VALLADOLID / A Graves le hubiera gustado (‘Yo, Claudio’ se convierte en ópera)

VALLADOLID / A Graves le hubiera gustado (‘Yo, Claudio’ se convierte en ópera)

Valladolid. Centro Cultural Miguel Delibes. 1-VI-2019. Escudero Morais, Yo, Claudio. Versión semiescenificada. Julio Morales, William Wallace, Conchi Moyano, Estíbaliz Martyn, Andrés del Pino, Miguel Ferrer, Giorgio Celenza, Alfonso Baruque, Inés Olabarría, Nan Maro Babakhanian, Giacomo Balla, Marco Muñoz, Mauro Pedrero, Andrés Mundo, Patricia Castro, Marina Makhmoutova. Director musical: José Luis López Antón. Directora de escena: Marta Eguilior.

El anuncio del estreno de una ópera es siempre motivo de esperanza, y en el caso que nos ocupa también de gratitud. No son frecuentes los estrenos, ya lo sabemos, pero afortunadamente los hay en España, como los títulos estrenados por Raquel García-Tomás (Je suis narcissiste) o Juan José Eslava (Oteiza). Pero que además se pongan en gira, como este Yo, Claudio, lo convierte en algo insólito y heroico. Vaya por delante este reconocimiento al esfuerzo colectivo realizado por tres centenares de personas cuyos resultados artísticos, a la vista de los medios, son muy notables.

La ópera se basa en la novela homónima de Robert Graves, Yo, Claudio, de 1934, y en su continuación Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, si bien el referente para esta obra nueva ha sido la adaptación televisiva que realizó cuatro décadas después la BBC, que atrapó a toda una generación de telespectadores a lo largo y ancho del mundo. En España sigue en el imaginario como ejemplo de serie de calidad realizada por una televisión pública.

La ópera está escrita en inglés y en el programa de mano se refiere a una trilogía de tres óperas independientes (con cinco actos por ópera) y concebidas para ser interpretadas de manera consecutiva, a los que se sumaría un prólogo y un epílogo. No obstante, lo que pudimos presenciar en el CCMD fue más bien una ópera en tres actos divididos a su vez en diversas escenas con un personaje principal como protagonista y que lleva el peso de la acción (Livia, Calígula y Claudio el dios), pivotando en su relación con el «débil, enfermo y pusilánime» Claudio, piedra angular de la ópera. En total, fueron prácticamente tres horas de música más dos descansos de veinte minutos entre actos.

De principio a fin hay partes cantadas, con escasas intervenciones del coro y de la orquesta, y también con ausencia de arias o dúos en su concepción más clásica, lo que da al espectador cierta sensación de torbellino argumental. Es evidente que al libretista y al compositor sólo les ha importado el desarrollo de la trama, optando por eliminar cualquier resquicio de sosiego o de disquisiciones por parte de los personajes. Acción, acción y más acción. No se aprecia el prólogo anunciado, como tampoco el epílogo.

La mayor diferencia con el original de Graves es la supresión de la primera persona y del carácter introspectivo que impregna las novelas, en favor justamente del avance de la acción y del desarrollo del personaje de Claudio, que pasa de ser considerado por su propia familia como un camello o un bufón a ser «Claudio, el dios», categoría a la que nunca había aspirado (al contrario que los terribles Livia y Calígula) y que alcanza gracias a su habilidad para acrecentar sus grandes virtudes internas (inteligencia, fidelidad fraterna, amor a la República, bondad, etc.) frente a lo visible de sus defectos externos (tartamudeo, fealdad, etc.). Esta transformación, y las que también van obrando otros personajes hacia el lado opuesto, el del mal (Livia, Mesalina, Tiberio, Calígula, Herodes, por ejemplo), están admirablemente retratadas en el libreto de Pablo Gómez, que es todo acción, sí, pero que, como en la física, conlleva una reacción de cada personaje y unas consecuencias que desembocan en un final inesperado para todos. Vemos evolucionar a los protagonistas, ser consecuentes con sus actos (para bien y para mal) y no quedan cabos sueltos en las secuencias; en definitiva, hay una coherencia argumental y una profundización en la personalidad de los personajes, que son algunos de los principales logros de esta ópera.

