SANTOÑA / Los desvíos a Santiago de Taracea

Santoña. Iglesia de Santa María del Puerto. 27-VIII-2026. Taracea: Belén Nieto, flautas de pico y traverso barroco; Isabel Martín, voz y percusión; Miguel Rodrigález, contrabajo; Rainer Seiferth, vihuela y dirección. Desvíos a Santiago.
Son diversos los caminos a Santiago, pero a todos les une una historia de encuentro, descubrimiento e intercambio cultural. De esa variedad se sirve Taracea en sus ‘Desvíos a Santiago’, articulando un programa abierto a diferentes lenguas, épocas y tradiciones con el camino como punto de partida y sus desvíos como invitación a ampliar la mirada y traspasar las fronteras. Cualquier lugar podría acogerlo, pero llevarlo a la villa marinera de Santoña adquiría un sentido especial por ser parte del camino que bordeaba la costa cantábrica hasta Galicia y por el precioso entorno que le ofrecía la Iglesia de Santa María del Puerto, uno de los marcos históricos del Festival de Santander.
No todo el programa tenía que ver directamente con el Camino, pero los desvíos de Taracea se trasladaban también a las obras con arreglos que buscaban zonas de contacto entre la música antigua y la tradicional, con pinceladas contemporáneas que venían a recordarnos que ningún camino es completamente lineal. Así se nos mostraba lo que sucede cuando una tradición se desplaza, abandona por momentos su marco natural y se cruza con otra. No son los primeros en hacerlo, pero en sus arreglos todo sonaba medido y natural, sin ceder al efectismo. Por eso fue una velada de placeres tranquilos y emociones contenidas, en el espíritu de los peregrinos que caminan sin urgencia y encuentran en cada desvío un motivo para detenerse a mirar.
Al grupo la fuerza le venía de la unión entre personalidades bien distintas. En el centro, Rainer Seiferth apenas habló al público (poco más que para anunciar las piezas) y con su vihuela daba soporte armónico a cuanto sucedía en el concierto, mientras Miguel Rodrigález aportaba los destellos jazzísticos más patentes y el registro grave con el que el repertorio parecía aferrarse aún más a la tierra. Y a ambos lados, dos mujeres procedentes de mundos diferentes como Belén Nieto e Isabel Martín sostenían las melodías: si a la primera, verdadera virtuosa de las flautas, la recordábamos hace algunos años en Isla con la Capella de Ministrers entre danzas españolas del Renacimiento y el primer Barroco, también dentro del FIS, la segunda dedica su vida al canto y la percusión tradicional de la Península Ibérica y los países del Mediterráneo. Así que Taracea se convertía en un buen símbolo de diversidad y mezcla de ideas.
Iniciado en tierras francesas, como el camino de tantos peregrinos, con la canción tradicional Quand nous partimes de France, el conjunto del programa encontró unidad y armonía en la cautivadora voz de Martín, en ese canto tan natural y cercano que hacía de la iglesia un íntimo espacio propicio al reposo de piezas como Polorum regina del Llibre Vermell o Ay triste que vengo de Juan del Encina. O la cantiga Mia irmana fremosa de Martín Codax, que hubiera merecido algún segundo más de silencio tras su delicadísimo desenlace en la flauta de Nieto. Pero junto a esos momentos de recogimiento se alternaban los aires gallegos del Romance de Don Gaiferos, los matices minimalistas introducidos en torno al villancico Romerico, tú que vienes de Juan del Encina, los originales diálogos entre instrumentos en Repicavan las campanillas o los ritmos más vivos de la cantiga Pero que seja a gente de Alfonso X.
Como desenlace oficial, Urrundik (del Padre Donostia sobre un poema de Jean Baptiste Elissamburu) devolvió la mirada de quien vuelve de lejos y reconoce la tierra propia, aunque Taracea aún se reservaba para la propina un antiguo baile asturiano, el corri-corri: un último desvío por el que todos los caminos acabaron llevando a las verdes montañas del norte.
Asier Vallejo Ugarte


