VALENCIA / Ellas, estupendos; ellos, divinas

VALENCIA / Ellas, estupendos; ellos, divinas

Valencia. Palau de les Arts. 24-XI-2019. Poulenc, Les mamelles de Tirèsias (adaptación para dos pianos de Benjamin Britten). Amber Fasquelle, Joel Williams, Oleh Lebedyev, Evgeniya Khomutova, Aida Gimeno. Roger Vignoles y Jorge Giménez (pianos). Director musical: Roger Vignoles. Director de escena: Ted Huffman.

Una vez más, la ópera en pequeño formato ha sacado músculo y ha corroborado su capacidad para equiparar su potencia expresiva con los grandes formatos y títulos. En esta ocasión ha sido con Les mamelles de Tirésias, la delirante operita en un prólogo y dos actos que, al más genuino estilo surrealista, estrena Poulenc en 1947 a partir de un tronchante y más que agudo libreto de Guillaume Apollinaire. En Valencia, en el Teatre Martín i Soler del Palau de les Arts, esta breve —apenas 60 tronchantes minutos— gran obra maestra ha llegado en la versión que expresamente preparó Benjamin Britten para ser interpretada en su Festival de Aldeburgh, para lo que redujo la parte orquestal a una efectiva y habilísima versión para dos pianos, interpretados en esta ocasión de modo sobresaliente por Jorge  Giménez y el gran Roger Vignoles, quien hacía, además, las veces de director musical y alma mater de las seis triunfales representaciones programadas.

La producción es fruto de la colaboración de varios teatros y festivales europeos, y nace de la sutil imaginación dramática de Ted Huffman, que firma un trabajo cargado de estilo, lucidez, dominio escénico y lealtad al pulso de la letra y de la solfa. Hay humor, ingenio, delicadeza, despelote, chispa y, sobre todo, un magistral dominio escénico, enmarcado en la maravillosamente limpia y efectiva escenografía de Samal Blak, a quien le basta una extensa barra de bar (¡quizá de ‘puticlub’!), unos lámparas de globo, tropecientos muñequitos y poco más para desarrollar una acción escénica trepidante, pletórica de plasticidad y una estética en blanco y negro prima del art déco, que casa a las mil maravillas con la disparatada y surrealista acción.

Una joya escénica que tuvo perfecta réplica musical, fundamentada en la viva y divertida impronta que desde el piano imprime el versátil Vignoles, que además de dirigir y tocar el piano, se mostró en el foso como un virtuoso de la pandereta. Los cantantes, casi todos ellos pertenecientes al Centre de Perfecccionament Plácido Domingo del propio Palau de les Arts, se mostraron tan estupendos cantantes como actores. Muchas veces semidesnudos, casi despelotados. Ellos en bragas y sujetador, y ellas con calzoncillos, en el divertido juego de esta historia en la que ellas quieren ser ellos, y viceversa. Ellas estuvieron estupendos y ellos, verdaderamente divinas. Todos, fornicadores conspicuos, empeñados en tener miles y miles de niños —¡40.049 en un solo día!— en ese alocado y lascivo país imaginario que es Zanzíbar. ¡Quién viviera allí! Un lugar en el que, sin ser Sodoma ni Gomorra, el sexo, el cambio de sexo y de identidad sexual, están a la orden del día. Un tema candente ayer, hoy y ‘mañano’. Genial.