MADRID / Un sobresaliente ‘Otello’ en lo musical inaugura la temporada del Teatro Real

Madrid. Teatro Real. 19.IX.2025. Brian Jagde, Otello. Gabriele Viviani, Iago. Airam Hernández, Cassio. Albert Casals, Roderigo. In Sung Sim, Lodovico. Fernando Radó, Montano/un heraldo. Asmik Grigorian, Desdémona. Enkelejda Shkoza, Emilia. Dirección de escena: David Alden. Maestro de coro: José Luis Basso. Dirección musical: Nicola Luisotti. Verdi. Otello.
Cuando Verdi estrenó Aida en 1871, muchos dieron por concluida no solo la etapa romántica de la ópera italiana, sino también la propia carrera de un compositor ya venerado y consagrado. Retirado en su finca de Santa Ágata, parecía decidido a disfrutar en paz de los frutos de una vida plena y de una gloria indiscutible. Sin embargo, la muerte de Alessandro Manzoni, símbolo del Risorgimento, lo impulsó a romper su silencio con la conmovedora Misa da Requiem, que volvió a situarlo en el centro de la vida musical europea.
Aun así, había quienes sospechaban que Verdi todavía tenía algo más que decir. Giulio Ricordi, su editor, fue uno de esos visionarios. Con paciencia y astucia, tejió una red de complicidades que acabaría uniendo al maestro con Arrigo Boito, poeta, compositor y hombre de fuerte personalidad, pero también dotado de una enorme capacidad para dialogar con Verdi en un plano intelectual y artístico. De esa alianza surgiría la obra de la madurez plena: primero la revisión de Simón Boccanegra, un verdadero laboratorio donde ambos pusieron a prueba sus formas de colaboración; y después, el salto definitivo a un Shakespeare que exigía lo mejor de ambos.
Así, dieciséis años después de Aida, Verdi volvía a la Scala con Otello, dejando atónito al público. La novedad fue absoluta: no había concesión al aria cerrada, ni al número convencional, sino una continuidad dramática que convertía la partitura en un arco único, un gran fresco musical donde la orquesta narraba tanto como las voces. Y, sin embargo, seguía siendo Verdi: la riqueza de la vocalidad, el calor del canto italiano, la tensión dramática fundida en un lenguaje orquestal renovado y de una modernidad sorprendente para la época.

La producción que inaugura la temporada del Teatro Real es la ya conocida de David Alden. Posee una iluminación de gran refinamiento y un inteligente juego de sombras, que evocan por momentos la estética del cine negro y, en mi memoria, películas como The Thin Man de W. S. Van Dyke. Sin embargo, la decisión de mantener un mismo espacio escénico para los cuatro actos —pese a desarrollarse en localizaciones tan distintas como la plaza, el jardín o la alcoba— acaba transmitiendo cierta monotonía visual. El traslado de la acción al siglo XIX tampoco añade capas significativas al relato, y la elección de dejar a Iago solo, como único superviviente en el desenlace, resulta una concesión efectista más desconcertante que reveladora.
En lo musical, el gran triunfador de la noche fue sin duda Nicola Luisotti. Es un director que no solo conoce profundamente a Verdi, sino que lo ama, y esa pasión se transmite tanto a la orquesta como al público. El conjunto sonó con entrega y brillantez, desplegando un abanico expresivo admirable: lirismo delicado, furia desatada, nobleza solemne o dolor íntimo según lo exigía la acción. La concertación entre foso y escena fue ejemplar, fruto de una escucha atenta y de una sabiduría madura. Luisotti convirtió cada clímax en un torbellino sonoro y cada silencio en un espacio cargado de tensión.
Brian Jagde asumió por primera vez en el Real el papel titánico de Otello, marcado para siempre por la leyenda de Francesco Tamagno, su creador. La partitura exige al tenor una resistencia física y vocal casi sobrehumana, además de un compromiso dramático inquebrantable. Jagde, que regresaba a los escenarios tras superar recientemente una enfermedad, ofreció una interpretación de menos a más. Su voz mostró un agudo impresionante, amplio, caudaloso y con un metal heroico que llenó la sala. En el registro central se percibe cierta limitación de volumen, pero la compensó con inteligencia y sin forzar. Los graves quedaron algo expuestos, aunque hubo intención de matizar en el canto legato y en las medias voces, como en los la♭ finales del primer acto. Su evolución a lo largo de la obra fue evidente, y deja entrever que, con rodaje, puede convertirse en un Otello de referencia.
Gabriele Viviani encarnó a Iago con profesionalidad, aunque sin alcanzar la sutileza que el rol exige. Su timbre careció de brillo en algunos momentos, y el fraseo resultó plano, carente de la doblez psicológica que convierte a Iago en uno de los personajes más fascinantes del repertorio. Este papel, que exige al cantante ser a la vez seductor y pérfido, cortesano elegante y demonio enmascarado, quedó algo desaprovechado en esta ocasión.

Muy distinta fue la labor de Asmik Grigorian como Desdémona. Su canto conjugó belleza tímbrica y hondura expresiva desde el primer dúo con Otello, donde desplegó un fraseo delicado y seductor. En Dio ti giocondi alcanzó una intensidad arrebatadora, con gloriosas ascensiones al agudo y un dominio absoluto del legato. La escena del sauce y el Ave Maria fueron momentos de gran altura lírica: pianos delicadísimos, medias voces de seda y un sentido del matiz que conmovió al público hasta el silencio. Una creación memorable.
Entre los comprimarios destacó la noble sonoridad de In Sung Sim como Lodovico y el excelente Cassio de Airam Hernández, que aportó frescura, elegancia vocal y una proyección escénica muy por encima de lo que suele esperarse de un rol secundario.
En definitiva, Otello inauguró la temporada del Real con un espectáculo de altísimo nivel musical y un reparto con luces y sombras, donde brillaron especialmente la dirección de Luisotti y la Desdémona de Grigorian. Esta ópera pertenece a ese reducido conjunto de obras maestras que, por mucho que creamos conocer, siempre ofrecen algo nuevo en cada reencuentro. Escucharla de nuevo es descubrirla mejor, más grande, más honda. Y al final, solo queda decir: ¡Viva Verdi!
Ricardo de Cala


