Un año muy duro

Un año muy duro

Ha sido un año duro este, que empezaba como todos y termina como ninguno. Un año en el que a las ganas de vivir se ha sumado la lucha por no morir, al deseo de prosperar la ansiedad de no hundirnos. Teníamos reciente la gran crisis del 2008, pero han bastado poco más de diez años para que otra vuelva a manifestarnos, bajo otro aspecto, la debilidad de una sociedad que no ha cuidado suficientemente algunos de esos valores que debieran definirla. Y, como no podía ser de otra manera, esas carencias han afectado a la educación y a la cultura a la hora de adoptar las precauciones necesarias frente a una pandemia que, en lo que a la música respecta, ha dejado una larga lista de creadores e intérpretes fallecidos en todo el mundo y con cuya virulencia, por razones que se han descrito en otras páginas, no se contaba en principio.

Para la música española la nueva crisis llegaba en un momento verdaderamente excepcional. Nunca nuestro arte había desplegado semejante presencia en cantidad y en calidad, desde la música antigua hasta la creación actual, desde intérpretes a directores, desde orquestas y coros a cantantes. No es cuestión de citar nombres que están en la mente de todos, ni de hacer listas que puedan ser juzgadas por algún olvido involuntario, pero cualquier aficionado sabe por la experiencia que le otorga ir a conciertos o a óperas o a zarzuelas, a recitales de música de cámara, a ciclos de piano, a festivales más o menos especializados, que la presencia de nuestros artistas es hoy más que nunca garantía de calidad. Un ejemplo en nuestra opinión paradigmático es el de la interpretación con criterios históricos o con instrumentos originales, como se decía al principio de su andadura, o históricamente informada. No deja de ser asombroso cómo los músicos españoles han asimilado lo mejor de los primeros pioneros y maestros luego y de las generaciones que les han seguido hasta llegar a ser hoy no ya homologables a los mejores grupos e intérpretes del mundo, sino a formar parte del grupo de cabeza, y con personalidad propia. Hace mucho que pasó el tiempo en el que la música que se hacía en España se identificaba con sólo un puñado de cantantes de ópera. Hoy las cosas han cambiado y a pesar de todo lo que queda por hacer, sobre todo en materia de educación, la música no es ya una excepción clamorosa.

A ese panorama que se presentaba luminoso se le opone ahora la necesaria recuperación de lo que ha sido algo más que una crisis, una revolución en las costumbres representada en nuevos miedos, en cambios necesarios, en hábitos que no podrán ser los de siempre. Y, sin embargo, hace falta un camino para que lo logrado no se venga abajo y unos medios que no son solo aquellos que pueda proveer ese Estado que en Europa tiene como obligación constitucional y moral la de ayudar directamente a la cultura, a sus beneficiarios y a sus trabajadores. Es la sociedad también la que debe luchar por la pervivencia de la cultura musical.

Nos gustaría pensar que este año ha sido como un mal sueño sabiendo que hasta de los malos sueños se despierta. Este, lamentablemente, va a necesitar algo más que un despertar tranquilo. Nada cambiará de la noche a la mañana. Muy al contrario, el futuro nos planteará desafíos nuevos de cara a nuevas formas de programar, a la atracción definitiva de esa audiencia joven o tímida en cuya búsqueda lleva la música clásica tantos años dando vueltas sobre sí, a la bienvenida a ese público de siempre, hoy atemorizado por las circunstancias y que ha llenado los teatros cuando todo parecía normal. En estos días aparece la esperanzadora noticia del hallazgo de una vacuna que habrá de propiciar de forma decisiva una recuperación que, partiendo de la seguridad contra la agresión del virus, nos de fuerzas para construir un futuro mejor para la vida de todos, esa a la que la cultura pertenece.

No podemos cerrar este editorial sin agradecer a nuestros lectores, colaboradores y anunciantes, en la revista y en la página web, su fidelidad a lo largo de estos casi doce meses tan duros. Hemos querido en todo momento estar a su altura. Ojalá lo hayamos conseguido. ¶

 

(Editorial publicado en el nº 368 de Scherzo, de diciembre de 2020)