SANTIAGO / Homenaje póstumo de la Real Filharmonía a Sofia Gubaidulina

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 10-IV-2025. Iñaki Alberdi, acordeón. Real Filharmonía de Galicia. Director: Sebastian Zinca. Obras de Gubaidulina y Shostakovich.
Desde que en diciembre de 2023 Sebastian Zinca se convirtiese en el nuevo director asistente de la Real Filharmonía de Galicia (RFG), culminando un proceso de selección al que se presentaron ciento once aspirantes de diversas nacionalidades, el director estadounidense ha ido asumiendo una serie de conciertos inicialmente no previstos en la programación que nos han permitido comprobar sus buenas dotes técnicas y su musicalidad, incluso, en partituras nada sencillas, como las de Inés Badalo, Robert Gerhard o la de Sofia Gubaidulina que abría el concierto del pasado 10 de abril en el Auditorio de Galicia, Fachwerk (2009).
A sus apariciones sobre el podio de la RFG ha sumado Sebastian Zinca su estrecha colaboración con la Escuela de Altos Estudios Musicales (EAEM), a cuyos estudiantes dirigió a finales de marzo en partituras sinfónicas de Schubert y Beethoven, reforzando la dimensión pedagógica hoy asociada al puesto de director asistente de la RFG.
Dos semanas más tarde, algunos de esos jóvenes intérpretes han reforzado a la RFG en un programa ruso que, tristemente, se ha convertido en un homenaje póstumo —tras su fallecimiento, el pasado 13 de marzo— a una de las compositoras europeas más importantes de los siglos XX y XXI, Sofia Gubaidulina, una creadora que en sus partituras sintetizó sus raíces rusas y las vanguardias europeas: diálogo que tanto se echa en falta en un momento, el actual, en el que los puentes entre Rusia y Europa occidental están prácticamente rotos.
Fachwerk, partitura para bayán, percusión y orquesta de cuerda, hace explícito ese diálogo técnico y estilístico, así como lo profundamente arraigada que la música rusa y su espiritualidad estaban en Gubaidulina, una compositora especialmente atenta, aquí, al desarrollo continuo de unos materiales que nacen desde el acordeón, instrumento que bascula en Fachwerk entre los ecos del citado bayán y la sonoridad de un órgano a escala reducida, ya no sólo en el fuelle del mismo, sino por cómo sus acordes cromáticos se expanden a la orquesta, compactando este entramado en el que, como en las construcciones de madera que inspiran el título de la obra, las partes se suceden en el conjunto haciendo difícil reconocer dónde acaba una y empieza la otra.
El pilar generatriz de esta arquitectura musical lo encontramos, el pasado jueves, en el siempre excelente Iñaki Alberdi, uno de los mejores acordeonistas europeos y un músico que trabajó directamente con la propia Gubaidulina: experiencia y aprendizaje que Alberdi compartió con el público del Auditorio de Galicia en sus palabras al comienzo del concierto, en las que, además de unas pinceladas sobre el recorrido vital de la compositora tártara, nos contó la importancia que para ella tenían el gesto y la expresividad, así como la necesidad de desarrollar sus ideas musicales en un periodo de tiempo lo suficiente extenso como para que éstas adquiriesen un peso propio.

Ello nos mueve a reflexionar sobre la presencia tan desnaturalizada que a menudo tiene la música contemporánea en nuestros auditorios, tantas veces reducida a piezas breves o anecdóticas, por lo que la audición de una obra de la duración de Fachwerk (casi cuarenta minutos), así como de su exigencia en cuanto a escucha y trascendencia estética (en tiempos de tanto infantilismo cooltural) es siempre bienvenida; máxime, si se interpreta con la seriedad y el rigor con el que Iñaki Alberdi y la RFG lo han hecho, todos ellos coordinados por un Sebastian Zinca muy atento toda la noche a las entradas, a la precisión rítmica (reservando ciertos márgenes de libertad que infunden creatividad a sus versiones) y a que cada una de las partituras sonase con empaque y belleza.
En Fachwerk, una parte sustancial de esa belleza proviene de lo que Iñaki Alberdi calificó como «recitativo de cromatismos» que, una y otra vez, despliega su acordeón, ya buscando las tinieblas del sonido, ya la luz, por medio de los acordes de timbres tan característicos en la música de Gubaidulina, así como por su uso del clúster para construir clímax tras dichas secuencias de acordes cromáticos. Ello convierte al acordeón de Iñaki Alberdi en un instrumento poderosamente polifónico; de nuevo, con reminiscencias del órgano; especialmente, cuando su enfático uso del vibrato confiere una sonoridad entre los ecos de la electrónica y los del mecanismo del propio órgano.
Sus numerosas cadencias a lo largo de Fachwerk son un buen ejemplo de ello, así como pasajes en los que la estructura tan fuertemente trenzada de la obra se reinventa y abre a nuevos paisajes armónicos, bien sea por el uso del puño para desplegar arpegios cuasi ruidistas recorriendo los botones del acordeón, bien por los cambios de registro o por los contrapuntos que Alberdi establece entre los bajos (concebidos como continuos, en una innegable herencia bachiana) y dichas sonoridades extendidas en los armónicos superiores. Dicho planteamiento funcionó de forma totalmente compacta con la orquesta, tanto con las cuerdas como con instrumentos de percusión como la marimba (en las secuencias contrapuntísticas más propiamente armónicas, con un sobresaliente Diego Ventoso) o el timbal (donde un soberbio José Vicente Faus desgranó logrados apuntes de color y densas texturas, como sus diálogos en glissandi con el acordeón).

