VALENCIA / Doña Francisquita y las malas compañías

VALENCIA / Doña Francisquita y las malas compañías

Valencia. Palau de les Arts. 3-XI-2021. Vives, Doña Francisquita. Ruth Iniesta, Ismael Jordi, Ana Ibarra, Albert Casals, Amparo Navarro, Miguel Sola, Isaac Galán. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Director musical: Jordi Bernácer. Director de escena: Lluís Pasqual.

Recaló Doña Francisquita en el Palau de les Arts muy mal acompañada. De la mano de Lluís Pasqual, en su vieja y añosa coproducción para la Zarzuela, el Liceu y la Ópera de Lausana.  ‘Vieja y añosa’ no por tener muchos años, sino por haber nacido —en mala hora— ya caducada, con una historia paralela años 60 que simula una grabación y un rodaje sobre la obra cumbre de Amadeo Vives. Un esperpento para el que el director teatral reusense ha eliminado de un plumazo todos los diálogos originales (nada menos que de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, inspirados, para más inri, en Lope de Vega) para suplantarlos por un texto casposo, pretendidamente ingenioso, pero cuya ripiosa sosería cargada de clichés y cartón piedra no hace sonreír ni al apuntador. No merece la pena dedicar más espacio a la bazofia, que, por otra parte, ya fue comentada en estas mismas páginas tras su estreno en Madrid, en mayo de 2019.

Lo mejor, quizá lo único remarcable del estreno de Doña Francisquita en el Palau de les Arts, radicó en el elenco vocal y en la presencia invitada de Lucero Tena, que a sus muchísimos años sigue como unas castañuelas, animando y llenando de magia y luz la mejor música española. En esta ocasión en el famoso fandango del tercer acto, uno de los fragmentos sinfónicos más logrados del repertorio sinfónico español. Su actuación, presentada muy horteramente por Pasqual como si fuera Norma Duval o algo así en un “Sálvame de luxe”, encandiló al público, que a esas alturas de la noche andaba ya bastante aburridillo de esta tristona Francisquita pasqualesca.

Si en Madrid cantó Sabina Puértolas, en Valencia el rol complejo de Doña Francisquita fue defendido por la zaragozana Ruth Iniesta, que desde sus poderosos talentos dramáticos hizo gala de oficio y tablas para sacar adelante con empaque y brillantez un personaje que se movía en terreno hostil, entre el disparate escénico de Pasqual y un foso lento y en exceso presente, que no parecía mesurar el caudal sinfónico de la rica orquestación, que quedó desequilibrada en el balance con el escenario. La Iniesta defendió con valentía y acierto no solo las conocidas agilidades del papel —salió airosa en la región aguda y sobreaguda, incluida la siempre esperada Canción del ruiseñor—, sino también lo mucho que tiene que decir y cantar en la zona central.

Ismael Jordi, que volvió a cosechar un éxito sin peros en un teatro en el que es especialmente querido, y en el que tiene por delante importantes proyectos y roles, volvió a lucir en Les Arts esa belleza vocal, fraseo y entrega que hace ya tiempo le posicionaron entre los mejores tenores de su registro lírico puro. Las medias voces, los filados, los pequeños detalles e inflexiones que marcan y distinguen su canto; la elegancia y entrega en el fraseo son propiedades que distinguen al tenor jerezano, quien heredó de su maestro inolvidable Alfredo Kraus el gusto, la elegancia y la transparencia vocal. También ese virtuosismo técnico que, en ambos, maestro y heredero, es pura expresión. No es exagerado decir que la romanza del segundo acto Por el humo se sabe sonó tan krausista como ismaelista.

Como en el Teatro de la Zarzuela, la valenciana Ana Ibarra volvió a ser Aurora La Beltrana, personalidad de rompe y rasga que ella cargó de empaque y entidad desde su actual vocalidad de mezzosoprano. Estuvo estupenda en el verista dúo con Fernando y en el más que célebre ‘bolero gitano’ de la canción del Marabú.  El tenor barcelonés Albert Casals fue un ajustado y eficaz Cardona, quizá falto de empuje y carácter, lo que no le impidió brillar en la introducción de la Canción de la juventud y en el Marabú, junto a Ana Ibarra.

La mezzosoprano María José Suárez, indispuesta, fue sustituida en el papel de Doña Francisca por la soprano valenciana Amparo Navarra, que tuvo el valor y el talento de montar y sacar adelante de modo sobresaliente y en apenas unos días el engorroso papel de Doña Francisca, personaje de mezzo cargado de vericuetos escénicos y de texto. El veterano Miguel Sola (Don Matías), el siempre bienvenido Isaac Galán (Lorenzo Pérez) o el sereno de Ignacio Giner aportaron calidad y bienfacer.

Acaso por los tiempos morosos aplicados por el maestro Jordi Bernácer, o también por el poco propicio entorno escénico, el Cor de la Generalitat estuvo por debajo de su acostumbrado buen nivel. Por supuesto brilló en los grandes pasajes corales, como el logrado coro final Cantos alegres de la juventud, o antes, en el Coro de románticos, pero su actuación quedó casi tan inadvertida como la de la Rondalla de Plectro El Micalet, perdida en el foso, entre la marea de sonidos que salían de los atriles de una Orquestra de la Comunitat Valenciana que toda la noche pareció empeñada en tapar a cantantes y coro.

El alcoyano Jordi Bernácer, un maestro ya bien rodado y aplaudido en estas lides líricas, es un concertador de probada solvencia, como demostró en el mismo Palau de les Arts en las pasadas funciones de I Pagliacci y Cavalleria rusticana. Sin embargo, en esta ocasión ha optado por tiempos inapropiadamente lentos, con una dirección plana e inflexible, ayuna del énfasis, chispa y pulso vital que requiere una obra de opulencias y recursos sinfónicos casi desconocidos en el ámbito zarzuelero. Con todo, tan tristona función se cerró con éxito. Los mayores aplausos, para Lucero Tena, Ismael Jordi y Ruth Iniesta. Asombrosamente, cuando salieron a saludar muy sonrientes el perpetrador Lluís Pasqual y su equipo escénico, no se escuchó un solo “fuera”. ¡Santo público!

(Fotos: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce – Palau de les Arts)