Solistas y solitarios

Solistas y solitarios

La iniciativa —a veces, una mera moda— de recuperar el sonido de los llamados instrumentos originales ha replanteado el problema de la excelencia del sonido en la versión de ciertas partituras. Nos preguntamos cómo sonarían Mozart o Haydn en los teclados de su tiempo. O, a la inversa, qué opinarían de los pianos Steinway a la hora de servir a sus partituras. La cuestión no es bizantina. Un fortepiano no tiene ni el brillo, ni la redondez, ni la prolongación del tacto, ni el volumen de un piano actual. Esto condiciona su expansión en salas mucho mayores que las de aquellas fechas. Incluso en las grabaciones se tiene en cuenta el esencial detalle. Si de obras para solistas y orquesta se trata, hasta se puede ver afectada la lectura. Un fortepianista no tiene más remedio que integrarse con la orquesta como si fuera un componente más de ella. Los efectos de diálogo y contrapunto se matizan con muy distinto resultado en un caso y en el otro.

El asunto se agudiza si el instrumentista es de la envergadura y la personalidad de una Martha Argerich, una Mitsuko Uchida o un Glenn Gould. Estos ejemplos permiten pensar más que en un solista, en un solitario que se dirige a la orquesta diciendo: “Aquí estamos, Beethoven y yo. Ustedes verán qué hacen”. Desde luego, el director corregirá la conjugación: “Veremos qué hacemos”. En cualquier evento, el solista seguirá siendo quien es.

El problema se ensancha y hace a los dos elementos en juego cuando se interpreta: subjetividad y objetividad. De esta última parece que hay escasas dudas pero de la anterior cabe una pregunta: ¿cuál es el sujeto en juego? ¿el conjunto de lo concertado o el encuentro entre el concertista y la masa? Un conductor puede negociar con el solitario que se le aproxima y partir diferencias pero sin ignorar que sus tempi no pueden entorpecer el fraseo del otro so riesgo de que el conjunto se malogre. Lo mismo en cuanto al volumen. La conversación entre el uno y el todo no debe ahogar a nadie, ni por exceso de peso ni por exceso de virtuosismo y acrobacia.

El objetivismo posmoderno parece languidecer. Eso de tocar como si no tocara nadie resulta poco convincente. Durante estas semanas hemos recibido en Madrid a dos pianistas de tal gallardía personal como para anunciar unos tiempos de sujetos importantes sobre la plataforma de conciertos: Vikingur Ólafsson y Alexander Kantorow. Algunos veteranos tuvimos, al asistirlos, la impresión mágica de que Vladimir Horowitz volvía de su viaje sin retorno. Era como un callado susurro verbal que atravesara los silencios de la música: “Aquí estoy yo”. Tal vez: “Aquí estamos, Liszt y yo, yo y Mozart”. Se dice que la impresión musical es ilusoria, que se esfuma en cuanto se da. En otra ocasión habrá que tratar sobre la realidad de las ilusiones.

Blas Matamoro