Volverá la música

Volverá la música

Con el descenso de las cifras de afectados por el coronavirus y las medidas tomadas por el Gobierno para ayudar al mundo de la cultura —aunque no haya habido el suficiente coraje como para proponer un plan estratégico— comienza a plantearse más o menos tímidamente la vuelta a la actividad. Una vuelta que, como puede comprobarse en este número de SCHERZO, afecta a todos los elementos involucrados en la música en vivo, también en la clásica, tan olvidada en los medios frente a la popular: los creadores, los programadores, los intérpretes y el público. Los compositores deberán, de momento, adaptar su creatividad a unas nuevas condiciones especialmente restrictivas. Los programadores, recordemos, no sólo se encargan de decidir lo que va a interpretarse en sus escenarios, sino de contratar a sus artistas y a los trabajadores eventuales que colaboran en los montajes de los espectáculos y, lo que en este caso no es menor, asegurar que el aforo reducido de sus locales garantice la seguridad sanitaria de todos. Los intérpretes —y sus agentes, otro escalón a no olvidar— verán reducidas sus posibilidades de contratación y, caso de conseguirla, sus condiciones no podrán ser las mismas que en los tiempos anteriores a la pandemia: menos conciertos y menos público implican menos ingresos para contratadores y contratados. Mientras, el público queda un poco a verlas venir. Afortunadamente, diríamos, en tanto en cuanto, en nuestro sistema no depende sólo de él la pervivencia de la oferta cultural, lo que no dejaría de ser para un analista un punto cínico una suerte de privilegio frente a otros aspectos de lo cotidiano —y lo decimos para que quede claro que no ocultamos ninguna carta en la manga—. Pero sí va a depender de él un aspecto fundamental en eso que hemos llamado no muy acertadamente ‘vuelta a la normalidad’: la confianza. Y una confianza que se encadena. Los músicos han de confiar en los sistemas de seguridad implementados por sus orquestas —magnífico el foro internacional organizado estos días por AEOS dentro de Global Leaders Programs—; estas en los que se lleven a cabo en los auditorios; y el público, como último y decisivo eslabón de esa serie de precauciones, en todo lo anterior. Cuidando también de sí mismo, olvidando, por ejemplo, esas toses habituales en las pausas entre movimiento y movimiento de una pieza musical que ahora habrá que pensarse muy mucho.

Lo que importa no es seguir a toda costa, sino hacerlo con seguridad para no perder por completo el espacio entre el final de la pandemia y el logro e implantación de la vacuna, un espacio ocupado de modo engañoso por la disposición gratuita en las redes sociales de excelentes materiales sonoros y visuales. No se puede fiar todo a la oferta de gratuidad que en estos días ha servido no solo para mantener el contacto entre aficionados y orquestas o intérpretes, sino aprovechar ese disfrute para que el público menos habitual en conciertos y festivales comprenda que la música seguirá siendo un bien esencial y que, para serlo, necesita respeto y medios. Considerar la cultura un bien esencial no significa que haya de ser gratuita, sino que su acceso debe ser facilitado al máximo por los poderes públicos.

Los festivales que han anunciado su continuidad se han echado a la espalda una enorme responsabilidad —lo que no significa que los que no abrirán sus puertas hayan hecho dejación de funciones, pues cada uno tiene su idiosincrasia—. De que todo salga bien dependerá en buena medida esa confianza de que hablábamos anteriormente. Y viceversa, pues no olvidemos que el público también deberá respetar unas reglas a las que no está acostumbrado, unas pautas quizá incómodas pero necesarias si queremos que las cosas vuelvan a la normalidad. En cierto modo, ese público va a ser una suerte de conejillo de indias, un explorador de caminos nuevos. En su mano estará asumir algunos cambios que bien podrían convertirse en normas que tendrán que ver con hacer más grato el ámbito del concierto. Lo de los músicos con mascarilla, las escenas de amor en la ópera con distancia reglamentaria o el no poder programar grandes obras corales son precauciones que habrán de ir pasando según nos hagamos más fuertes respecto del virus y se generalice, una vez hallada, la vacuna. Volverá a haber música, claro que sí, pero solo si nos convertimos en una sociedad más consciente de sus debilidades, más solidaria y más justa.

 

(Editorial publicado en el nº 363 de SCHERZO, de junio de 2020)