Igualmente, las cuerdas de la RFG nos han ofrecido un trabajo muy serio en ambos aspectos: desde los más extendido a lo más puramente armónico, así como combinando lo melódico y lo modal; destacando, al respecto, la acongojante cadencia de acordeón seguida por el quinteto de violonchelos y contrabajos: verdadero grito congelado de armónicos en capas progresivamente oscurecidas. Ese constante juego de formas en variación entre acordeón, cuerdas y percusión es una muestra más de cómo Sofia Gubaidulina concibe Fachwerk como una sofisticada estructura en la que la fachada principal del edificio musical se sostiene sobre un entramado que tiene en las cuerdas a su principal armazón y apoyo, tan densificadas como lo están a la hora de conferir solidez a los acordes desgranados desde las cadencias del acordeón.
La versión dirigida por Sebastian Zinca resultó flexible en lo metronómico, sonando la sección previa a la entrada de las campanas tubulares con una mayor velocidad que la escuchada en el registro de Geir Draugsvoll (acordeonista al que está dedicada la obra) en el sello Naxos, por lo que la sonoridad de las mismas no portó en Santiago tantos ecos de las lauras ortodoxas como en la grabación discográfica, siendo más enfática y abriendo con versatilidad el espacio acústico para ese juego de falsos finales que despliega Gubaidulina en los últimos minutos de la obra, en los que el acordeón parece precipitarnos a un agotamiento de una materia armónica que, sin embargo, resurge una y otra vez.
En la prolija vitalidad de este final, así como en el logrado contraste entre sus secuencias de contracción y dilatación de sus materiales, estuvo una de las virtudes de una interpretación que, pese a sus exigencias para la escucha, fue muy ovacionada por el público gallego (sonoros bravos incluidos), lo que movió a Iñaki Alberdi a ofrecernos, como encore, dos breves piezas vascas que son parte del trabajo etnomusicológico que viene realizando desde hace años sobre los temas populares que en las sociedades musicales de Euskadi sonaban en instrumentos como el acordeón de su propio abuelo a finales del siglo XIX y principios del XX. Un encore, por tanto, totalmente lógico si pensamos en la fuerte impronta popular que el bayán tenía para Gubaidulina, estableciendo, así, un diálogo entre la música rusa y la vasca que, como antes señalamos, no está de más en estos tiempos tan revueltos.
Apenas cinco años antes de nacer Sofia Gubaidulina en la ciudad tártara de Chístopol, estrenaba Dmitri Shostakovich, en la recién rebautizada como Leningrado, su Sinfonía n.º 1 en Fa menor, Op. 10 (1924-25), una de sus partituras más queridas, y no era para menos, pues un siglo después de su finalización ésta sigue siendo una de las primeras sinfonías en el catálogo de un compositor más fulgurantes y logradas de la historia, teniendo en cuenta, además, que Shostakovich sólo contaba diecinueve años entonces.

Página de juventud, no por ello resulta técnicamente menos lograda ni rehúye la efervescencia artística de los primeros años del régimen soviético, cuyas angulosidades suprematistas vivifican una partitura que ha sonado estupendamente en manos de Sebastian Zinca y la RFG, demostrando, una vez más, que los instrumentos de una orquesta moderna se adecúan mucho mejor a páginas como ésta que a las del Clasicismo y el primer Romanticismo de las que tanto se lleva abusado, distorsionándolas tímbricamente.
Tardó algunos compases en entrar en materia la RFG, tras el paisaje anímico tan diferente que habían recorrido en Fachwerk, por lo que el Allegretto sonó por momentos algo rígido, si bien nos mostró a una cuerda grave nuevamente muy sólida, con una sección de violonchelos realmente compacta, y solistas que, como James Dahlgren, Juan Carlos Otero o José Vicente Faus, han destilado color y calidad.
El Allegro ya marcó el sobresaliente nivel que presidiría los tres restantes movimientos de esta versión compostelana, destacando aquí el piano netamente shostakoviano de Javier López y la energía que a la RFG ha insuflado Sebastian Zinca desde el podio, un director que reside buena parte del año en Berlín, en cuya Philharmonie será muy consciente de cómo las mejores orquestas del mundo no escatiman en rangos dinámicos y expresividad, algo que tanto presta en una sala de estupenda acústica, como el Auditorio de Galicia, donde los sucesivos clímax de esta Primera sinfonía han dejado momentos apabullantes, tanto por su buena construcción en estructura y dosificación del crescendo como por su nivel de decibelios.
En global, Sebastian Zinca suele ser un director de tempi ligeros, en línea con lo que hoy es habitual en muchas de las mejores batutas de nuestro tiempo (tras el elefantiásico final del siglo XX), si bien en movimientos como el Lento y el Allegro molto es capaz de manejar la velocidad con cierto rubato para crear un juego de tensiones que se agradece, llevándonos de la exaltación a lo sombrío, por lo que la estela de Mussorgsky en este primer Shostakovich también se deja escuchar.
Desde una transición perfectamente calibrada en su fraseo y dinámicas por cuerda grave y percusión, el Allegro molto culminó una interpretación muy disfrutable que, al igual que en Gubaidulina, ha jugado de forma inteligente con esos falsos finales que tanto abundan en la música rusa (como en el propio sinfonismo de Chaikovski), desplegando Sebastian Zinca todo el poderío de la RFG y sus estupendos refuerzos de la EAEM para volver a demostrar que no se equivocó la orquesta gallega al nombrar al estadounidense como director asistente, pues su Primera de Shostakovich no es sólo énfasis y pasión, sino una cuidada atención a la estructura, a las voces y al sentido conceptual de la sinfonía. El público así lo entendió, y la ovación estuvo a la altura de lo escuchado.
Paco Yáñez
(Fotos: Manu Vidal – Real Filharmonía de Galicia)


