SEVILLA / Todos somos hijos de Cage

SEVILLA / Todos somos hijos de Cage

Sevilla. Iglesia de la Anunciación. 15-XII-2020. X Temporada de la Orquesta Sinfónica Conjunta. Ensemble de Percusión de la OSC. Obras de John Cage.

Hace un año la Orquesta Sinfónica Conjunta (de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior Manuel Castillo) celebraba a Steve Reich con una muy digna interpretación de su clásico Drumming, del que dimos cuenta en esta reseña.

Esta misma semana la OSC volvía a confiar a su Ensemble de Percusión la inauguración de la temporada en lo que perfectamente podría convertirse en una encomiable tradición (¿por qué no pensar en futuras ediciones en las obras  para grupo de percusión de Iannis Xenakis o en otros clásicos de la música percutida del siglo XX como Le Noir de l’Etoile, de Gérard Grisey).

Resultó, contra todo pronóstico por las iniciales incertidumbres acústicas que planteaba el lugar, un acierto apostar por el gigantesco templo de la Anunciación para hacer sonar a John Cage (¿qué habría pensado el norteamericano de ver su música deslocalizada en un espacio como este?). Tanto como lo fue el heterogéneo recorrido planteado por su obra para percusión.

El programa trazó un arco que fue de la performativa Living Room Music (1940) a la conceptual Child of tree (1975), con escala en el academicismo de Double music (1941), el tono cuasi belcantista de Forever and Sunsmell (1942) -¡toda una rareza en el propio catálogo cageano!-, la beligerancia postfuturista de Imaginary Landscape nº1 (1940), la desinhibición rítmica de Amores II-III (1943) y la icónica 4’33” (1952).

Viendo a estos alumnos de percusión transitar unas y otras partituras sentimos el aliento de un artista incansable, nuestro Llorenç Barber, acaso el mejor discípulo español del creador de las Sonatas e Interludios para piano preparado, bautizándonos en tantas acciones sonoras y conferencias exclamando “¡no olvidad que todos somos hijos de Cage!”

Claro que a Cage se le puede abordar desde una sobriedad mayor, también desde una dilatación de los eventos sonoros más radical que la aquí expuesta, un tanto a modo de pincelada en una creación, por ejemplo, como Child of tree. Pero lo que no faltó un solo segundo fue respeto; ese sentido lúdico de su música naturalmente estuvo presente, pero con fidelidad a lo escrito y a un sonar característico. Esfuerzo principal este del director del concierto, el percusionista Antonio Moreno.

Porque, en ocasiones, Cage no suena a Cage, suena a Fluxus o, directamente en las malas ejecuciones, deviene en triste e injusta caricatura. En fin, Cage como artefacto dramático puede ser formidable pero también es música, pese a quien le pese (que pesa, vaya si pesa a algunos), y en su haber tiene una decena de las partituras (…y lecciones) más notables y vivísimas del siglo XX.

Solo en 4’33” añoramos un poco más de tensión; no por supuesto por parte de los intérpretes, que la oficiaron con rigurosidad y severo silencio; pero sí por el lado de un público que se sabía la lección y no se inquietó ni arrugó lo más mínimo ante la reflexión conceptual. Quizás algunas vanguardias empiecen a ser ya casi tan clásicas como la Quinta de Beethoven. Aunque de esto las orquestas y la mayoría de los programadores parezcan no querer enterarse.