VALENCIA / La paradoja de Castellucci y el eterno Mozart

VALENCIA / La paradoja de Castellucci y el eterno Mozart

Valencia. Palau de les Arts. 30-IX-2021. Mozart, Requiem. Elena Tsallagova, Sara Mingardo, Sebastian Kohlhepp, Nahuel Di Pierro, Juan José Visquert. Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Director musical: James Gaffigan. Director de escena: Romeo Castellucci.

A nadie ha dejado impávido el estreno en España, en el Palau de les Arts, del controvertido montaje que, basado en músicas de Mozart —fundamentalmente el popular Requiem—, estrenó el director de escena italiano Romeo Castellucci en julio de 2019 en el Festival de Aix-en-Provence, coproducido por el propio Palau de les Arts. Ahora, ha recalado en la capital del Turia de la mano del estadounidense James Gaffigan (1979), flamante titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana.

La evidente potencia escénica de la propuesta de Castellucci (1960) en absoluto ha menguado su enorme calibre musical. Tanto los solistas vocales, como los cuerpos estables de la ópera valenciana —el Chor de la Generalitat y la OCV— elevaron la temperatura musical casi a las alturas del abstracto “cielo” que apunta Castellucci. James Gaffigan, que se mostró toda la noche como inspirado y mozartianísimo maestro, bordó el jueves su mejor actuación al frente de la orquesta de la que ya es titular. Fue el suyo un Mozart transparente, fluido, dramático; maravillosamente fresco y natural.

Teatralmente, la iluminación, el movimiento escénico, la escueta pero sofisticada escenografía… todo rebosa calidad, tablas y abundancia de ideas, siempre muy determinadas y claramente expuestas. Castellucci invita, sugiere y plantea un mundo feliz, nada huxleyano y ambiguo; de colores, tinieblas, desnudos, cánticos, bailes y ‘bailoteos’. Y desmoronamiento. También de grandes silencios y tiempos congelados. Utiliza y reinterpreta sin contemplaciones el Requiem de Mozart, al que mezcla y añade sin miramientos otras músicas, incluidos algunos pasajes gregorianos valientemente entonados a capela por el niño soprano Juan José Visquert. En definitiva, inventa una historia que es una reflexión sobre lo que fue, es y será. La muerte como elemento esencial, imprescindible, de la vida. “La belleza es posible únicamente porque termina”, dice. Todo nace, vive y muere. Todo es extingue y tiene su fin. La idea es básica y frecuentada. Y vieja. Wagner ya lo hizo magistralmente en el Ring. Pero lo que otorga fuerza y eleva la propuesta del realizador italiano es su formidable desarrollo escénico, cargado de talento, saber hacer, ideas y bellezas plásticas.

El derroche de virtuosismo escénico agranda un espectáculo henchido de efectos y calidades. Desde el primer momento, cuando una señora en camisón, casi anciana, se mete en la cama para dormir, y, sumida ya en los brazos de Morfeo, su cuerpo es engullido por la propia cama, que pronto se transforma en catafalco. Del sueño a la ‘muerte’. Ausente uno de su propio adiós. Suena Mozart.  ¡Qué mejor manera de morir! Al retirar el túmulo, el cadáver —que ya no lo es—, cae al suelo, renacido en un mundo plásticamente fascinante, más castellucciano que celestial. De ahí, hasta la impactante escena final, ocurren y se sugieren mil y una historias e historietas, en una impactante, positiva y un punto ingenua “celebración de la vida”, como dice el propio Castellucci.

Desde la irrupción de un coche destrozado, ‘extinguido’ (“siniestro total”, como escribe Ferran Bono en El País), a mil y un bailes y bailoteos que solo supuestamente se antojan gozosos. El coro, cada uno de sus cantantes, actúan y se involucran en una acción incesante y movediza, incluso con desnudos —en penumbra, eso sí, que una cosa es provocar y otra montar el numerito—. Tanta acción dificulta y complica el problema del empaste y la homogeneidad. Por fortuna la conjunción de la maestría de los coristas y del propio Gaffigan pudieron compensar estas dificultades añadidas por exigencias del singular guion.

Hay momentos, muchos, ciertamente logrados, como el gigantesco lienzo configurado por un suelo que se levanta inclinándose hacia la verticalidad, arrojando al vacío todo con virulencia, crudeza y sonoridad que recuerda las imágenes hermosas y tremendas del volcán Cumbre Vieja. Después el niño con las salmodias de resonancias gregorianas, entonadas en la oscuridad absoluta, sin más luz que un cañón que le ilumina en su canto a capela. Luego, al impactante final, la asombrosa aparición de un bebé solo en mitad del inmenso escenario, agitando gozoso los brazos, reivindica el ciclo cerrado, el bucle de la vida: nacer, vivir, morir.  Nada nuevo bajo el sol. En este espectáculo, fascina más la realización y dominio del lenguaje teatral que un mensaje que ha sido utilizado y reutilizado desde que el hombre es hombre, o, vaya, la mujer es mujer.

La iluminación (del propio Castellucci, como la escenografía y hasta el pintoresco vestuario), el movimiento escénico, la escueta pero sofisticada escenografía… Todo rezuma calidad. También, y particularmente sobresaliente, el capítulo musical, con un sólido cuarteto vocal (en el Requiem) en el que brilló la voz estilizada y dúctil en sus graves sonoridades de Sara Mingardo. Junto a ella, la soprano Elena Tsallagova, el tenor Sebastian Kohlhepp y el bajo Nahuel Di Pierro completaron, junto con el valiente niño soprano Juan José Visquert, quien abrió y cerró el espectáculo entonando más o menos afinadamente los ya citados episodios a capela (¡ya tiene agallas el chaval!), fueron coprotagonistas esenciales de este réquiem en forma de reflexión gozosa.

Punto aparte y final merecen el Cor de la Generalitat (¡vaya tela el nombrecito!) y la Orquestra de la Comunitat Valenciana, ambos cuerpos estables del Palau de les Arts. El coro volvió a lucir sus acreditadas calidades y ductilidad, también la profesionalidad para adaptarse a las más divergentes situaciones escénicas y musicales. Como también su ‘hermana’ sinfónica, que de la mano efectiva de su titular materializó un Mozart de dimensiones instrumentales, individuales y colectiva, inéditas en su amplio entorno musical. Al final, después de todo, se impone y resta la música. Mozart. Eterno. Su música fue, es y será siempre. Curiosa paradoja y antítesis de lo que cuenta Castellucci. Por cierto: ni un solo abucheo al final, y sí muchos, muchísimos, aplausos y bravos. Sobre todo, para el Cor de la Generalitat. Había razones para ello.

(Fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce)