BERLÍN / ‘La Vestale’: Spontini sin final feliz en Unter den Linden

Berlín. Staatsoper Unter den Linden. 26.9.2026. Sonya Yoncheva, David Butt Philip, Marina Prudenskaya, Siyabonga Maqungo, Adrian Sampetrean. Direción musical: Carlo Rizzi. Dirección escénica: Lydia Steier. Gaspare Spontini: La Vestale
Es de agradecer que la Staatsoper de Berlín recupere con La Vestale al compositor italiano Gaspare Spontini, quien fue nada menos que el primer director musical de la institución, cargo que ocupó entre 1820 y 1841. Esta tragédie lyrique se estrenó en París en 1807 y llegó en 1811 a la Königliche Oper de Berlín. Hoy apenas se representa y la mayoría de los aficionados a la ópera nunca ha tenido ocasión de verla. Precisamente por ello, ante este primer encuentro con la obra habría sido deseable conocerla en su forma original, tal como la concibieron el compositor y su libretista, Victor-Joseph Étienne de Jouy.
Sin embargo, la directora de escena estadounidense Lydia Steier, el escenógrafo francés Etienne Pluss y la figurinista alemana Katharina Schlipf trasladan la acción, ambientada originalmente en la antigua Roma, a una sala de la Sorbona de París. El espacio constituye, sin duda, un marco impresionante, aunque nada tenga que ver con el original. Julia, la protagonista, es una joven vestal, sacerdotisa al servicio de Vesta, diosa del fuego sagrado. Obligada a guardar castidad y responsable de mantener siempre encendido el fuego del templo, se rebela contra la ley por amor al general romano Licinius y pone así en peligro su propia vida. Finalmente, el perdón de Vesta revoca su condena a muerte.

Steier, sin embargo, sustituye este final feliz por un desenlace mucho más sombrío. Al final convierte a Cinna (Siyabonga Maqungo), comandante de la legión y amigo de Licinius, en un dictador militar que ordena ametrallar a Julia, Licinius y la Gran Vestal. Ya antes se suceden escenas desconcertantes: el régimen practica crueles torturas, mantiene a prisioneros desnudos encerrados en jaulas o colgados cabeza abajo, mientras las propias sacerdotisas muestran a su vez comportamientos inhumanos al escupir a una de sus compañeras y rapar la cabeza a otra. La Gran Vestale oscila entre el fanatismo religioso —azota a Julia hasta hacerla sangrar— y momentos de compasión. La escena más problemática es la quema de libros del segundo acto, cuya imagen remite de manera demasiado evidente a la que tuvo lugar en 1933 en la Opernplatz de Berlín.

Sonya Yoncheva debutó en el papel protagonista y mostró al comienzo unos agudos estridentes y una voz de dureza metálica. Su voz no adquirió redondez, variedad de colores y verdadera expresión suplicante hasta la gran aria del tercer acto, «Toi que j’implore avec effroi». Con todo, consiguió sacar adelante hasta el final un papel de exigencias casi inhumanas sin mostrar signos de fatiga.
Licinius, que regresa victorioso de la guerra pero parece atormentado por recuerdos traumáticos y acaba refugiándose en el alcohol, es un papel de carácter heroico que el tenor David Butt Philip solo resolvió parcialmente. Algunos agudos resultaron imponentes, pero, en conjunto, su voz, de marcado vibrato, careció de brillo y del estilo francés requerido por la partitura. Las emociones de los amantes resultaron frías y fueron más perceptibles en los vídeos de Etienne Guiol que sobre el propio escenario. El bajo Adrian Sampetrean completó con solvencia el reparto como Le Souverain Pontife, al que dotó de la necesaria autoridad vocal.
Marina Prudenskaya estuvo grandiosa como Gran Vestale, con un canto de extraordinaria intensidad. El Coro de la Staatsoper (preparado por Dani Juris) afrontó sus intervenciones con entrega y ofreció un sonido pleno. Carlo Rizzi dirigió a la Staatskapelle Berlin con impulso y energía, aunque por momentos, en lugar de tanto brío italiano, se habría agradecido una mayor presencia del esprit francés. El público del estreno ovacionó a los intérpretes, pero recibió al equipo de dirección escénica con sonoras protestas.
Bernd Hoppe


