SANTIAGO / Sebastian Zinca se alza como director asistente de la Real Filharmonía de Galicia tras un concierto a cuatro

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 7-XII-2023. Real Filharmonía de Galicia. Directores: María Camila Barbosa, Bernat Quetglas, Constança Simas y Sebastian Zinca. Obras de Stravinsky, Gómez-Chao y Beethoven.
A lo largo de las últimas semanas, hemos venido desgranando en Scherzo algunas de las novedades que en la temporada de abono 2023-2024 se están implantando en la Real Filharmonía de Galicia desde la llegada a su titularidad del maestro suizo Baldur Brönnimann, novedades que cuentan con la imprescindible colaboración de Sabela García Fonte, directora técnica de la RFG y una de las principales impulsoras de esta tan necesaria modernización que la orquesta de la capital gallega está experimentando.
Después de habernos adentrado en la renovación de la programación, en los nuevos enfoques interpretativos o en el apoyo a los compositores gallegos de lenguaje más actual, nos centramos hoy en otro objetivo primordial que el tándem Brönnimann & García Fonte se ha marcado desde su primera temporada conjunta al frente de la RFG: la potenciación del talento de los jóvenes directores, labor en la que Brönnimann ha estado fuertemente involucrado desde su etapa como profesor en Mánchester del Royal Northern College of Music y, ahora, en la Academia del Festival de Lucerna.
En tal contexto se sitúa el proceso de elección del nuevo director asistente de la RFG, al que se presentaron 111 directores menores de 35 años de diversas nacionalidades, un número, tras una fase inicial telemática, reducido a ocho: todos ellos invitados a Santiago de Compostela para una semana de trabajo al frente de la Real Filharmonía, de la cual salieron como finalistas la colombiana María Camila Barbosa, el mallorquín Bernat Quetglas, la portuguesa Constança Simas y el estadounidense Sebastian Zinca.

Tras una serie de ensayos abiertos al público, así como de entrevistas y de la presentación de sus respectivos proyectos, el 7 de diciembre tuvo lugar el concierto en el que se decidió la elección del nuevo director asistente de la RFG; un concierto cuyo programa muestra las actuales señas de identidad de la orquesta, con una obra clásica de repertorio: la Sinfonía nº 2 en Re mayor op. 36 (1800-02) de Ludwig van Beethoven; una partitura camerística del siglo XX que —como afirmó Baldur Brönnimann— “radiografía a directores y músicos”: Dumbarton Oaks (1937-38), de Igor Stravinsky; y una pieza encargada por la propia RFG y escrita por un joven compositor gallego de la misma generación que los directores finalistas, Hugo Gómez-Chao, de quien hemos vuelto a escuchar su potente schattenhaft (2023).
Tras el reparto de los movimientos de dichas partituras entre los cuatro directores, en el caso de Dumbarton Oaks su primer movimiento fue dirigido por Bernat Quetglas; el segundo, por Constança Simas; y el tercero, por Sebastian Zinca, director (sin batuta) que sobresalió claramente en el Con Moto final, destacando por su pulso rítmico (más romo y menos incisivo, en los anteriores directores), así como por el equilibrio en el balance de una RFG que, asimismo, parecía más cómoda y punzante bajo la dirección de Sebastian Zinca. Su concepción del Stravinsky neoclásico me parece idónea y muy madura, acentuado la transparencia de la partitura, su elegancia y refinamiento, pero, asimismo, su modernidad e incansable dinamismo, siempre vital y conducido hacia una direccionalidad pujante que nos deja en puertas de la gran Sinfonía en Do (1938-40).
Otro aspecto crucial, en la dirección de Sebastian Zinca, es su ponderación entre el volumen orquestal que extrae de la RFG y su respeto a la naturaleza netamente camerística de la partitura, por lo que, además de conferir peso (que nunca pesadez, algo incompatible con Stravinsky) a la masa orquestal, ha sabido refinar la interpretación para que el viento sonase con mucha personalidad, volviendo a destacar el estilo tan afín a este tipo de partituras de músicos como Laurent Blaiteau, flauta; Vicente López, clarinete; y Manuel Veiga, fagotista al que una semana más aplaudimos por su estupenda técnica y gran musicalidad, convirtiéndose en un puntal de la actual RFG.
La segunda partitura del concierto, schattenhaft, era la que, a priori, suponía el mayor reto para los cuatro jóvenes directores finalistas, y no porque las páginas de Beethoven y Stravinsky no comporten dificultades técnicas y, sobre todo, estilísticas, sino porque la obra de Hugo Gómez-Chao es una composición reciente que, además de abundar en técnicas propias de la mejor música actual, carece aún de una tradición interpretativa propia, más allá de la que estableció, en su estreno, el propio Baldur Brönnimann, su único director hasta el pasado 7 de diciembre.
Así pues, la segunda directora en la historia de esta sobresaliente página orquestal ha sido María Camila Barbosa, que en la charla previa al concierto reconocía que, al recibir la partitura de schattenhaft, le costaba imaginar la sonoridad que podría resultar de su intrincada escritura. Pues bien, aunque quizás no se trate del estilo compositivo que más haya trabajado la directora colombiana, es obligado reconocer que ha estudiado a conciencia schattenhaft, obra que parecía conocer el dedillo por sus indicaciones de entradas y por su énfasis rítmico. Ya sólo por su atrevimiento al dirigir en concierto esta obra, así como por lo demostrado posteriormente en Beethoven, Barbosa se ha ganado, si no el puesto de directora asistente de la RFG, sí el merecimiento de subirse al podio de la orquesta gallega en el futuro, pues buenas maneras y técnica no le faltan a la colombiana: una batuta, sin duda, prometedora.
