SEVILLA / Erkoreka y Adams, sentados y bien avenidos en la mesa de Zahir Ensemble

Sevilla. Espacio Turina. 15-XI-2024. Zahir Ensemble. Juan García Rodríguez, director. Obras de Erkoreka y Adams.
En el Espacio Turina no dejan de suceder cosas, de darse propuestas. Con todas sus enormes limitaciones (presupuestarias, lo que deriva en estrecheces programativas, estructurales, no digamos comunicacionales…) ha asentado en la música española una idea certera: “En Sevilla tenéis la Turina”. Expresado así, casi a modo de lamento y suspiro por lo que en otras ciudades no existe. Es cuanto menos paradójico pensar que, con solo un poco de más mimo, de más apoyo institucional, las resonancias de este lugar sin ni siquiera página web podrían ser impactantes.
En él despliega cada año su propia temporada el conjunto Zahir Ensemble, que presentaba en esta ocasión un inverosímil (o no tanto) ejercicio de conjunción de las músicas de Gabriel Erkoreka (1969) y John Adams (1947), sentados a una imaginaria mesa que, a priori, podría parecer improbable. El contexto para la difusión de la música del primero era la reciente grabación que la formación ha realizado de un disco monográfico que verá la luz a lo largo de 2025 en el sello IBS. De este registro se ofrecía, en primer lugar, Orreaga (2014), una pieza maestra en catálogo del compositor vasco.
Creada como un homenaje al cantautor donostiarra Mikel Laboa, hay en ella una sustancia tímbrica y textural que entronca, desde luego, con la obra más experimental de aquel músico, Lekeitioak; pero el plan general dispuesto por Erkoreka es más el de un homenaje que el de un artilugio con citas fácilmente reconocibles. Muy consciente del material que maneja, la música se diluye cuando empieza a dar signos de agotamiento, tras una suerte de exposición textural y sinuosa que parece emprender, desde el inicio, un descendimiento. Con los volúmenes muy pulidos; Juan García Rodríguez, acertó a dirigirla con el barniz preciso de organicidad, de materia viviente en el que ninguna voz se alza sobre otra. Tampoco lo hace la guitarra -instrumento natural de Laboa- que solo añade un color al ensemble, no cae en ninguna tentación solista.
Resultó ejemplar la comprensión de los músicos de Zahir del lenguaje de la música de Erkorera, cuyas piezas arraigan y crecen en la medida en que en ellas menos se perciben las costuras virtuosas de la música contemporánea inglesa (a la que por formación se encuentra tan ligado). En ese sentido como se admira el funcionamiento de los engranajes que mueven Trance (2008), página para ensemble con inequívoca incitación orquestal. En sus fuertes agitaciones casi parecía entreverse a Xenakis, aun cuando la claridad de la escritura aquí ofrece, en su traducción sonora, unas violencias mucho menos enredadas. Algún día habría que recorrer musicográficamente la traslación de la idea del trance a sonido, ya en Trash TV Trance, de Fausto Romitelli; ya en Tour de trance, de Arnulf Herrmann, y en tantas otras. Zahir Ensemble, con algunos de los mejores músicos que tiene a su mano en la esfera andaluza, entregó una versión ambiciosa de este Trance erkorekiano cuajada de frenesí y con muchas horas de preparación.
Comparte el músico norteamericano John Adams la misma filiación por exposiciones diáfanas, por una escritura cuyas intencionalidades están perfectamente expuestas sobre la partitura sin excesivas encriptaciones. La Chamber Symphony (1992) es una de sus creaciones más llevaderas por su condición de música disparatada. García Rodríguez se enfrentó a ella consciente de manejar un material que invoca la cultura del comic, los dibujos animados y, en medio de todo ello, a Stravinski con la pulsación insistente (en algunas líneas parecemos estar ante Dumbarton Oaks). Obra esta de escala sinfónica en manos de solistas (como la anterior ofrecida, Trance), Zahir Ensemble decidió poner muy en primer plano el sintetizador al ubicar este en un extremo exterior en lugar de presentarlo retranqueado entre los atriles. Como resultado, la entrada del mismo en el primer movimiento, tras unos instantes de desorientación por su sonoridad marciana, se hizo con el control de la música, ofreciéndose así una interpretación desacostumbrada en la que este instrumento (a cargo de Francisco Montero) no solo marcaba con rotundidad la rítmica, también asumía el carácter desprejuiciado y humorístico de una partitura que saca la lengua, si quiera nominalmente, a la Kammersymphonie nº1 Op. 9, de Arnold Schoenberg. Justo es también que citemos la aportación de la violinista Bozena Angelova y del contrabajista Antonio Torres, especialmente destacados en medio de este brillante conjunto que es Zahir.
Ismael G. Cabral


