Triquiñuelas pseudohistoricistas

Triquiñuelas pseudohistoricistas

No nos engañemos: el historicismo absoluto no existe en la música. Por mucho que nos empeñemos, es una práctica casi imposible. Más que nada, por una cuestión de pragmatismo. Por ejemplo, son muy pocos los clavecinistas que utilizan plectros de hueso de ave, como los que se usaban antaño (y, mucho menos, plectros de hueso de cuervo, que eran los más habituales en los siglos XVII y XVIII). Hoy el hueso ha dejado paso a algo tan anacrónico como el plástico. ¿Por qué? Pues porque el plástico suena prácticamente igual, se rompe menos y, sobre todo, es más barato. Lo de usar púas de hueso casi tiene más de fetichismo que de acústica. ¡Habría que tener el oído de un murciélago para apreciar la diferencia! Y no es que lo diga yo, es que lo decía el propio Gustav Leonhardt, un purista recalcitrante que prefería el plástico al hueso (los holandeses, ya saben, han sido un pueblo de comerciantes y la pela es la pela).

¡Y qué me dicen de las cuerdas de nailon tan extendida entre los especialistas de cuerda pulsada! Muchas de ellas ni siquiera han sido fabricadas ad hoc para estos instrumentos, sino que son simples carretes de hilo para cañas de pescar. Las cuerdas de tripa en una tiorba o en un archilaúd se desajustan con gran rapidez, por lo que los pocos que las utilizan prefieren hacerlo para grabaciones discográficas, en las que se puede estar parando cada dos por tres para afinar.

Lo de las cuerdas sintéticas empieza a afectar también a los violines. En Japón han inventado unas, de color negro, que aguantan lo que no está en los escritos y que cuestan cuatro o cinco veces menos que unas buenas cuerdas de tripa de cordero. Gastarte doscientos euros en unas cuerdas de tripa con las que igual no puedes tocar ni dos conciertos seguidos no tiene, la verdad sea dicha, mucho sentido. No hay gran diferencia sonora entre estas cuerdas negras y unas de tripa. Y para apreciar la diferencia visual, habría que poseer la vista de un águila o la de un lince.

¿Y lo de los agujeritos en las trompetas naturales para modular con más facilidad? Eso sí que es un desesperado invento de nuestros días para intentar dar la nota, nunca mejor dicho. Pero ahí está, precisamente, la madre del cordero (o sea, el meollo de la cuestión, no el cordero cuyas tripas son utilizadas para hacer cuerdas): ¿por qué tocar un instrumento del siglo XVIII —o una réplica del mismo— con un estilo surgido en el siglo XX en lugar de hacerlo con el estilo propio del XVIII?

Con esto sí que habría que ser más intransigente. Porque tocar una trompeta natural sin necesidad de agujerarla es posible. Incluso, es posible que suene igual de bien (no me atrevería a decir que suene mejor) que una trompeta natural con agujeros. Para demostrarlo, ahí están Jean-François Madeuf y sus discípulos. Si lo dudan, vean este vídeo del Segundo concierto de Brandemburgo, en el cual el trompetista francés aparece en una gira de La Petite Bande por tierras niponas:

La diferencia en la forma de tocar entre Madeuf y la escuela de los ‘agujeadores’ queda patente en este otro vídeo, con Neil Brough soplando la trompeta también el Segundo concierto de Brandemburgo durante los Proms 2010, junto a los English Baroque Soloists de John Eliot Gardiner:

De acuerdo, reconozco que es más limpio el sonido de una trompeta agujereada que el de una trompeta sin agujerear, por mucho que visualmente prefiera la postura de Madeuf. Habrá, sin duda, que hacer de tripas corazón y dejar la rigurosidad historicista para mejor momento. Pero… ¿y con el violín? Este instrumento, surgido en Italia a comienzos del siglo XVI, se tocaba originalmente apoyado en el pecho, y así se siguió tocando durante buena parte del siglo XVII. Pero hoy en día la mayor parte de los violinistas barrocos tocan el repertorio del primer Barroco con el instrumento apoyado en el hombro. Reconozco mi incapacidad para discernir si suena mejor de una forma u otra, pero quizá lo más historicista sería tocarlo apoyado en el pecho, aunque tampoco está tan claro cuándo se empezó a cambiar de postura o, incluso, si ambas posturas coexistieron.

Para que entiendan de que les estoy hablando, dejo estos dos vídeos de la violinista holandesa Eva Saladin. Corresponden a un mismo concierto, en el que está acompañada por el clavecinista Johannes Keller. En el primero, con el violín apoyado en el hombro, toca una sonata de Michele Mascitti (1664-1760). En el segundo, con el violín apoyado en el pecho, toca una sonata de Gian Carlo Cailò (c. 1659-1722). Se trata de músicos estrictamente coetáneos. Juzguen ustedes si hay alguna diferencia sonora entre una postura y otra.

Lo de emplear voces femeninas para obras que fueron concebidas para voces de niños (buena parte de las cantatas de Bach, sin ir más lejos) lo dejamos para otro día. No liemos más las cosas.

(Nota: Para que no quede la más mínima duda de cómo se tocaba la trompeta en el siglo XVIII, dejo aquí el famoso cuadro de un trompetista realizado por el retratista sueco Michael Dalh, quien vivió y trabajó la mayor parte de su vida en Londres. El cuadro está pintado hacia 1753)