Su dirección de schattenhaft ha incidido en la expresividad y en el volcánico frenesí de esta partitura, en la proliferación de sus sorprendentes sonoridades, pero aún precisa de mayor madurez para dar con la forma global de la obra, con los acusados contrastes que se dan entre su largo Allegro inicial y su Adagio final, un tanto uniformizados por Barbosa; en parte, por un tempo algo presuroso para el conjunto de la obra, pues si ya los 17 minutos que schattenhaft le duró a Baldur Brönnimann en el Auditorio de Galicia el pasado 23 de octubre suponían una velocidad ligera para esta partitura, los 16 de María Barbosa se antojan demasiado rápidos. También en Brönnimann el balance entre técnicas extendidas y armonía era más homogéneo, tendiendo un puente que integra de forma más lírica y consecuente —dentro del pensamiento artístico de Gómez-Chao— ambos universos musicales, donde María Camila Barbosa estuvo más atenta a ese realce de los efectos no convencionales y a su correcto funcionamiento dentro del aparato orquestal. En todo caso, un merecido aplauso, el recibido por la directora colombiana.
Tras el descanso, turno fue para la Segunda sinfonía de Beethoven, obra igualmente llena de contrastes, énfasis y un planteamiento camerístico que pide una dirección viva, enérgica y analítica. En todo ello volvió a destacar Sebastian Zinca en el Adagio molto – Allegro con brio inicial, movimiento en el que la dirección del estadounidense conjugó las herencias haydnianas con un ímpetu rítmico y una reinvención de la forma sonata ya plenamente beethoveniana, por la libertad y la fantasía de cada una de sus secciones. Zinca no sólo domina la estructura de la obra, sino que la hace refulgir, apoyado en una RFG que se mueve como pez en el agua en este repertorio, si bien en el cual, pese a su larga experiencia, nunca le viene mal contar con ideas como las del director de Miami para sacarle más expresividad y un estilo más acerado y moderno.
Es ése un estilo que no presenta Constança Simas, cuya dirección del Larghetto abunda en lo que antes le habíamos escuchado en Dumbarton Oaks, con un carácter lírico y poético, delicado en los detalles, pero de dirección un tanto plana y convencional que no parece la más adecuada para los retos futuros de esta RFG. El Scherzo. Allegro fue para María Camila Barbosa, que volvió a convencer por su energía y pulso rítmico, aunque, en global, el dominio del estilo y del balance orquestal queda por debajo del mostrado, en conjunto, por Sebastian Zinca. Completó la Segunda beethoveniana Bernat Quetglas, con un Allegro molto en el que ha dejado mejores sensaciones que en un primer movimiento de Dumbarton Oaks algo blando e inmaduro. En Beethoven, Quetglas apuesta por la efusividad y la elegancia, pero, en conjunto, el carácter del genio de Bonn parece quedarle algo lejano, buscando un preciosismo que Beethoven ya empezaba a dejar atrás en pos de un fulgor más áspero y personal.
Media hora después de finalizar el concierto, y tras haber votado el público a través de una página web habilitada al respecto, el tribunal del concurso, formado por Baldur Brönnimann, Sabela García Fonte y James Dahlgren (concertino de la RFG), anunció que Sebastian Zinca era el nuevo director asistente de la Real Filharmonía de Galicia (en toda una curiosa coincidencia e intercambio artístico, pues la llegada a tal puesto del director de Florida se da en una semana en la que cuatro galerías de arte compostelanas exponen, precisamente, en la Art Basel Miami Beach de la ciudad natal de Zinca).
De ascendencia rumano-peruana, Sebastian Zinca es un perfecto ejemplo de una nueva generación de jóvenes directores sobradamente preparados y de trayectorias plenamente internacionales, habiendo pasado por la Juilliard School de Nueva York, la Academia Sibelius de Helsinki (donde estudió con Sakari Oramo), la Academia del Festival de Lucerna y, actualmente, la Universidad de las Artes de Berlín, donde reside y completa su formación con Steven Sloane y Harry Curtis. Con un repertorio que va de Mozart a compositoras actuales como Clara Iannotta y Unsuk Chin (cuya música afirmó querer dirigir con la RFG), el próximo 22 de febrero Sebastian Zinka se pondrá por primera vez al frente de la RFG como nuevo director asistente, para conducir un programa que incluye obras de Inés Badalo, Manuel de Falla y Juan Crisóstomo Arriaga.
Quizás algún día, si la carrera de Sebastian Zinca se consolida a los más altos niveles, pueda recordar con cariño su paso por la capital gallega, como lo hizo en su momento uno de los directores de mayor prestigio hoy en día (igualmente nacido en los Estados Unidos, aunque de nacionalidad sueca), cuando rememoraba que «Igor Markevitch ejerció una gran influencia sobre mí. De hecho fui ayudante suyo en España, en un concierto en Santiago de Compostela, en torno a 1955. Fue una estancia maravillosa, con unos intensos ensayos en la iglesia barroca. Inolvidable, pues además me acompañaba mi familia». Aquel director, entonces un joven asistente que no llegaba a los 30 años de edad, era el venerable Herbert Blomstedt.
Paco Yáñez
(Fotos: Real Filharmonía de Galicia)


