Victoria Mullova inaugura el Festival de Granada

Victoria Mullova inaugura el Festival de Granada

GRANADA.- Palacio de Carlos V de la Alhambra. 21-VI-2019. LXVIII FESTIVAL INTERNACIONAL DE MUSICA Y DANZA DE GRANADA. Orquesta Ciudad de Granada. Solista: Viktoria Mullova (violín). Director: Ivor Bolton. Obras de Beethoven, Mendelssohn y Moscheles.

Viktoria Mullova, la gran estrella que fuera del violín desde que obtuviera dos de los más prestigiosos premios de interpretación como son el Sibelius de Helsinki y el Tchaikovsky de Moscú a principios de la década de los años ochenta, se ha erigido en la protagonista de la jornada inaugural de la sexagésimo octava edición del Festival de Granada, acompañada por la Orquesta Ciudad de Granada (OCG) con Ivor Bolton en el pódium,  director titular del Teatro Real de Madrid. Se presentaba con el paradigmático Concierto para violín y orquesta, Op. 61 de Ludwig van Beethoven, obra señera del repertorio concertante, que se tuvo como modelo a seguir durante todo el periodo romántico.

Con la cristalina sonoridad de su instrumento -ella suele usar habitualmente el stradivarius construido en 1723 conocido por Jules Falk, nombre de uno de sus propietarios durante la primera mitad del siglo XX-, afrontó la interpretación de la obra entrando antes de la indicación de su  intervención en la partitura, uniéndose a la orquesta en la introducción del primer movimiento -costumbre bastante frecuente entre los grandes violinistas rusos del pasado siglo como fue su profesor Leonid Kogan-, con el dominio propio que siempre ha caracterizado a esta intérprete hasta el punto de asumir cierta responsabilidad para animar un inicio algo lánguido e insulso del británico Bolton. Esta deriva cambió con su intervención generándose una subyacente dirección paralela por su parte, que impulsaba a la orquesta motivándola en el sublime diálogo concertato que propone Beethoven. Así hay que resaltar su equiparable oposición a los instrumentos de madera en la exposición temática iniciando una verdadera exhibición de articulación, aspecto en el que sigue siendo un referente absoluto como se pudo admirar en la hermosa cadenza que suele ofrecer de este concierto, la escrita por el italiano Ottavio Dantone, famoso clavecinista y director de repertorio barroco con el grupo Accademia Bizantina de Rávena. Con esta larga cadencia, Mullova produce un raro efecto de contraste ante la línea que viene marcando la obra, generando un paréntesis en su discurso que no va más allá de producir un efecto estilístico de algún modo contradictorio al concentrado pensamiento musical que Beethoven propone en el primer tiempo de la obra.

El arromanzado carácter del segundo movimiento quedó diluido ante una ejecución más didáctica que artística. Se percibía sobre todo el interés por encajar más en la medida que por emocionar con el canto contenido en su alargado y extendido pulso. Curiosamente se pudo apreciar cómo la solista no se encontraba cómoda en los registros agudos entrecortando su permanencia y expresividad, muy lejos de aquellos de su mítica versión fonográfica con Sir John Eliot Gardiner que tanto impactó en su dorada década de los ochenta. El ritmo saltarín del Rondo final sirvió para que Ivor Bolton diera rienda suelta a su particular cinética llena de un manoteo excesivo y una gesticulación superflua a las que sólo cabe respetar entendiéndolas como resultado de su nerviosa naturaleza motora. El control que Mullova da a su acción musical terminó imponiéndose al desequilibrio entre un complicado espacio acústico de “rebotantes” resonancias, sirviendo para que el instrumento orquestal terminara tocando por sus propios arrestos y experiencia. La serenidad que se puede transmitir en el Adagio de la Sonata, BWV 1001 de Juan Sebastián Bach, que tocó la solista como bis, hizo olvidar la controvertida plasticidad del director, dejando una sensación que hizo recordar los mejores momentos de esta violinista, que parece apuntar un cierto decaimiento expresivo.

El mejor momento del concierto, que se abrió con una anecdótica interpretación de la Obertura “Juana de Arco”, Op. 91 del compositor bohemio Ignaz Moscheles, coetáneo de Beethoven y Mendelssohn, se produjo con el primer movimiento de la Sinfonía “Escocesa”, Op. 56 de este último. La OCG volvió contar con sus propios recursos para lograr una versión en la que se pudiera apreciar la densidad preparatoria de su Andante inicial y el agitado Allegro subsiguiente, sonando al margen de las irregulares indicaciones provenientes del pódium, carentes de sentido anacrusa, dadas a una constante subdivisión de la medida y sin una clara diferenciación de hemisferios corporales, manifestaciones de Ivor Bolton que posiblemente han ido acentuándose desde su experiencia en la dirección coral tan propicia a generar un particular totum revolutum gestual. La solemnidad del Finale puso fin a este concierto inaugural del Festival, que no pasará a la historia cómo una apertura acorde con la importancia de este evento encandilado, en esta ocasión, por el efecto Mullova.