A esta coherencia ha ayudado, y mucho, la dirección y puesta en escena de Marta Eguilior (El último hechicero, La voz humana). Recordamos que estamos en un auditorio, sin foso. La orquesta en primer plano, y tras ella una gran tarima a gran altura sobre la que se sitúan los cantantes, y detrás de ellos un graderío rojo en tres alturas, similar a un senado o teatro romano. Las esculturas de dos colosos reclinados y meditativos completan el espacio escénico. Cada uno de los actos tiene una iluminación y vestuario propio, basados en los colores negro, rojo y blanco, respectivamente, y que potencian la personalidad del protagonista de cada acto: la Livia retorcida y de alma negra, el sanguinario y despiadado Calígula, y el cándido y divino Claudio. El vestuario y la caracterización (Ana Ramos y Ana Ramírez) realzan a los personajes, dotándolos de una gran expresividad. Eguilior hizo moverse a los cantantes, subir y bajar el graderío (no sin cierto peligro, por cierto), gesticular, dar vida al maquillaje en blanco del rostro, a modo de máscara…, en definitiva, les exigió mucho más de lo que cabría esperar de una versión semiescenificada. Sobre este punto, cabe preguntarse por los límites de una ópera representada y semiescenificada. Opto por esta segunda denominación ya que se lleva a cabo en un Auditorio y no en un teatro de ópera; no hay foso para la orquesta, que ocupa dos tercios del espacio, y los coros no están caracterizados ni forman parte del movimiento escénico (están sentados en las tribunas laterales). Tampoco en Valladolid se pudo ver la escenografía completa, a cargo de Alejandro Contreras, que sí se llevará al resto de ciudades en las que continuará la gira.

La música de Ígor Escudero se mueve entre el convencionalismo tonal y los pasajes modales que otorgan un deje historicista, acorde con el tiempo del argumento. Difícil de apreciar auditivamente, estos modos se ven reflejados en ciertas partes del arpa y las maderas, instrumentos esenciales de la cultura greco-latina, así como el coro. Se desenvuelve con eficacia la música, a pesar de no dar respiro a los cantantes, que ocupan con su recitativos o parlamentos ariosos gran parte del minutaje total. Sin ser sumamente originales, los recursos musicales funcionan en favor del avance de la acción, haciendo comprensible para el público los sentimientos y las reacciones de los personajes: ritmo marcado para la alegría, trompetas en las referencias a la guerra y al Imperio, las cuerdas en las declaraciones de fidelidad de Calpurnia a Claudio, etc. El segundo acto intensificó la percusión respecto al primero, y el tercero se terminó como un suspiro, como una continuación del segundo: breve, meloso, con una conclusión algo plana y abrupta. Una lástima este final, dado el buen desarrollo que lo precedía.

De los cientos de personajes que jalonan las novelas del inglés, se ha pasado a los 56 que se citan en el programa de mano, interpretados todos ellos por 16 cantantes, entre los que destacan en la acción, como no puede ser de otra manera, Livia, Calígula y Claudio. Sobresalió entre todos ellos la soprano Conchi Moyano en su recreación de Livia, de emisión clara, potente y matizada, muy creíble en su papel de pérfida tejedora de hilos en la sombra. Claudio es interpretado por dos cantantes, Miguel Ferrer en el primer acto (Claudio joven) y William Wallace (Claudio adulto). Ferrer hace un espléndido trabajo actoral, si bien su voz carece de la técnica del segundo. Más que convincentes fueron Estíbaliz Martyn (en Medulina, pero sobre todo en Mesalina), y Andrés de Pino como Germánico y Calígula adulto. Se fueron desinflando Julio Morales (Augusto, Sejano) y Giorgio Celenza (Herodes). El coro tuvo una participación muy discreta, ya que apenas interviene en toda la ópera, influyendo poco en el desarrollo de la acción. Dividido en dos, a cada lado de la orquesta y la escena, al inicio da la sensación de ser la voz de la conciencia de las familias protagonistas, la Julia y la Claudia, pero sus escasas intervenciones, de estilo homofónico y de fácil escritura, saca muy poco provecho al centenar largo de voces que se repartieron en las tribunas. Solo al final del segundo acto, y en el tercero, su papel es algo más destacado. El coro principal estuvo formado por miembros del Coro Rossini de Bilbao (Ana Begoña Hernández, directora), al que se sumaron Vox Viate, Primo Tempo y Scenica (Javier Sanz, director). El buen hacer de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León fue evidente y aún pudo haber sonado más rotunda, pero no fue necesario. De esto era consciente el joven maestro segoviano José Luis López, más pendiente de las partes vocales y corales que de las instrumentales.

El público en líneas generales aplaudió complacido y agradecido. Escuché a un hombre comentar a su pareja, mientras salían a la frescura de la medianoche: «Pues a mí sí que me ha gustado», como si retase a un tercero disconforme e invisible. Me acordé entonces de la anécdota que cuentan de Robert Graves: tras el visionado del primer capítulo del televisivo I, Claudius, remitió al productor un escueto telegrama desde Deià, en la Tramontana mallorquina, donde vivía recluido. Simplemente decía: : «A  Claudio le hubiera gustado». Estoy seguro de que a Graves también le hubiera gustado.

Próximamente la ópera podrá verse en Mérida (8 de junio, Teatro Romano),  Madrid (14 de junio, Auditorio Nacional), Bilbao (21 de junio, Palacio Euskalduna) y Zaragoza (22 de junio, Auditorio), en estas ocasiones con la Orquesta Sinfónica Verum.

[Foto: «Orquesta Sinfónica de Castilla y León»]