a Xenakis de sus clases señalándole que, desde el autodidactismo, él ya había encontrado su propio camino, su propia fuerza creadora. También estuvo sembrado Le Corbusier cuando lo fichó a su lado embarcándolo en proyectos arquitectónicos como el Convento de La Tourette y el Pabellón Philips de la Exposición Universal de Bruselas de 1958. Normal que acabara recelando y poniéndole freno a su talento. En un reciente documental que, ¡albricias!, puede verse con subtítulos en español, Revolución Xenakis  (Stéphane Glez, 2022), en la cadena Arte, se afirma que el compositor logró trasmutar la pétrea arquitectura en movimientos y olas de sonido. Desde luego lo hizo en una obra icónica de la segunda mitad del siglo XX como Metastaseis (1953-54), excepcional logro que luego amplificó con todo su catálogo posterior hasta la postrera O-Mega (1997), última obra de su catálogo, también de sólida construcción arquitectónica, con líneas depuradas, con sonoridades que parecen buscar su extinción. Luego calló Xenakis, consciente de haberse vaciado por completo, de haber dejado una herencia nada coyuntural, probablemente tan infinita o finita como marque la misma existencia de este cada vez más apurado planeta. ¿Nos dicen algo de esto los alaridos de su música?

En España la celebración de su legado, como cabía prever, oscila entre lo voluntarioso y lo testimonial (por ahora, aun con escasas esperanzas ya). Es justo poner en valor el esfuerzo de la Orquesta de Cámara del Auditorio de Zaragoza, Grupo Enigma, quien en su concluida temporada ha reivindicado con profusión a Xenakis hasta culminar con la ritualística Oresteia (1965-66). También el Festival Resis ha invocado su nombre montando sus Pleïades (1978), pieza de febril intensidad percutiva, puro Xenakis, en un espacio tan adecuado, que huele y sabe a piedra, como el Castillo de San Antón de La Coruña. A falta de concretar qué presencia tendrá su música en el Ensems de Valencia (estar, estará), el Centro Nacional de Difusión Musical, a no ser que dé el campanazo en el venidero curso, se ha limitado a programarlo testimonialmente en su ciclo contemporáneo del Museo Reina Sofía. ¿Hay que recordar que el director de orquesta español Arturo Tamayo es la gran autoridad en Xenakis? No solo porque tenga en su haber la grabación casi integral de su catálogo sinfónico con la Orquesta de Luxemburgo (en Timpani, en Mode Records), también porque su conocimiento de las vísceras de la materia xenakiana es incontestable. Decididamente sí, hay que recordarlo. No solo porque Tamayo, vecino de Berlín, ahí mismo, lleva años ausente de las temporadas de las orquestas patrias, también porque hubiera sido épico (hablando de un griego tan arcaico en sus deudas mitológicas, permítase el masivo epíteto) escuchar su Xenakis en vivo. Finalmente, si apelamos a la Iberia de Saramago, la Fundación Calouste Gulbenkian lo festejará en septiembre y en diciembre con varios programas de música orquestal, de cámara y electroacústica; presentando también en la vecina Lisboa la exposición que actualmente puede verse en la Philharmonie de París.

A Xenakis se le puede abordar, con ganas de marcha, por cualquier esquina de su catálogo, cuanto más imprudentemente mejor. Paradójicamente se produce en su obra una colisión entre su afán de despojar a la música de cualquier tentación programática, en su búsqueda de una música radicalmente abstracta, con un sentido del drama, de la representación, que hace que cualquiera de sus obras pueda ser vivenciada desde una óptica abiertamente emocional. Con ello no negamos, no a estas alturas, la posibilidad de disfrutar de la música de un, pongamos Boulez, desde un prisma más vivencial que erudito, pero sin duda, lo descarnado y torrencial en Xenakis llega al auditor con un puñetazo intelectual y físico, sobre todo físico, más certero. Pero si se desea una brújula para arrancar el viaje, tómese en consideración si se desea estos hitos en el camino:

Diamorphoses (1957)

La participación de Xenakis en la resistencia griega durante la Segunda Guerra Mundial iba a dejarle una huella de oscuridad y profundidad insondable en su alma y en su propio rostro. Preso también de un fervor guerrero muy de su tiempo, advirtió en aquellos tumultos y confrontaciones unas sonoridades que quiso hacer suyas. De todo ello habla veladamente una obra como la electroacústica y vivísima Diamorphoses.

Terretektorh (1966)

Mitología, ciencia y naturaleza confluyen en una composición con aura de legendaria que, en una situación de concierto ideal, sitúa al oyente/espectador en el corazón mismo de la vorágine orquestal, sentado y disperso entre los instrumentistas. La idea de movimiento y, nuevamente, el afán del choque y del encuentro, hacen de esta música una experiencia que trasciende la propia escucha.

Jonchaies (1977)

Ese impulso que dispara los acontecimientos en las piezas de Xenakis se encuentra especialmente exaltado en Jonchaies, para orquesta de 109 músicos. Puede haber matemáticas detrás de estos pentagramas, pero la capacidad de comunicar de esta pieza, de abrumarnos y someternos, parece a prueba de bombas.

Tetras (1983)

El clásico sonido Arditti, áspero, crudo, terroso, configura el mejor envoltorio posible para el cuarteto de cuerdas Tetras. Con su maraña de texturas truncadas, ritmos nada inocentes y ataques embravecidos, la obra reluce como una piedra de toque del repertorio moderno, como un clásico con más anclajes en la escucha de los que cabría esperar.

À l’île de Gorée (1986)

Escrita para clave y orquesta de cámara, Xenakis propone un juego muy elemental de tensiones que, sin embargo, nos cautivan y vuelven a provocarnos el pasmo. El enrarecido orgánico y la visceralidad de una pieza que nos conecta con lo ancestral redondean una creación más en los márgenes de su catálogo, pero igualmente eficiente.

Ismael G. Cabral