Vientos favorables para la ópera en España

Ahora que los principales teatros de ópera españoles están anunciando su próxima temporada y resumiendo los resultados de la que concluye, surge una buena oportunidad para hacer un rápido resumen de su presente, sus logros y sus problemas aún por resolver. La ópera tiene aún —y se diría que los tendrá siempre— muchos desafíos pendientes entre nosotros, quizá el mayor el de su verdadera integración en una sociedad que todavía se pregunta muchos de sus porqués, quizá porque tampoco acaba de recibir respuestas claras en forma de una oferta que a veces le parece más disuasoria que otra cosa y no sólo por las opiniones de algunas figuras especialmente mediáticas.
No podemos olvidar, en este punto, la cuestión de una política de precios a la que no debiera servirle de alibí lo excesivo de los mismos en determinados espectáculos de músicas mucho más populares que la ópera. Es un debate que involucra a un género en el que el análisis del balance entre gasto y beneficio es especialmente complejo y ocupa tanto a lo social como a lo estrictamente económico. Dicho lo cual, el resumen de la actividad operística en España es, hoy por hoy, francamente positivo.
Ejemplo de trabajo bien hecho ha sido el Gran Teatre del Liceu y su director artístico, Víctor García de Gomar, que ha culminado la etapa de Josep Pons como director musical con el logro que este se propuso al llegar: conseguir una mejora sustancial en la calidad de su orquesta. Un tan inesperado como sin duda prestigioso Jonathan Nott, quien, curiosamente, nunca había dirigido aquella, deberá consolidar el excelente trabajo del maestro catalán, que se encontró al llegar una falange bajo mínimos. De El ángel exterminador de Thomas Adès a una nueva teatrología wagneriana, la entrante propuesta liceística luce un atractivo indudable.
El Palau de les Arts de Valencia se confirma como ejemplo de buena programación basada en un foso de primerísima clase y una gestión artística de admirable solidez por parte de un Jesús Iglesias —igualmente acertado con la contratación de Mark Elder— a quien se le acaba de renovar la confianza para un próximo mandato. la confianza para un próximo mandato. En su haber figura el ser capaz de hacer que el teatro que dirige sea consciente de sus posibilidades y de su personalidad después de una irrepetible etapa de vacas gordas a la que siguió otra de dudas y desconfianzas.
El Teatro Real, por su parte, restablece en la próxima temporada una suerte de equilibrio programador que parte de su abono había echado en falta en la pasada, con una atención muy especial —y en eso coincide con el Liceu— a voces que hoy están en la cumbre de su carrera y que están renovando en parte esa mitomanía tan ligada al género y, por qué no decirlo, tan comercial. Como su colega barcelonés, sabedor de que el éxito de cualquier producción comienza en la orquesta, ha puesto a su frente a Gustavo Gimeno, uno de nuestros mejores directores. Por lo demás, la diversificación de su presencia —Real Teatro del Retiro o La Carroza del Real— sigue siendo una de sus señas de identidad estratégicas.
Además de las tres grandes plazas, otras como Bilbao y Oviedo —el eje norteño de la lírica en España— han mantenido sus estándares y, con ello, la fidelidad de sus públicos. Es de resaltar también cómo el Maestranza ha dado un importante salto en cuanto a cantidad y calidad de títulos —recordemos cuando fue un espacio de referencia temática en la época de Pedro Halffter—, ofreciendo con la producción de El sueño de una noche de verano de Britten a cargo de Laurent Pelly el que ha sido uno de los mejores momentos de la temporada española.
La ópera en Canarias sigue en pie con la particularidad de que este año Tenerife estrenará en España tres títulos, nada menos que The Golden Dragon de Péter Eötvös, Owen Wingrave de Benjamin Britten y Powder Her Face de Thomas Adès. Una apuesta de envergadura conceptual y todo un camino a seguir. Con las dificultades propias del caso, el Villamarta jerezano ha mantenido su actividad mientras A Coruña debe plantearse muy seriamente su futuro tras el anuncio de una programación muy pobre por más que incluya el estreno en Galicia de Jenufa de Janácek. La reciente elección de una nueva directiva de Amigos de la Ópera, sus organizadores, debiera propiciar un replanteamiento de sus horizontes —medios económicos y gestión profesional mediante— como posible tercera gran sede operística del norte de España. ¶


