Scherzo | OPINIÓN / Tomás Marco, en su 80 cumpleaños: una aproximación y cinco pistas de escucha. Por Ismael G. Cabral

Tomás Marco, en su 80 cumpleaños: una aproximación y cinco pistas de escucha

Tomás Marco, en su 80 cumpleaños: una aproximación y cinco pistas de escucha

Partamos de un convencimiento que no admite muchos argumentos en su contra: la obra compositiva de Tomás Marco es vasta, podría parecer que hasta inabarcable. Siendo el más joven integrante de la Generación del 51 es también el autor con un catálogo más amplio. Por eso la ocasión de su 80 cumpleaños (que celebramos justo hoy, 12 de septiembre) debe ir más allá de la efeméride. Hay que programar a Marco, tocar a Marco y escuchar a Marco. Hagámoslo ahora, que está aquí, con nosotros, en plena ebullición creativa y con unas alforjas cargadas con algunas de las más interesantes obras de la música contemporánea española.

Respaldemos lo dicho hasta ahora con dos retratos emblemáticos y jugosos de su música, uno pasado y otro futuro, casi presente. En el lejano 2003 el desdichadamente desaparecido Ciclo Musicadhoy rescató dos obras del primer Marco, Jabberwocky y Anna Blume, de 1966 y 1967, respectivamente. Dos piezas que entonces demostraron como su radical vanguardismo seguía no solo vigente, también gozaban de un ardor sonoro cuyo olvido solo puede justificarse por la general sordera de las instituciones culturales españolas con respecto a sus compositores actuales. La otra cita tendrá lugar en el Teatro Monumental de Madrid el próximo 30 de septiembre. La Orquesta de Radio Televisión Española, dirigida por Santiago Serrate, pondrá en los atriles cuatro obras que cubren un espectro de un cuarto de siglo, el que media entre Campo de estrellas y Codex Calixtinus. No son muchos los compositores capaces de sustentar con éxito un concierto monográfico, la pluralidad de Marcos en Marco garantiza una escucha atractiva y con distintos tránsitos estéticos.

El compositor madrileño, acaso por haber sido un día el más bisoño de los creadores de su generación, se empapó de todo lo que hicieron sus mayores. Miró a Cristóbal Halffter y a Luis de Pablo, pero también estudió con Karlheinz Stockhausen y conoció y entendió bien a Luciano Berio. Por eso introdujo la técnica de los anillos o abordó la fractalidad antes incluso de que Francisco Guerrero se abismara en ella. Estuvo en el remolino de las músicas más venturosas de la segunda mitad del siglo XX, vivió aquello desde dentro, como compositor, también como buen documentalista que, con los años, iría volcando su conocimiento en una miríada de libros sobre la música de nuestros días. E hizo algo que otros no se atrevieron a hacer, abrir su mirada hacia otros espacios, por eso también conoció e importó el minimalismo norteamericano cuando otros colegas suyos veían en aquellos patrones repetitivos poco menos que un tiro en los soportes que mecían la cuna de la complejidad. No fue tanto que Marco lo cultivase, pero sí se dejó permear hasta cierto grado; ningún otro autor contemporáneo ha empleado el ostinato como figura rítmica con tanto acierto y personalidad como él.

Autor de óperas, sinfonías, conciertos, obras sinfónicas, cuartetos de cuerda y hasta de una zarzuela, Policías y ladrones, que al fin verá la luz en noviembre en el Teatro de la Zarzuela, la obra de Tomás Marco merece ser contemplada con detenimiento. En no pocas ocasiones las importantes labores de gestión pública que ha realizado han ido en detrimento (no voluntario, desde luego) de su quehacer compositivo. Un trabajo que sin renunciar nunca a las máximas exigencias técnicas y expresivas reluce en la música de la modernidad con una nitidez que podríamos erigir en principal estilema de su obra. Porque, en la mayoría de los casos, las obras de Marco nos llegan despojadas de maraña, como si dotara a sus piezas de una unidireccionalidad en la escucha muy poco común en la contemporaneidad.

