SEVILLA / Zahir Ensemble, dodecafonía y un gran Ligeti por Navidad

Sevilla. 13-XII-2024. Espacio Turina. Zahir Ensemble (Alfonso Rubio, flauta, Carlos Lacruz, clarinete, Jacobo Díaz Giráldez, oboe, Irene de Orden, trompa, Miguel García, fagot). Juan García Rodríguez, director. Obras de Ligeti y Schoenberg.
Qué suerte la de los grupos que tienen junto a ellos a un director pensante. Hubiera sido lo fácil disponer de un quinteto de vientos (formación en la que se presentaba Zahir Ensemble en este concierto de su Festival de Música Contemporánea) y, de tirar del hilo de György Ligeti, haber despachado sus amables y siempre bien recibidas Bagatelas, creación temprana de un músico que todavía andaba departiendo con su herencia y su folclor. En cambio, la pieza propuesta, las Diez piezas para quinteto de viento (1968) pertenecen a otra realidad mucho más enjundiosa del compositor.
Además de rara vez oída, esta es una obra que sintetiza mucho del Ligeti que luego se expandiría en otros tantos capítulos de su catálogo. Así al menos lo entendió García Rodríguez, que dirigió la partitura con una atención radical al sonido y a su impacto. Sucedió en la hiriente novena pieza (Sostenuto, stridente), enunció los temblores del Kammerkonzert que compondría solo un año después en los primeros compases de la quinta y la octava pieza (Presto staccatissimo e leggiero / Allegro con delicatezza) y abordó desde la amargura la conclusiva décima (Presto, bizarro e rubato).

Tras este aforístico y concretísimo Ligeti, que Zahir bien haría en llevar alguna vez al disco, dada la exigua discografía de la página, se pondrían a hacer los deberes de lengua con Arnold Schoenberg y su Quinteto, Op. 26 (1924). Gran música, dodecafonía ejemplar; todo un mastodonte de un compositor que siembre basculó entre ese engarzarse en el ayer y anunciar el futuro. El Quinteto es una obra que merece ser escuchada y que tiene pasajes contrapuntísticos absolutamente reivindicables en una audición que, forzosamente, se torna procelosa y esforzada. Podían haberla tocado sin director, aunque el riesgo de mandar al traste el edificio hubiera sido todavía mayor. Agotadora para la concentración (no digamos para para la de los solistas), García Rodríguez llevó de la mano a los suyos con una concertación diestra y muy marcada, clarificó texturas, evitó enredos y mantuvo un pulso constante que hizo que la partitura no decayera pese a sus incontables reinicios.
Ismael G. Cabral


