Una cita de Victor Hugo después de la inusitada nieve

Una cita de Victor Hugo después de la inusitada nieve

Permítanme una cita:

Les tempêtes de neige sont propres aux latitudes polaires. Pourtant, parfois elles glissent, on pourrait presque dire elles croulent, jusqu’à nos climats, tant la ruine est mêlée aux aventures de l’air” (Las tempestades de nieve son propias de otras latitudes polares. Sin embargo, a veces se deslizan, podríamos decir que se hunden, hacia nuestros climas, hasta ese punto se mezclan la devastación y las aventuras del aire).

Esto nos dicen en la novela L’homme qui rit, de Victor Hugo, una narración múltiple que es apasionante, absorbente. La historia que cuenta pasará al lector por la cara uno de los muchos desafíos (desmentidos) contra quien venga con aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. El pasado que cuenta la novela es pavoroso.

Los tiempos de Victor Hugo (esta novela la terminó en 1868 y se desarrolla en la Gran Bretaña de finales del XVII y comienzos del XVIII) caminan hacia un realismo pleno, y tanto su colega Flaubert como el joven Émile Zola lo llevarán a término de manera implacable, y este último no solo con esas veinte novelas del ciclo de los Rougon-Macquart: por ejemplo, con esa joyita anterior que es Thérèse Raquin. ¿Hacemos mal en olvidar a Zola, en ignorar cada vez más a Victor Hugo?

Pero Hugo necesita de la poesía para marcar la realidad del realismo (disculpen este morfema). No es la travesía de la embarcación de esos pillastres lo que hubiera sido más tarde en manos de Joseph Conrad, que sí fue marino, y que además se expresó en un idioma que no era el suyo, pero que hizo suyo. El mar del Hombre que ríe tiene algo de humano. Entre paréntesis: es un episodio espléndido, muy amplio, con el exceso de Hugo, y parece que nada tiene que ver con la trama principal, la del niño abandonado y desfigurado, pero el final de ese episodio concreto guarda una clave para más tarde. En fin, un mar humano. El mar de Debussy o el de Ravel ya son otra cosa, no son trasunto de lo humano, es lo que Ortega teorizará como la deshumanización artística, y que conste que la música no era lo que mejor se le daba a Ortega, pero su olfato era privilegiado, y sabía que la sensibilidad romántica (humana hasta algo parecido el animismo, y disculpen la hipérbole) estaba agotada, aunque no muerta, y que ahora el artista precisaba de otras referencias.

Sabemos -y además queremos que así sea- que esa embarcación cargada de cabrones se irá a pique y se ahogarán todos antes de llegar a las provincias vascongadas de las que muchos de ellos (los robachicos, así en español en el original) son naturales, aunque los pasajeros son de toda nacionalidad, si bien todos de mala índole.

Claro: si es que existían las nacionalidades a fines del siglo XVIII; Hugo usa el término nación como lugar donde se nace, igual que Cervantes, no en el sentido republicano de iguales ante la ley y sin soberanía de rey alguno; y menos aún en el secuestro reaccionario de patria o nación, con disciplinas cuarteleras o purezas étnicas con estado, himno y bandera.

En fin, lo cierto es que en días pasados nos ha llegado una nevada como aquella, como la que evoca Victor Hugo para castigo de esos personajes viles. Solo que la nuestra no parecía tener especial mala intención, era natural, no romántica. Eso sí, ha tenido algunas consecuencias lamentables.

No es que no haya nada nuevo bajo el sol, sino que cualquier novedad es casi seguro que alguien la haya escrito antes en alguna parte, y que se haya leído mucho o al menos un poco.