Texto y música en la opera. Alrededor de una cita de Taruskin (y II)

Texto y música en la opera. Alrededor de una cita de Taruskin (y II)

Eso sí, recordemos, para darle mayor color a la referencia a Bouilly, cuyo texto puso en música Pierre Gaveaux antes que nadie, que en SCHERZO ya hemos reseñado un registro audiovisual de esta obra, un registro de interés tan indudable como limitado (así lo decíamos): DVD Naxos 2.110591. Interesa la comparación, no cabe duda, para comprobar que en efecto hay más cosas ocultas en el drama de Bouilly que lo que otros músicos consiguieron; y para ver en qué consisten esos descubrimientos de Beethoven como dramaturgo musical.

Pero de Fidelio ya hemos platicado bastante, aquí, hace muy poco. Mejor centrarse en la cita de Istel y en la de Taruskin, que en ese mismo libro y en otros vuelve a la misma idea, la sazona, la repite, le da vueltas. Será, tal vez, porque aunque lo expliquemos, sigue siendo un enigma: palabra y música, sí, pero palabra adecuada y música que descubre, que pone de manifiesto, que dice y dice más. Música penetrante, porque ha penetrado,  y así es realmente drama.

Dice la Condesa en Capriccio, de Richard Strauss con libreto de Clemens Krauss y del propio compositor: Estimo las palabras de los poetas, / sin embargo, ellas no dicen / todo lo que está secretamente oculto. El poeta Olivier y el música Flamand se enfrentan por la primacía de palabra y música y, claro está, por el amor de la Condesa. Hoy, cuando componer ópera es excepcional, y más aún estrenarla, tal vez nos parezca extraña esa rivalidad entre compositor y libretista. Puedo asegurar que mi experiencia, con cuatro libretos, es distinta. Y hay que recordar que en la primera ópera, L’Orfeo, la primacía era del poeta, Striggio, mientras que Monteverdi era un siervo (no sé cuántas veces hemos repetido esto mis colegas y yo). La misma primacía se había dado pocos años antes entre Rinuccini, el poeas, y Peri y Caccini, los músicos.

Pero ahí está ese enfrentamiento straussiano. Lo reproducimos en la versión española de José Luis Roviaro, que pueden consultar en la muy benéfica página kareol.es.

Dice Olivier: ¡La libertad de pensamiento le fue dada a los poetas! / ¿Quién ve algún límite / entre la forma y el contenido? Opone Flamand: En el mundo hay algo  / inconcebiblemente superior: / ¡La música! Ella asciende hasta donde  / el pensamiento no puede penetrar. Insiste Olivier: No es con los incomprensibles sonidos, sino con el claro lenguaje, que puedo expresar mis ideas. Eso es lo que tu música no puede lograr. Se enciende Flamand: Mis ideas existen como melodías. ¡Ellas tienen  / significados profundos, e inexplicables! En un simple acorde se puede percibir el mundo entero.

Bien, hasta aquí poeta y músico, pero por allí anda el director de escena, cuyo poder ya había sufrido y gozado Strauss (no es lo mismo trabajar con Alfred Roller o Max Reinhardt que con un listillo que se cree director de escena): Pelean; cada uno defiende la primacía de su arte.  / ¡Su esfuerzo es inútil! En el ámbito de mis / escenarios ellas no son más que sirvientes.

Bueno, no hay que olvidar que Capriccio se basa en el divertimento teatrale de Giovanni Battista Casti, que puso en música Antonio Salieri (Viena, 1786). La cuestión es antigua, desde luego, con ápices diversos, como el de Gluck, poco anterior al texto de Cesti. Cuestión hoy sin tanta relevancia, tal vez. Ya hablaremos.

Por cierto… Samuel Beckett escribió Palabras y música, una de sus piezas breves, en las que se oponían una y otra. A nuestra manera, la estrenamos Los Goliardos en 1966, con posteriores giras (bolos, si quieren) dentro del espectáculo Beckett 66. Una partitura ex profeso de Agustín González Acilu y un pequeño conjunto en el que tocaron y dirigieron Angel Luis Ramírez, Miguel Roa y Arturo Tamayo (qué jóvenes éramos) se oponía al coro de palabas y al antihéroe absurdo. El texto lo tiene publicado Tusquets en un volumen con piezas de Beckett.

La verdad es que el asunto es inagotable. Si, habrá que continuar. Pero no de momento, no teman.