SEVILLA / ROSS: ¡dichosa anomalía!

SEVILLA / ROSS: ¡dichosa anomalía!

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 21-X-2021. Pablo Barragán, clarinete. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS). Director: Óliver Díaz. Obras de Torres, Lindberg y Sibelius.

Un compositor programado en el patio de butacas y una segunda obra firmada por otro notable creador vivo. Lo que debería ser habitual es, como bien se sabe, una anomalía en una temporada de conciertos en España. Por eso esta primera cita del ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) era uno de las más sugestivas de su temporada. Tristemente, por ahora, no es la punta de lanza de nada. Lo que vendrá en los próximos meses sigue, salvo algunas aportaciones contemporáneas poco relevantes, los parámetros conservadores habituales de toda temporada musical patria.

Las Tres pinturas velazqueñas (2015) de Jesús Torres (1965) es música bien cosida, notablemente orquestada, competente. En todo caso pertenece a la estética que al compositor zaragozano le gusta cultivar, que tanto recuerda a la música cinematográfica como al modernismo bartokiano con unas gotas de minimalismo de última hornada. La primera pieza, La venus del espejo, sonó burbujeante, explosiva en colores, y con un trabajo textural muy bien definido. Cristo crucificado persigue un pálpito más dramático, punteando la orquesta con algunos solos que subrayaban un clima lírico que Torres no esquiva. Las más interesante de las tres, también la más efectista, es El triunfo de Baco, que fue dicha un tanto apresuradamente por la ROSS a las órdenes de Óliver Díaz. Por suerte, pese al tempo, todos los bloques permanecieron en su sitio y se transmitió la voluntad cinética de la música, de rítmica sencilla y otra vez muy deudora de fotogramas inexistentes (acaso la pintura de Velázquez a la que alude).

La pandemia se llevó de un plumazo la interpretación por parte de la Sinfónica de Sevilla de D’Om le Vrai Sens, concierto para clarinete de Kaija Saariaho. A cambio en este concierto se ofrecía una pieza similar de un compatriota de la autora de L’amour de loin. El Concierto para clarinete (2002) de Magnus Lindberg (1958) es más explícito en su voluntad de tender líneas hacia unos y otros lados, apunta a muchas partes y concreta poco. Fagocita tonalidad y atonalismo y tan pronto mira a Gershwin como se repliega sobre sí mismo buscando sonoridades cavernosas y agrestes en el clarinete. Puede que una poda de minutaje le sentara que ni pintado, pero está como está. Desde luego nada tiene que ver con Accanto, de Helmut Lachenmann, la gran obra para clarinete y orquesta de la segunda mitad del siglo XX. Tampoco tiene la franqueza ni la pulcritud del Concierto para clarinete de Elliott Carter; mucho menos la profundidad de la concertante über, de Mark Andre. Lindberg, cuando así se lo encargan, cose obras que dan una de cal y otra de arena, reparte fortes, enrevesa cadencias y le salen partituras tan vistosas como esta. Sirvió, desde luego, para comprobar el buen estado en el que se encuentra la ROSS, y lo bien que la manejó Díaz; lo que este hombre ha debido aprender dirigiendo zarzuela no está en los escritos. Fue un acierto poner al frente de la obra a Pablo Barragán, músico sevillano (marchenero para ser exactos), que no había hecho todavía su debut en el Teatro de la Maestranza. El finés no le puso las cosas sencillas y, pese a alguna nota al límite del apuro, su versión fue pasmosa porque demostró tener capacidad para dar vuelo poético a las frases más explícitas y hasta románticas, pero también ser agresivo y exploratorio en los caudales de armónicos y notas abiertas.

Menos de dos años ha tardado la Segunda Sinfonía de Sibelius en volver a los atriles de la ROSS. De las portentosas Tercera, Cuarta o Séptima nada se sabe. Felizmente Díaz demostró tener cosas que decir poniendo en sonido una versión escolástica pero no por ello menos sobresaliente. Le acompañó una pléyade de profesores en estado de gracia, con unos metales intachables, de wagnerianas resonancias, y con una nutrida sección de cuerda que tiñó la Sinfonía con un barniz a caballo entre lo espiritual y lo dionisíaco. De dinámicas generosas y con enorme vistosidad en la exposición de los temas, Óliver Díaz consiguió hacernos olvidar que teníamos tan aprendida esta partitura.