VALENCIA / ‘Giulio Cesare’ en el Palau de les Arts: la conjura de la excelencia

Valencia. Palau de les Arts. 28-II-2026. Aryeh Nussbaum Cohen, Marina Monzó, Sara Mingardo, Ariann Venditelli, Cameron Shahbazi, Jean-Philippe McClish, Bruan Sala, Lora Grigorieva. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Dirección escénica: Vicente Boussard. Dirección musical: Marc Minkowski.
El Palau de les Arts se ha caracterizado desde su fundación, pero especialmente en los últimos años, por la alta calidad musical de sus óperas y conciertos. El hecho diferencial respecto a muchos teatros reside en contar con una orquesta de primera calidad que le permite colaborar habitualmente con los mejores directores del mundo. Sin embargo, no son tantas las ocasiones en que todo parece conspirar para lograr lo extraordinario. Eso ocurre en este Giulio Cesare in Egitto, en el que la maestría de Marc Minkowski encuentra la excelencia de la Orquesta de la Comunitat e inspira a un excelente reparto para dar lo mejor de sí en el marco de una exquisita puesta de escena firmada por Vicent Boussard. El resultado fue una de esas noches de ópera redondas que permanecerán en el recuerdo de los espectadores por años y que se materializó en ovaciones cerradas y un público en pie que, tras casi cuatro horas de espectáculo en las que nadie se movió de su asiento, parecía no querer marcharse.
El principal artífice de esta conjura para la excelencia fue Marc Minkowski. El director francés ya conocía a la Orquesta de la Comunitat, a la que dirigió en unas memorables representaciones de Les contes d’Hoffmann en 2022. Pero ahora se atrevía a dirigirles en el repertorio barroco, un campo en el que suele adentrarse con Les Musiciens du Louvre y no tanto con orquestas modernas, pero la Orquesta de la Comunitat ofrecía ciertas garantías; de hecho, desde su creación, ha trabajado con especialistas en barroco: Dantone, Sardelli, Marcon… e incluso contaron con Fabio Biondi como cotitular junto a Roberto Abbado. Sin embargo, Minkowski ha conducido a un grado más de calidad a la orquesta. Consiguió una depuración dinámica propia de una orquesta historicista, además del control del vibrato necesario y el fraseo característico de una versión filológica con especial atención a las acentuaciones. La afinación, la precisión y la flexibilidad de la que hizo gala la orquesta valenciana serían la envidia de cualquier orquesta barroca de la que solo se diferenciaba por los timbres propios de una orquesta moderna. Eso sí, para el bajo (chelo, contrabajo, clave y tiorba) se contó con músicos especialistas invitados.

Durante toda la función, Minkowski se mostró pletórico transmitiendo una contagiosa felicidad a orquesta, intérpretes y público. Desplegó toda la paleta de posibilidades que su heterogéneo estilo de dirección posee con esos movimientos rítmicos laterales tan característicos. Además, el maestro supo conducir toda la ópera sin que el interés decayera en ningún momento en una música de la que es una de las grandes autoridades. Con estos mimbres, no estaría mal que se atreviese con algo más arriesgado en su próxima ópera con esta orquesta: ¿un Rameau tal vez?
El Palau de les Arts logró reunir a un reparto sin fisuras que encontró un evocador equilibrio entre experiencia y juventud. Es una ópera en la que Cesare y Cleopatra compiten por el protagonismo, pero comenzamos nuestro comentario por la segunda. Marina Monzó se enfrentaba, por primera vez, a un rol barroco y lo hizo con un éxito incontestable. Su canto, siempre impoluto técnicamente, sirvió de base para una interpretación de impecable estilo que bien parecería de una especialista. Además, utilizó la belleza y posibilidades de su voz con fines expresivos. Cantó siete arias, pero comentamos las tres más célebres: en “V’adoro, pupille” apareció en medio del patio de butacas acompañada por los solistas de la orquesta y el bajo (también situado en el patio de butacas y dirigido por Clément Pottier) y con un Minkowski dirigiendo el ripieno desde su posición central. Fue un momento mágico en que la presencia de Monzó atrajo todas las miradas y en el que su voz se apoderó de toda la sala. En “Da tempeste” desplegó su brillante coloratura y agudos sin utilizar efectos fuera de estilo. Pero fue en “Piangerò”, esa obra maestra de la expresión barroca que firma Haendel, donde logró las más excelsas cotas interpretativas jugando con las dinámicas y colores de la voz en un evocador ejemplo de messa di voce. A todo ello, hay que unir sus excelentes dotes de actriz subrayadas por una caracterización, con un maravilloso vestuario de Christian Lacroix, que recuerda durante la ópera a Uma Thurman en Pulp fiction antes de que al final, al quitarse la peluca, mostrase su melena pelirroja emulando, tal vez inconscientemente, a Gilda (no la de Verdi…).
El contratenor Aryeh Nussbaum Cohen ofreció una interpretación del rol titular brillante, precisa y de notable virtuosismo. Su voz de timbre claro y fáciles agudos hizo que destacase en los pasajes de bravura entre las ocho arias que interpretó. Tuvo su réplica a “V’adoro pupille” en “Se in fiorito ameno prato” también desde el patio de butacas compartiendo protagonismo con el violinista Stephan Rougier quien, desde la escena, interpretaba su parte solista ofreciendo un virtuosístico diálogo con el cantante en el que se permitió un guiño al Capriccio nº 24 de Paganini; con ese juego entre la voz y el instrumento se logró una de las reacciones más eufóricas del público.

La veterana Sara Mingardo, convertida en toda una leyenda, emocionó con su emotiva interpretación de Cornelia llena de humanidad. El contratenor Cameron Shahbazi, fue un Tolomeo de excelente canto y con una vis cómica que servía de contrapunto al drama. Arianna Vendittelli ofreció un Sesto que fue de menos a más, logrando los mejores resultados en las partes heroicas del tercer acto. La voz de bajo de Jean-Philippe McClish fue, en ocasiones, un descanso entre tanta voz masculina de cabeza con una sonoridad redonda como Achilla. Magníficos también Bryan Sala (Curio), exmiembro del Centre de Perfeccionament y Lora Grigoreva (Mireno), actual miembro del Centre.
La atractiva y elegante puesta en escena de Vicent Boussard nos regala más de tres horas de goce estético. Conceptualmente, el director de escena parte de la clásica idea del teatro dentro del teatro. Al inicio de la representación podemos ver a un Ayreh Nussbaum Cohen que no se ha transformado aún en Giulio Cesare, sosteniendo una partitura de la ópera de Bärenreiter. Los cantantes se transforman en los personajes durante tres horas para volver en la escena final a su estado original con esa partitura de nuevo en manos del protagonista. La ópera aparece así como una especie de artificio en la vida de los protagonistas y, sin embargo, en su ficción transforma y estrecha la relación entre los dos amantes. Bajo esa idea, Boussard nos regala cuadros de emotiva belleza jugando con las sombras y siempre manteniendo una impecable elegancia estética. Resulta llamativa, en cualquier caso, esa racialización de Tolomeo y sus acólitos, como haciendo del mundo egipcio un mundo extraño, bárbaro y “salvaje”, tal vez como un intento, consciente o no, de plasmar cierta estética imperialista subyacente en la obra de Haendel. El concepto de Boussard se ve potenciado por el elegante vestuario de Lacroix que da a esta producción procedente de Colonia un toque estético especial, sin caer en la superficialidad. La moda también es un arte.
César Rus
(fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce / Les Arts)


