VALLADOLID / Masaaki Suzuki trae su mejor Mendelssohn a la OSCyL

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 7-V-2026. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Masaaki Suzuki. Obras de Bach, Mozart y Mendelssohn.
Doce años después de su primera visita a Castilla y León, Masaaki Suzuki regresó al Delibes para renovar el alto recuerdo que dejó por entonces. De su trabajo en la Suite n. 3 de Bach se aprecia, para empezar, el esfuerzo que un especialista en Barroco realiza allá donde va para amoldarse a la orquesta que tiene frente a él y no al revés. Consciente de que no es necesario que una formación sinfónica trate de parecerse a los grupos historicistas, ofreció la versión de un Bach del presente y no del pasado. El Barroco, esa época en la que los efectos teatrales permean todas las artes, se lleva interpretando tan bien durante varias décadas, que parece terreno prohibido para no especialistas. Tanto es así, que su presencia en las salas sinfónicas se ha reducido de manera muy considerable. Es, por tanto, un acierto, un verdadero regalo, ver que una orquesta de primera línea interprete música instrumental de Bach en su temporada. Una plantilla reducida de la OSCyL, con el contrabajista Tiago Rocha como líder sabiamente colocado en el centro de la formación, cuidó los detalles de apoyaturas, trinos, dirección y sentido del fraseo, sin la teatralidad de los grupos especialistas, con la perspectiva de haber comenzado a superar la época del historicismo estricto, e incluso sin renunciar a una pizca de vibrato cuando es conveniente. Nada de cuerdas de tripa: suenan mejor las actuales; tampoco se ve conveniencia en emplear arcos barrocos. Todo cuando diré del concierto serán parabienes, pero, para ser honesto debo remarcar, un día más, el exceso de timbal y quizá de metales con que arrancó la suite: tapaban la melodía al patio de butacas.

El tempo rápido, muy rápido, tanto que en ocasiones impide apreciar los procesos armónicos que se producen bajo la superficie, es otra de las características de la interpretación de las últimas décadas que Suzuki superó con la OSCyL. Arrancó la Sinfonía en Sol menor de Mozart, no la n.º 40, sino la otra en un tempo de Clasicismo purista, claro, sin sacar de quicio los acentos ni las síncopas. Los oídos actuales tienden a pedir más exageración, más Sturm und Drang, más sol menor en esta Sinfonía n. 25. Con la OSCyL Suzuki apuesta por otra cosa igual de válida, quizá menos situada en la corriente o en la moda, pero más universal e imperecedera. Lo que sí cambia y se agradece es la energía de los minuetos, que tienden a ganar mucho últimamente. Ya no es una concesión al gusto aristocrático dieciochesco con el que nacieron: Suzuki le concede más interés: menos minueto y más scherzo. Si quizá en unos años nos fatigamos, es posible que volvamos al empaque del minueto más convencional.
Y si Mozart fue diferente, nuevo y excelente, aún quedaba por escuchar lo que puede haber sido lo mejor de la temporada. La Sinfonía n. 5 de Mendelssohn, obra de juventud (1830), corresponde al tipo de partitura en que el autor, aun poseedor de genio, trata de parecerse o tomar elementos e influencias de maestros y referencias. Hay en ella Bach y Beethoven, pero Mendelssohn (pocos compositores inspiran más simpatía que él, que siempre fue joven y talentoso en todas las artes) crea su propia influencia para la posteridad, que lo sitúa en la línea recta de la música alemana, entre Bach y Brahms (e incluso Mahler). Severo, analítico y muy alemán, Suzuki trabajó la exactitud y el equilibrio. Se vio muy conveniente el enfrentar a violines primeros y segundos en el escenario. Primaveral y beethoveniano en contraste con el movimiento inicial, el segundo (allegro vivace) responde a una narrativa coherente en su juego de timbres y sobre todo a la expresión de belleza, con el momento especial en que las espléndidas secciones de chelos y violas enviaron al unísono destellos a toda la gran sala. Tremendamente hermoso papel el de toda la orquesta en el sistema general de acompañamiento y de equilibrio en todos los movimientos. De esa forma, es mucho más destacable la inspirada aria instrumental del andante. Cuando quiere arrancar el final con el memorable solo de flauta, ya todos los oyentes son conscientes de que esta es su sinfonía favorita de entre las del autor. A partir de entonces Masaaki trabajó las cantidades de intensidad expresiva provenientes de cada sección como sumandos de una intensidad total. La búsqueda de la belleza exacta y el protagonismo de los vientos, acentuado por los contrapuntos de la cuerda crearon el majestuoso edificio que imaginó Mendelssohn. Grandísima aceptación de una música maravillosamente revivida.
Enrique García Revilla


