Teatralidades de “Fidelio”. Ilustración y ciudadanía en el ‘Singspiel’ de Beethoven (II)

Teatralidades de “Fidelio”. Ilustración y ciudadanía en el ‘Singspiel’ de Beethoven (II)

Antes de seguir, permítanme recomendarles la escucha de una lectura en soporte audio de la versión de 1805. Es la dirigida por René Jacobs a la Freiburguer Barockorchester, con protagonismo de Marlis Petersen en el papel de Leonore (Harmonia Mundi, 2 CD).

Vale la pena hacer una comparación entre ambos Fidelio, el de 1805 y 1814. Recordemos tan solo que, según algunos y en especial René Jacobs, la de 1814 es una versión inferior a la original de 1805. No parece ser tal la opinión general, al menos hasta el momento. Es cierto que la dramaturgia del Fidelio definitivo deja que desear; y no es que la original sea un ejemplo coherencia. Este mismo año, en marzo, en el Covent Garden se podía ver una producción que poseía grandes virtudes vocales, con Johannes Kaufmann en Florestán y con Lise Davidsen, increíble soprano noruega, en el papel de Leonore.

Pero lo que nos importa ahora, más que las voces, es la nueva dramaturgia que, de manera coherente y sin forzar gran cosa las situaciones, define mejor lo que realmente sucede en Fidelio. Es la puesta de Tobias Kratzer, que empieza por devolver la acción a la Francia revolucionaria. Esto es, donde el original de los hechos en que se inspiró Bertrand de Bouilly, autor de Leonore ou l’amour conyugale, la obra original que dio lugar a las músicas de Gaveaux o Paër antes de Beethoven. Además, Pizarro acaba hablando como el Robespierre de Büchner (en La muerte de Danton). De Bouilly no se atrevió a ubicar la acción allí. Esas tiranías, esas inquisiciones eran buenas para España, no para Francia, caramba.

Hoy podemos estar en desacuerdo con Beethoven cuando desdeña y hasta condena las óperas bufas de Mozart y Daponte, en especial Così fan tutte. Digamos que Beethoven necesitaba otro tono, otros planteamientos. No cabía la opera buffa para retratar el declive de la aristocracia. Necesitaba una dramaturgia en la que el dramatismo se impusiera como situación climática, como el ápice de la crisis. Acaso buscaba una Flauta mágica con el nivel de conciencia de la época revolucionaria, la del tiempo de las guerras napoleónicas.

Lo bufo, lo cómico queda descartado para el planteamiento que necesita Beethoven. Por eso vemos que si Fidelio parece al principio una comedia burguesa, pronto será una comedia de un dramatismo subido, hasta su culminación en el monólogo y aria de Florestán en su profundo calabozo y el enfrentamiento de Leonore con Pizarro hasta el toque de clarín. Si hay algo en que se pueda comparar la ideología de los dramas de Mozart y los de Beethoven no hay buscarlo en las óperas con Da Ponte, sino más bien en Idomeneo y La Clemenza di Tito, porque aquí se plantea un pacto con el poder: tú te portar bien conmigo y yo soy un buen ciudadano. No ya súbdito, interpretamos, sino ciudadano, el concepto que es el gran invento de la Revolución francesa, porque le da el sentido republicano que conocemos hoy.