Sin público

Sin público

No había público este año en el Concierto de Año Nuevo. Al de ordinario le ha sustituido una suerte de igualitarismo virtual que ha necesitado de la crisis sanitaria para imponerse por un día al clasismo cosmopolita. Su presencia se ha demostrado, a efectos artísticos, simplemente innecesaria, pero pueden respirar tranquilos los que aspiran a volver. Ninguno de los que se hicieron una foto para salir como aplaudidores —solo siete mil a través de un sistema de participación que sería modesto si se tratara de otro evento, pero que aquí cabe calificar simplemente de cutre— estará nunca en la Musikverein. El mundo es ‘ansí’, como diría Baroja.

Y precisamente la carencia de público en el que ha sido un memorable Concierto de Año Nuevo ha resultado uno de sus alicientes. Los teatros, decía Verdi, se construyeron para llenarse, pero la Sala Dorada se llena a la sazón de cosas que no tienen que ver con una música que se ha sofisticado hasta el manierismo mientras la audiencia reserva para el final —las palmas en la Marcha Radetzki— la más freudiana de las interpretaciones posibles acerca de su lugar en el mundo. Por eso la falta de público —la pandemia ha conseguido lo que no logró la memoria histórica— ha significado un soplo de aire fresco para muchos, la evidencia de que esta música no se merece sufrir la humillante lección de servir a una ocurrencia que fue pura, y siniestra, propaganda política. Goebbels sobrevive así, sin mayores problemas, a la cultura de la cancelación. Otros no podrán decir lo mismo

Hermoso discurso el del maestro Muti poniendo en valor la importancia de la cultura en momento tan grave, aunque lo hiciera desde el podio de una orquesta profundamente inmovilista, históricamente misógina, cerrada ante la realidad de un tiempo que cambia. Una orquesta de clase tan descomunal como la de su director, que de vez en cuando bajaba los brazos para que sus músicos, recordando fugazmente algún detalle de los ensayos, se rigieran no con el confortable piloto automático que se activa ante conductores de fuste menor sino con la confianza en la verdad indubitable del estilo compartido. Y para recibir lección tan soberana, mejor así, sin ese público que acaba quitando la devoción.

(Foto: Dieter Nagl)