Sus obras parecen cobrar vida a partir de la interpretación con todos los códigos ya desencriptados, apelándonos de una manera directa, a veces incluso presas de un primitivismo armónico y rítmico arcaizante y, por lo demás, plenamente identificativo de su lenguaje. Hay también mucho de un concepto generativo en sus construcciones sonoras, lo que resulta especialmente advertible en su corpus sinfónico; estas obras se construyen capa sobre capa frente a nuestros oídos, no nos contraponemos a un material previamente cincelado, se nos invita a transitar frescos sonoros en los que serpentear como escuchantes. Acaso tenga que ver esta impresión con un pensamiento del propio Marco: “La música es un arte estrictamente inscrito en el tiempo, por tanto su forma tiene mucho que ver con la facultad humana que permite percibirlo: la memoria. Es por lo que en buena parte de mi obra me intereso por la memoria humana, tanto desde el punto de vista de su funcionamiento fisiológico como del de su mecanismo histórico y cultural”.

Celebremos pues a Marco y hagámoslo escuchando su obra, de la que se ofrecen a continuación cinco pistas fundamentales para una sustanciosa audición de su música. (Al final del artículo está el enlace con la lista de reproducción en Spotify).

Escorial (1975)

Con unos materiales muy reducidos, el compositor traza en Escorial un arco (crescendodecrescendo) caracterizado por un hieratismo constructivo que barniza esta obra para gran orquesta con una pátina de ritual, de procesión. Basada estructuralmente en los planos de El Escorial, buena parte de la marmórea desnudez del edificio encuentra su correlato en la música escrita por Marco. “Grandiosa y lúgubre”, según la nota crítica publicada en Le Figaro tras el estreno en París de la obra, así es esta pieza de un efecto fenomenal en la escucha. La grabación de la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria, dirigida por José Luis Temes, sirve con total franqueza y diáfana claridad a los propósitos de la obra.

(Al final del artículo está el enlace con la lista de reproducción de esta selección en Spotify)

Sinfonía nº 2 “Espacio cerrado” (1985)

Hasta diez sinfonías ha compuesto Marco, de las que seleccionamos para este rincón de escucha su Sinfonía nº 2, subtitulada “Espacio cerrado”. Escrita en un solo movimiento la música parece no solo circunscrita a un espacio sin salida, también el ambiente sonoro que se crea dentro del mismo transmite un fondo de raro pesimismo. Eludiendo la clásica división en movimientos y cultivando una suerte de abstracción tan compacta como, en algunos pasajes, liviana, la obra exige y promueve diversos pensamientos sobre la misma; no da las cosas por hechas, es creación orgánica, paradójicamente nada conclusa, nada cerrada en sus fines. La Orquesta Filarmónica de Málaga la grabó en 2010 con dirección de José Serebrier para el sello Naxos.

Pulsar (1986)

Pulsar resulta una pieza ejemplar para valorar la dramaturgia que Marco es capaz de crear ya desde el ámbito puramente instrumental. Escrita para orquesta sinfónica, no es esta la única obra de su catálogo relacionada con la astronomía. El carácter rotatorio y, por lo mismo, obsesivo de cada una de estas estrellas de neutrones despertó en él la necesidad de generar una música concéntrica y fuertemente rítmica a la que somos arrastrados en la escucha. Todas las constantes marquianas anteriormente expresadas quedan explicitadas aquí. Vuelve a ser José Luis Temes, consumado especialista en la obra del músico madrileño, quien dirige esta grabación, con los músicos de la Orquesta Filarmónica de Poznan.

Cuarteto de cuerdas nº 2 “Espejo desierto” (1987)

Casi veinte años tardó Marco en abordar su Segundo cuarteto de cuerdas tras el estreno y el éxito del primero, Aura. “Mi deseo aquí fue hacer una obra lo más escueta posible, en la que nada fuera ornamental ni superfluo”, dirá el autor al respecto de Espejo desierto. Una pieza de estructura especular y que resume buena parte del imaginario del compositor desplegado hasta el año de su escritura. También una creación que lleva demasiado tiempo ausente de los ciclos musicales españoles y que, en su momento, llevó al disco el Cuarteto Arditti.

Tenorio (2008/09)

Estupendo ejemplo de lo que podríamos entender como una ópera manejable en efectivos, Tenorio también es una depurada decantación del teatro musical de Tomás Marco. Con un ensemble en el que resaltan patrones rítmicos muy sencillos y efectivos, texturas diáfanas y un buen manejo de la propia dramaturgia instrumental, el canto es de un melodismo desacostumbrado, sin que debamos entender regresividad alguna en el empaquetado final de una obra mayor en su catálogo.

Ismael G. Cabral


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