Verdi, en ascensor celestial y un par de obleas

Verdi, en ascensor celestial y un par de obleas

“¡Acercadme a aquél, que le voy a dar un par de bofetadas!”. La contundente frase la pronuncia (de hecho, lo hace varias veces) Etelvina, desde su silla de ruedas, en Un marido de ida y vuelta, la desternillante comedia de Jardiel Poncela en la que el marido la palma en el primer acto para aparecer después bajo la denominación hilarante decidida por Jardiel: ‘el espectro del señor’.

Recordé el otro día la frase tras ver una noticia que se hacía eco de la première de la temporada de la Scala con el Macbeth verdiano, bajo la batuta de Riccardo Chailly, con Netrebko, Salsi y Abdrazakov en los papeles protagonistas y Livermore a cargo de la escena. Más allá de la larguísima ovación (varios minutos) dedicada al presidente de la República, Sergio Mattarella, en su llegada, probablemente de un público agradecido de recuperar la ópera pese a la que vuelve a estar cayendo con el virus, al final de la representación hubo una larga ovación, según recogen las crónicas, salpicada con algunos abucheos.

Y aunque había quien decía que los abucheos iban destinados a Netrebko, parece que la mayoría se decanta por otro destinatario: el responsable escénico, Davide Livermore. Casualmente me había topado el día anterior con una viñeta que no me atrevo a reproducir porque no tengo la seguridad de que no esté protegida por derechos, pero que puedo describir con precisión, y en la que Verdi me recordó, en cierta medida (más elegante, eso sí) a la Etelvina jardielesca.

En la viñeta puede verse, bajo el título L’ascensore, a Verdi con San Pedro. Le pide el compositor al Santo: “Una cortesia: mi faresti scendere? Solo il tempo di dire due paroline a Livermore, e torno subito”. Se la he pasado a algunos amigos amantes de la lírica y ellos a su vez a algunos cantantes y la cosa ha provocado más de una carcajada. Si bucean en este enlace pueden encontrar allí la viñeta.

En italiano queda finísimo, pero en castizo hubiera sonado probablemente como “San Pedro, sujétame el cubata que voy a bajar a poner al Livermore ese mirando a La Meca”.

No puede uno estar seguro de que las due paroline no fueran a culminar con dos obleas xacobeas, porque la probabilidad de que el espectro del señor, en este caso el del señor Verdi, hubiera descargado sus iras fantasmales ante algún nuevo despropósito escénico con sus obras parece, desde luego, considerable. La diferencia, o la deferencia, según se mire, es que en lugar de decir “acercadme a aquel”, dice “¿me dejaría bajar?”. Pero me da que tras ese fugaz regreso a la tierra del compositor… a Livermore no le libra de la colera verdiana ni toda la corte celestial.

Es cierto que algunos se han quejado de que el texto que Verdi enviara a Ricordi en 1847 como cláusula para incluir en los contratos de sus óperas con los teatros (justamente apenas dos meses después del estreno de Macbeth), ha sido objeto de interpretación manipulada para atacar a los escenógrafos de hoy, cuando en realidad el compositor se refería entonces a determinados cantantes que hacían lo que les venía en gana.

Servidor, sin embargo, lee el texto… y me parece que una cosa no quita la otra, y que el autor de La Traviata pretendía evitar cualquier alteración, viniera de un cantante, del director de escena, del de orquesta o de la madre que los parió. Verdi, antes de pasar a la condición espectral, era bastante explícito. Lean: “Allo scopo di impedire le alterazioni che si fanno nei teatri alle opere musicali resta proibito di fare nelle mie opere qualunque intrusione, qualunque mutilazione, insomma qualunque alterazione che riecheggia il più piccolo cambiamento sotto la multa di cento franchi che io esigerò per qualunque Teatro ove sia fatta l’alterazione”. Giuseppe Verdi, anno 1847.

Quizá se le olvidó prevenir a los futuros perpetradores, de que, en caso necesario, volvería desde el más allá, cual espectro vengador, para descargar su cólera contra los autores de esas qualunque alterazione. Incluso aunque el regreso fuera en un ascensor celestial pilotado con destreza por San Pedro, seguramente muy comprensivo con la integridad de la cosa lírica, tan comprometida en estos tiempos.