SEVILLA / El carisma de Barenboim

SEVILLA / El carisma de Barenboim

SEVILLA.- Teatro de La Maestranza. 30-VI-2019. WEST-EASTERN DIVAN ORCHESTRA. Solista: Michael Barenboim (violín). Director: Daniel Barenboim. Obras de Ludwig van Beethoven.

Una vez más se pudo admirar el dominio que tiene el maestro Barenboim del patrón canónico de la música orquestal austro-germana con dos de las obras más significativas del catálogo de Beethoven como son su Concierto para violín, Op. 61 y su Séptima Sinfonía, Op. 92, que le han servido en el teatro maestrante para llevar a cabo un anticipo de su habitual gira veraniega con la West-Eastern Divan Orchestra, de la que se cumple el vigésimo aniversario de su fundación, y a la que profesa un cariño especial teniéndola como uno de sus constantes objetivos, merecedora siempre de su máxima atención. Esta actitud ante la orquesta se puedo percibir desde su primera indicación a la formación que, personalizada en cada uno de sus componentes, recibe sus enseñanzas con ese respeto y admiración que el maestro sobradamente merece. A su vez, el concierto sirvió para celebrar los tres lustros de la constitución de la Fundación Pública Andaluza Barenboim-Said, mentora de dicha formación orquestal

Desde el violín, su hijo Michael Barenboim ha cogido la estela de su progenitor personalizando su ejercicio con sólido y a la vez propio sentido estético, y con esa serena confianza que tanto se agradece cuando el servicio a la música es tenido como premisa mayor de la recreación. Esta actitud, con sobrada aptitud, fue manifiesta desde la breve cadencia con la que se introdujo en el discurso de la obra, haciendo concluir la espera que supone para el oyente la introducción del primer movimiento. A partir de ese instante desarrolló su mejor técnica en el cuido de su fraseo, teniendo constantemente pendiente la presencia de la línea melódica en la que el compositor sustenta la enorme belleza contenida en esta obra, antonomástico ejemplo de la forma concertante romántica. Su diálogo con la orquesta fue siempre claro y fluido, sabiendo exponer las tensiones que propone Beethoven sin estridencias y con una elegancia espontánea y natural que reflejaban una segura asunción del pensamiento del compositor con convencida aquiescencia. La sensación que dejó en la cadenza, de autoría propia, fue haber querido contrastar el profundo romanticismo del primer tiempo con ciertas bromas técnicas que aligeraban su pathos, sin perder en momento alguno la presencia de sus líneas temáticas, que se percibían siempre tratadas con esmerado énfasis.

En el Larghetto central Michael Barenboim cantó convencido de la idoneidad expresiva de sus decoraciones, dialogando con la sección de madera y las trompas con poética factura, lo que generaba una sensación vocal que se agradecía como actitud expresiva en su dicción. La connivencia con su padre fue instintiva en todo momento, consiguiendo entre los dos ese sutil grado de belleza que sólo los músicos de raza suelen demostrar.  Así se plantearon ambos la transición al rondó final, un verdadero prodigio de contención antes de su desbordante alegría. El solista  asumió en este tiempo un mayor grado de protagonismo, provocando las respuestas de las distintas secciones instrumentales en la seguridad de mantener y seguir una única intención expositiva con el pódium, habitado por una mente privilegiada en el tratamiento de la música de Beethoven ya desde que Daniel Baremboim fuera admirado por el mítico director de la Filarmónica de Berlín, Wilhelm Furtwängler, como niño prodigio a principios de la década de los cincuenta. Su hijo Michael interpretó otra pequeña cadencia suya antes de concluir su actuación con esos dos intensos acordes finales que sirven siempre para impulsar los aplausos de un público que supo reconocer la valía de su idiomática lectura. En agradecimiento se adentró en el mágico mundo del violín de Bach con la ejecución del Adagio assai de la Sonata BWV 1005 logrando, con manifiesta claridad de articulación, desarrollar el contenido del acuciante ritmo con el que hay que expresar sus semicorcheas.

Con la Séptima Sinfonía, Op. 92 llegó el momento clave de la velada para admirar una vez más el carisma del maestro Barenboim en el estado más noble y genuino del término. Esta obra le venía pintiparada para que diera una lección magistral de su construcción  en un alarde de representación que supera cualquier mentalización o ejercicio previo preparatorio de la acción. De su cinética se materializaban los sonidos en la orquesta como si fuera una misma realidad vital de unívoco sentido. Se producía con su dirección ese mágico efecto de que el todo y las partes funcionaban de manera consustancial sustentándose entre sí en un acto de superior sincretismo.

Dejaba que la orquesta tocara sola, que sus componentes se escucharan y por ende dialogaran con transmutado estado de ánimo, que los vectores sonoros adquirieran el protagonismo para ellos pensado, que el ritmo interno de la música se expandiera en la excelente acústica del teatro, que se experimentara ese grado de anticipación en el instrumento orquestal que vivía la interpretación como una realidad que existe en unas dimensiones únicas e irrepetibles de tiempo y espacio, se incidía directamente sobre las emociones de todos los presentes desencadenando los secretos de su experiencia vital, en definitiva, que se estaba asistiendo a un ejercicio de arte con mayúsculas sin la menor cortapisa. Entrar en detalles formales sería hacer un juicio anecdótico que haría perder la perspectiva global del fenómeno musical y el necesario orden de sus premisas para mínimamente comprender lo que estaba sucediendo en el escenario: la demostración de que Beethoven fue uno de los primeros genios autoconscientes, asumiendo su destino, de la historia del arte, al que se le puede aplicar este calificativo del pensamiento kantiano surgido en el tratado Crítica del juicio (Crítica de la capacidad de juzgar). Barenboim,  por tanto, estaba haciendo un ejercicio trascendente musical en el que quedaba demostrado cómo este compositor era un verdadero héroe de este arte. La creación y su interpretación se percibían como una sola realidad, hecho que quiso acentuar el director bonaerense uniendo en attacca los tres primeros movimientos de la obra, singularizando el tiempo final en su danzante desenfreno.

Su carisma funcionó hasta el punto de hacer estallar el teatro en una ovación que difícilmente ha podido tener parangón en su historia, demostrando sobradamente su recreativa sabiduría de intérprete musical que pasará como uno de los más grandes que han existido en el siglo XX y en lo que va del XXI.