Un sublime “Parsifal” de Kna (Bayreuth, 1955)

WAGNER:
Parsifal. Dietrich Fischer-Dieskau, Hermann Uhde, Ludwig Weber, Ramón Vinay, Gustav Neidlinger, Martha Mödl. Coro y orquesta del Festival de Bayreuth Director: Hans Knappertsbusch. Grabación de 1955. HÄNSSLER – PROFIL (4 CD)
Cuenta Deryk Cooke en las notas del Parsifal de 1962 (Philips) que, en 1951, año de la reapertura del Festival de Bayreuth, “la elección del director musical de Parsifal fue inevitable: la persona más experimentada de todas, Hans Knappertsbusch. Discípulo de Hans Richter, […] había comenzado su relación con Wagner y Bayreuth antes de la Primera Guerra Mundial, adquirió reputación como uno de los más grandes directores wagnerianos en el periodo de entreguerras, y después de la Segunda Guerra Mundial hizo suyo Parsifal”. ¡Cuánto han cambiado las cosas en la Colina Verde! Aquel verano de 1951 Kna descendió al foso en estado de gran excitación, con temblor de piernas, para afrontar lo que consideraba la culminación de su carrera al servicio (“Dienen! Dienen!”) de “lo más grande”: dirigir Parsifal en el foso del Festspielhaus. Tras el breve interregno de 1953 (Clemens Krauss), “Kna” regresó a Bayreuth en 1954 y Parsifal fue “suyo” hasta su última aparición en 1964, un año antes de su fallecimiento.
Todos los Parsifales de Kna en Bayreuth se habían publicado ya, menos este de 1955, que ve ahora la luz ¡por fin!, y de forma oficial, autorizada, en el sello Profil-Hänssler. Estamos ante uno de los mejores registros del sumo sacerdote del Grial, con el añadido del que quizá sea el reparto más homogéneo y equilibrado. La duración, 248’, es comparable a la de 1958, uno de sus Parsifales más rápidos junto con el de 1960 (en 1951 le duró 272’). A comparar con los 235’ de Krauss o los 230’ de Boulez en 1966. El sonido radiofónico, monoaural, es bastante decente.
La dirección de Kna, conjugando el dramatismo (segundo acto), a veces extremo (entrada en escena de Parsifal en el primer acto), y un inalcanzable aliento poético (tercer acto), es sublime. El acompañamiento al monólogo de Gurnemanz del primer acto está lleno de acentos, casi violentos cuando el cronista narra lo sucedido a Amfortas. La Escena de la Transformación I no es tan impactante como la de 1959. Empieza floja, pero el clímax es tremendo.
El venerable Gurnemanz de Ludwig Weber, noble y conmovedor, conserva aún en buena medida su bello timbre —algo más nasal que en años anteriores— y portentoso legato. Si Hotter impresiona por la manera de decir, la finura, Weber lo hace por la rotundidad del instrumento, capaz de poderosos arranques y de recogerse en delicados pianísimos.
El chileno Ramón Vinay, quien tomó el testigo de Windgassen, es un Parsifal matizado, de voz baritonal y acentos heroicos. Windgassen es más fino, refleja a la perfección la evolución del personaje, pero es un gusto escuchar la voz voluminosa y campanuda de Vinay en el segundo acto.
La Kundry más completa del Nuevo Bayreuth fue sin duda la trágica Martha Mödl. No tenía un instrumento tan bello como otras colegas, pero era Kundry, una mujer atormentada, misteriosa, imprevisible. En el que es probablemente su mejor Parsifal, Mödl se muestra sensual y arrebatadora en el segundo acto, donde exhibe un legato admirable y facilidad en la zona alta.
Debutó este año Fischer-Dieskau su Amfortas rabiosamente moderno, elegante y doliente, refinado, de portentosa dicción, que no escatima intensidad dramática (antológicos “¡Erbarmen!”). El berroqueño Gustav Neidlinger, de voz oscura, inquietante y amenazadora, se apropió del papel de Klingsor el año anterior, desplazando a Hermann Uhde, que es aquí un improbable Titurel, otra de las curiosidades de este importante inédito. El que faltaba.
Miguel Ángel González Barrio
![]()


