¡Vaya máquina! (Manfred Honeck y la ‘Cuarta’ de Chaikovski)

¡Vaya máquina! (Manfred Honeck y la ‘Cuarta’ de Chaikovski)

CHAIKOVSKI/LESHNOFF: Sinfonía nº 4. Doble Concierto para clarinete, fagot y orquesta. Michael Rusinek, clarinete. Nancy Goeres, fagot. Orquesta Sinfónica de Pittsburgh. Director: Manfred Honeck. REFERENCE RECORDINGS 738  483 7998 (1 CD)

Cuando Manfred Honeck llegó a la titularidad de la Sinfónica de Pittsburgh en 2007, tras el extraño triunvirato formado por Andrew Davis, Yan-Pascal Tortelier y Marek Janowski que sucediera a Mariss Jansons, no se si todo el mundo de la música estaba muy seguro del grado de excelencia a que podría llegar ese matrimonio. Supongo que ahora no hay duda alguna, y menos cuando los testimonios discográficos lo atestiguan de manera tan rotunda como esta Cuarta de Chaikovski a la que han precedido memorables Quinta y Sexta, además de, entre otras cosas, una de las mejores Novena de Bruckner que hayan sido dadas a la luz desde muchos años atrás. Lo primero que se observa, que salta al oído de inmediato, en estos discos, por cierto, magníficamente grabados en el Heinz Hall, es la excelsitud del sonido de la orquesta de Pennsylvania, aquel que ya era legendario con Reiner y Steinberg y que mantuvieron Maazel y Jansons pero que tras el triunvirato y el nombramiento de un maestro con menos pedigrí que los históricos no se sabía si podría ser conservado. Esta vez el ejemplo llega con esta fabulosa Cuarta de Chaikovski que, curiosamente, se suma en el tiempo de su aparición, caprichos de la cronología, a la recuperación de la histórica dirigida por Albert Wolf a la Orquesta de la Sociedad de Conciertos del Conservatorio de París y que ha aparecido en la serie Eloquence de Decca.

Está claro que Honeck aborda la obra desde la base de saber que dispone de una maravillosa máquina de hacer música que va a conseguir que cualquier detalle, hasta esos que de ordinario se solapan más en las apariencias —y aquí se oye todo sin excepción— sirva a la expresividad general y al guiño particular, a la arquitectura sonora y a cada una de sus partes, se imponga una claridad a la vez sincera —y ojo con eso, que suele cargarlo el diablo aunque aquí se resista su tentación de cargar la mano— e inteligentemente hermosa, se mantenga fiel al programa que el propio compositor escribió sobre ella pero sin que ese programa abrume cualquier interpretación no literal del mismo. La respuesta de la orquesta es apabullante. Desde el primer momento el oyente se encuentra ante una de las mejores formaciones del mundo, de un equilibrio admirable en todas sus secciones, con un virtuosismo extraordinario en las maderas y una brillantez nada agresiva pero sí enormemente expresiva en los metales. Pero es el concepto del maestro quien ordena las ideas y su técnica la que regula el tráfico de las mismas. Ahí es donde aparecen los grandes directores, ya lo sabemos, y Honeck se muestra como tal firmando una referencia indiscutible de obra tan sobradamente conocida por los aficionados.

El disco se completa con el Doble concierto para clarinete, fagot y orquesta de Jonathan Leshnoff (New Brunswick, 1973), uno de los compositores norteamericanos más en boga hoy. Obra de un lenguaje muy cercano, en la que los dos instrumentos se complementan con naturalidad, muy fácil en el mejor sentido de la palabra, muy bonita en realidad, estupendamente hecha. Perfectamente asimilable con lo que hacen muchos de sus pares estadounidenses —dueños de un instrumental muy bien afilado y que conocen a la perfección las posibilidades de las orquestas y los gustos del público—, se escucha con interés y con agrado y hasta permite a quien escucha que le encuentre sus raíces entre los rastros que el autor va dejando al paso. Todo de una factura impecable y maravillosamente tocado por los dos solistas principales de la orquesta.