Trío de ases para Beethoven

Trío de ases para Beethoven

BEETHOVEN: Triple concierto en Do mayor op. 56. Sinfonía nº 7 en La mayor op. 92. / Anne Sophie Mutter, violín. Yo-Yo Ma, violonchelo. West Eastern Divan Orchestra. Director y piano: Daniel Barenboim. / DG 4838246 (1 CD)

En 2019 se cumplieron nada menos que veinte años desde que Edward Said y Daniel Barenboim fundaron la West Eastern Divan Orchestra (WEDO), formada por jóvenes músicos de Oriente Próximo y, desde que en 2002 la orquesta se estableciera en Sevilla, también españoles. Para conmemorar el aniversario, la WEDO y su titular, Daniel Barenboim, se embarcaron en una gira por Europa y América. Las grabaciones contenidas en el presente disco (disponible el 20 de mayo en CD, Blu-ray y LP) son tomas en concierto realizadas en Buenos Aires (31 de julio, Séptima sinfonía) y Berlín (23 de octubre, Triple concierto).

El disco celebra varios aniversarios: 250º del nacimiento de Beethoven; 20º de la creación de la WEDO, en cuyo concierto inaugural (Weimar, agosto de 1999) se interpretaron el Concierto para violonchelo de Schumann, con Yo-Yo Ma de solista, y… la Séptima de Beethoven; y, finamente, 40 años de la célebre grabación del Triple concierto beethoveniano con Karajan, la Filarmónica de Berlín, Anne-Sophie Mutter, Yo-Yo Ma y Mark Zeltser. Aun podemos añadir uno más: hace 25 años que Barenboim, Ma e Itzhak Perlman interpretaron el Triple en Berlín (hay grabación).

El sensacional comienzo del Triple concierto, con ese silencio en el segundo compás, el asertivo acorde antes del primer crescendo, el sonido luminoso, transparente y noble, con el peso adecuado (12 violines primeros, 10 violines segundos, 8 violas, 6 violonchelos, 4 contrabajos, maderas a 2; 52 músicos en total) marca la tónica por la que discurrirá esta interpretación ejemplar, de deslumbrante belleza. Un Triple apolíneo, con tres solistas inigualables haciendo música de cámara con mayúsculas, arropados por una WEDO siempre en su sitio, atenta a las indicaciones (a veces acústicas, en forma de resoplidos) de su director. Las leves y ocasionales imprecisiones de Ma son compensadas con creces por la belleza de su sonido, la hondura y nobleza de su fraseo, su legendario legato y sentido cantabile. Basta con escuchar su entrada en el Allegro inicial o en el Largo para darse cuenta de que estamos ante un artista descomunal. La glamurosa Mutter, violinista prodigiosa que en los últimos años se ha deslizado por la senda de las interpretaciones preciosistas, pulidas, técnicamente impecables, exhibe un sonido terso y una fogosidad inusitada, especialmente en los intercambios con Ma, pero también en la vertiginosa coda del primer movimiento. Ni rastro de delicuescencias o remilgos. De los tres es Barenboim el que se muestra más sobrio y contenido (y controlador, aunque deja hacer). El fugaz Largo, íntimo y de serena belleza, maravillosamente tocado, da paso a un brillantísimo Rondo alla Polacca, prodigio de destreza técnica, musicalidad y compenetración de tres artistas excepcionales.

Ya al escuchar los primeros compases de esta Séptima, este firmante siente que Beethoven no puede hacerse de otra manera. Me pasa lo mismo con Klemperer, por ejemplo, también con otros, lo que quiere decir que no respondo a un modelo único. Todo depende de la capacidad de persuasión del director. Barenboim, un beethoveniano de primera, lo hace fácil. El sonido de la WEDO es robusto y aireado, refulgente. La batuta presta atención al conjunto sin olvidar los detalles, que nunca resalta arbitrariamente para resultar original. Confieso sin embargo que siempre me gustó la forma en que Barenboim destaca los violines en 9’04”, 9’07” y 9’08”, un detalle marca de la casa, presente en otras interpretaciones suyas. Los tempi se antojan ideales, el balance perfecto en todo momento, se oye todo. El enfoque es nuevamente apolíneo, siempre controlando, pero con sensación de libertad. Barenboim sabe cuándo hay que tirar de las riendas y cuando puede soltarlas. La orquesta le sigue ciegamente. No será de primerísima fila, pero lo parece, suena a gloria. Los restantes movimientos no responden a mi juicio a las enormes expectativas suscitadas. El Allegretto, estupendamente tocado, ‘pedagógico’ (da gusto seguirlo partitura en mano) lo encuentro relativamente ‘convencional’, neutro, en comparación con el glorioso primer movimiento. Carece de elevación, de grandeza (Walter, Furtwängler, Reiner o Giulini me vienen ahora a la memoria). Más convincente me parece el Scherzo, pese a que las maderas no están muy finas. El sutil stringendo con el que Barenboim acompaña los crescendi es muy efectivo y proporciona un impulso irresistible. Por el contrario, en el Trio, especialmente en la repetición, el tempo es excesivamente lento y Barenboim no siempre consigue mantener la tensión. En el Allegro con brio, admirablemente construido, prefiero al Barenboim de hace veinte años con la Staatskapelle Berlin. Aquella era una Séptima dionisíaca, furtwängleriana, con un sonido más contundente, más alemán, y un final orgiástico, arrollador. Bien por las limitaciones de la orquesta, bien por la evolución de la visión que Barenboim tiene de la obra y el poso de los años, el Finale está ahora más embridado y suena menos espontáneo e impulsivo. Con las reservas apuntadas, es esta una Séptima espléndida, personal, sin deudas ni complejos, que redondea un gran disco.