Turandot, ‘per saecula saeculorum’ (por Antonio Pappano)

PUCCINI:
Turandot. Sondra Radvanovsky, Jonas Kaufmann, Ermonela Jaho, Leonardo Cortellazzi, Gregory Bonfatti, Siyabonga Maqungo, Mattia Olivieri, Michele Pertusi. Orquesta y Coro de la Accademia Santa Cecilia de Roma. Director: Antonio Pappano. WARNER CLASSICS (2 CD)
La primera idea que salpica la cabeza al tener entre las manos este álbum con la enesimísima versión discográfica de Turandot es: ¿tiene sentido grabar, después de tantas referencias insuperables, la última obra maestra de Puccini? Desde la legendaria de Nilsson, Corelli y Scotto en la Ópera de Roma con Molinari-Pradelli (junio 1965), o la de Inge Borkh, Mario Del Monaco y Renata Tebaldi, de 1955, con Alberto Erede, junto con la misma Orquesta de la Accademia de Santa Cecilia de Roma que participa en este flamante registro, Turandot ha sido sueño de cualquier gran soprano dramática. También de los mejores tenores líricos. La nómina es interminable y desigual: Caballé, Callas. Casolla, Dimitrova, Eaglen, Marc, Marton, Ricciarelli, Sutherland… Y entre los tenores, desde el oscense Miguel Fleta, que encarnó el rol de Calaf en el estreno de la ópera, el 25 de abril de 1926, en la Scala, bajo la batuta de Toscanini, a Björling, Carreras, Domingo, Lavirgen, Martinucci, Pavarotti y un casi interminable etcétera.
El razonamiento es tan equívoco como pensar que para qué componer una sinfonía después de la Novena de Beethoven, o leer una novela tras Cien años de soledad. Antonio Pappano, maestro de maestros, mira con respeto la enorme tradición, pero firma su propia y suntuosa versión, con una orquesta y coro mucho mejores que los de la vieja Santa Cecilia de Erede. Sin embargo, el bien calibrado reparto vocal no hace sombra a las leyendas. La calidad del sonido es sencillamente excepcional. Se trata de una grabación de estudio, algo inaudito en estos tiempos de penurias y crisis discográfica, en los que el directo y las nuevas tecnologías se han cargado las costosas grabaciones operísticas de antaño. Como novedad y argumento de venta y compra, la versión presenta íntegro el “postizo” con el que Franco Alfano completó el inacabado final de la ópera de Puccini, del que el todopoderoso Toscanini suprimió por su cuenta y riesgo un centenar de compases para su estreno escalígero.
Pappano obtiene oro pucciniano de la rica orquestación gracias a la Santa Cecilia de Roma, con diferencia la mejor orquesta italiana. Color, timbres, sugestiones… La China ancestral. El maestro inglés, como hizo Puccini en su día, penetra en los rasgos orientales que enmarcan la acción. Retiene el tiempo, resalta detalles y se embarca en un discurso narrativo envuelto de misterio, temor, incertidumbre y exotismo a flor de piel. Puro teatro y pura fantasía, en la línea de los grandes maestros que han enaltecido con grandilocuencia pero sin empalago el caleidoscópico colorido del universo pucciniano. Armonías, melodías, timbres, colores, dinámicas y métricas son catalizadas con naturalidad y equilibrio. Espectacular el grandioso final del primer acto, incluido el interminable calderón (casi a lo Melchior) de Calaf/Jonas Kaufmann. La versión rezuma pasión, razón y sentido.
En el trío vocal destacan por goleada las féminas. Sondra Radvanovsky, artista de los pies a la cabeza, compone una Turandot implacable. Su amenazante “Straniero, ascolta!” establece ya las claves de una Princesa firme y gélida, pero con un trasfondo de vulnerabilidad que se presiente ya desde el primer momento. Sin ser la Nilsson o la Dimitrova —tampoco lo pretende, claro—, la soprano estadounidense impacta por su cristalino poderío vocal. También por la templada evolución con que, en connivencia con el podio, enriquece un personaje tantas veces caricaturizado. El misterio de “In questa reggia” deja ya entrever los rasgos más líricos y delicados.
Jonas Kaufmann, quizá el punto más frágil de la grabación está lejos de ser lo que fue. Su voz, a pesar del alarde —quizá no ajeno al estudio de grabación— del final del primer acto, sirve un Calaf corto de densidad vocal, de fraseo irregular, laxa intensidad dramática y distantes aromas puccinianos. Su impostado y hasta engolado “Nessun dorma”, tan cantado por él en mil y una ocasiones, anda rácano de brío y luminosidad. Incluso un punto relamido y de expresión impostadilla, como de “Cantante italiano” en El caballero de la rosa.
En el polo opuesto, la albanesa Ermonela Jaho se lleva el gato al agua con su Liù cargada de efusión, lirismo y empaque vocal. Su matizado “Signore, ascolta!” corta el aliento y conmovería a la mismísima “Princesa de hielo”. El filado pianísimo que cierra el aria evoca la Liù eterna de Caballé. La “Micaela pucciniana” que es la esclava enamorada encuentra en Jaho su más fiel y mejor reencarnación contemporánea. Estremecedora la suicida escena final, de un verismo que supone uno de los momentos vocales y dramáticos álgidos de la grabación.
Notables o sobresalientes los restantes componentes del selecto reparto. Particular mención merecen el Altoum del despuntante tenor Leonardo Cortellazzi, el Ping del bien asentado barítono Mattia Olivieri, y el inesperado Timur del veterano Michele Pertusi. Una grabación que, en su conjunto no defraudará a nadie y entusiasmará a muchos. Por el podio, por sus sopranos, por el conjunto del acertado reparto (salvo el lunar de Kaufmann), y por una orquesta y coro que suenan a gloria pucciniana. Ideal sin reservas para los sibaritas de las tomas sonoras. Bienvenida sea, pues, esta Turandot post-Sinfonía Coral y post-Cien años de soledad. La vida imparable y sus cosas siguen, como la historia de la “Principessa di gelo” y sus acertijos asesinos, revitalizándose per saecula saeculorum. Amén.
Justo Romero


