SEVILLA / Roméo y Juliette: aclamada pareja

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 31-10-2026. Nina Minasyan, Santiago Ballerini, Anna-Doris Capitelli, Elena Maximova, Mario Bahg, Pablo Puértolas, Maxim Lisiin, Julien van Mellaerts, Andrés Merino, Zoltan Nagy, Riccardo Fassi, Valery Guilmanov. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro del Teatro de la Maestranza. Dirección musical: Sasha Yankevych. Dirección de escena: Luca De Fusco. Escenografía y vestuario: Marta Crisolini Malatesta. Iluminación: Gigi Sacomandi. Proyecciones: Alessandro Papa. Coreografía: Alessandra Panzvolta. Gounod: Roméo et Juliette.
Por indisposición, el tenor eslovaco Pavol Breslik fue sustituido, tras el estreno del día 23, en las dos funciones siguientes, los días 27 y 31, por el italoargentino Santiago Ballerini, que resultó ser el socio ideal para la armenia Nina Minasyan. Según algunas críticas aparecidas, Breslik «presentaba un registro no muy claro» y su Roméo «venció pero no convenció», aunque otras críticas le reconocían una «emisión notable». El caso es que Ballerini, llamado a última hora, gustó desde el principio, como también Nina Minasyan, y la pareja fue muy aclamada al final de la representación.
Pero antes de alzarse el telón, con el público en pie, se guardó un minuto de silencio en solidaridad con las víctimas del trágico accidente ferroviario en Urda. Terminado el silencio, sonaron los impresionantes acordes del Prólogo, con ciertos guiños wagnerianos. La orquesta, bajo la batuta del ucraniano Sasha Yankevych, ya conocido del público maestrante por haber salvado con solvencia en la anterior temporada una Maria Padilla en versión de concierto, estaba en buenas manos, como lo demostró a lo largo de los cinco actos, con un equilibrado acompañamiento para los cantantes y pasajes muy conseguidos en los refinados entreactos. En el mismo Prólogo, el coro, a la manera del teatro griego, fue el encargado de anunciar la tragedia que habría de contemplar el espectador. En general cantó bien bajo la veterana dirección de Íñigo Sampil, aunque a veces los agudos resultaran un tanto forzados.

Desde el principio, la puesta en escena resultó desnuda, oscura y tenebrosa. El paredón del fondo, con unos huecos propios de la arquitectura fascista, contribuía a la rigidez y la monotonía, cuando no a la confusión, acentuada por unas proyecciones sobre el tul que no hacían más que distraer de lo verdaderamente importante: la música y su innegable dramatismo.
El baile en el palacio de los Capuletos, en el primer acto, no se correspondía en absoluto con la intención de Gounod, su compositor, ni de sus libretistas, Jules Barbier y Michel Carré. No era una fiesta brillante y colorista, sino una celebración tan lúgubre como aburrida, que no contribuía al contraste entre la vida y la muerte. Excepto Juliette, vestida de rojo, y Roméo, de celeste, todos iban de riguroso negro con golillas blancas; un vestuario que no remitía a ninguna época concreta, sino que convertía a todos los personajes, salvo a los dos amantes, en espectros o zombis con las caras embadurnadas. Y a esto había que añadir la exhibición de unos espadachines que al parecer «alegraban» la fiesta sin ninguna gracia. Menos mal que llegó el vals de Juliette, Je veux vivre, cantado con juvenil frescura y que arrancó la primera gran ovación de la noche.

En el segundo acto, una turbia noche con pálida luna, los dúos de amor se sucedían y acrecentaban el lirismo belcantista. La segunda gran ovación fue para Roméo en su aria Lève-toi, soleil, pero el sugerente balcón de Juliette, reducido aquí a un ridículo andamio o patíbulo, rompía la atmósfera del amoroso nocturno. En el tercer acto sobresalió el bajo Riccardo Fassi como Frère Laurent, con una notable solidez a pesar de su juventud, y el Stéphano de Anna-Doris Capitelli, formada en las academias de la Scala y de Pésaro, cuya teatralidad musical resultó muy convincente.
También habría que destacar la envolvente actuación, a pesar de su desaliñado vestuario, de la mezzosoprano rusa Elena Maximova como Gertrude, de voz cálida y expresiva. El enfrentamiento entre las dos facciones aportó tensión a este acto, aunque aquí aparecían representadas, con escasa verosimilitud, no como Capuletos y Montescos, sino como fascistas y partisanos.
La concepción escénica del napolitano Luca De Fusco, responsable de esta producción del Teatro de la Ópera de Roma, respondía a una estética de vieja escuela, a medio camino entre el tenebrismo y el lenguaje cinematográfico. El momento culminante de las voces llegó en el cuarto acto con la llamada «aria del veneno» de Juliette, Dieu ! quel frisson court dans mes veines ?, que causó el entusiasmo del público. El quinto acto se convirtió en una eterna noche de amor, cantada con extrema delicadeza, que culminó con una cerrada y merecida ovación para la pareja protagonista. Un Roméo et Juliette que llenó el teatro en sus tres funciones, un éxito de público que invita a reflexionar sobre la escasez de títulos operísticos verdaderamente atractivos compuestos en este primer tercio del siglo XXI. ¿Por qué? He aquí la cuestión.
Jacobo Cortines
[Fotos: Guillermo Mendo]


