VALENCIA / Carles Marín, pletórico regreso

VALENCIA / Carles Marín, pletórico regreso

Valencia. Centro Cultural El Almudín (Sociedad Filarmónica de Valencia). 14-XII-2021. Carles Marín, piano. Obras de Marín, Bach-Kempf, Bach-Siloti, Esplá, Chopin, Chopin-Godowsky, Scriabin y Schumann.

Enorme del pianismo español de hoy y de siempre, el valenciano Carles Marín (1978) tuvo que interrumpir abruptamente su carrera por la distonía focal, la maldita enfermedad de los músicos que ha fracturado la carrera de algunos otros grandes del teclado, desde Robert Schumann a Leon Fleisher o Gary Graffman. Por fortuna, a base de inteligencia, trabajo, autodisciplina, voluntad y buena guía, Marín ha superado la llamada ‘enfermedad del músico’ y, tras varios años apartado de los escenarios y de su pasión, el martes reapareció, en el marco propicio de los conciertos de la Sociedad Filarmónica de Valencia, con un recital sin margen para la reserva, ambicioso y pleno de exigencias artísticas y técnicas, en el que su pianismo incisivo se mostró tan vivo, incisivo y pletórico como antaño. Un maestro.

El programa, configurado en tres bloques, recorría la historia del teclado, desde Bach a las improvisaciones que el propio pianista insertó a modo de preludio, ‘interludio improvisado” y coda en las dos propinas de colofón, una de ellas cargada de referencias chopinianas. Fue el suyo un Bach contenido, pianísticamente recreado en las versiones excepcionales de Wilhelm Kempf (Coral Ich ruf zu dir Herr Jesu Christy) Alexánder Siloti (Preludio en Mi menor, BWV 855, de El clave bien temperado), que fue asombrosamente ligado al desconocido Óscar Esplá de Crepusculum op. 15, obra rica en referencias y densa de exigencias, muy propia de la escritura alambicada e inconfundible del compositor alicantino. Asombra que página tan sustancial y acabada no forme parte del repertorio de cabeza del piano español. Encontró en los dedos renovados de Marín al ideal artista y virtuoso. Las veladas referencias a tantos y tantas cosas, desde Turina a Falla o Franck, o a los templados aires populares levantinos, encontraron plena complicidad en el fiel intérprete.

De Chopin, la introspección del lento estudio op. 10 nº 6, prolongado sin solución de continuidad en la asombrosa versión para la mano izquierda de Leopold Godowsky, en la que Marín esquivó cualquier alarde para sumergirse en la esencia. La incandescente y excitada Quinta sonata de Scriabin encontró una versión que enfatizó, si cabe, el fuego de una pieza maestra que solo puede habitar en los dedos más virtuosos. Lo son, ¡y en qué medida!, los del recuperado pianista valenciano, cuyo piano incisivo y vehemente, como también su silueta ante el piano y su propia figura y gestualidad, tanto recuerdan al inolvidable Rafael Orozco.

Reservó para el final a Robert Schumann, compositor que lo fue por tener que dejar tempranamente el teclado debido precisamente a la distonía focal. Dos obras de acusadas diferencias, aunque siempre dentro del universo apasionado y lírico característico del creador de los opuestos y asimétricos Eusebius y Florestan. La delicioso Arabesca de 1839 fue enfatizada en una visión que incidió más en sus aristas efusivas y románticas que en su nuclear sencillez, cercana a las vecinas Escenas de niños, compuestas solo un año antes.

Arrolladora, deslumbrante y definitivamente mayúscula, casi orozquiana, fue su refulgente realización de la Sonata en Sol menor, cuyo virtuosismo máximo, a tempi de vértigo (“lo más rápido posible”, anota Schumann al comienzo del primer movimiento) en absoluto colisionó, sino todo lo contrario, con la interiorizada magia lírica de un congelado segundo movimiento que supuso uno de esos momentos de concierto que jamás se olvidan. Impresionante, si, pero, sobre todo, maravillosamente emotivo. ¡Qué fortuna para el teclado español volver a tener sobre el escenario a Carles Marín y su pianismo incisivo!