SANTIAGO DE COMPOSTELA / Sebastian Zinca destila espíritu escandinavo al frente de la Real Filharmonía

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 10-X-2024. Real Filharmonía de Galicia. Director: Sebastian Zinca. Obras de Soutullo, Vaughan Williams y Sibelius.
No deja de resultar curioso que una parte del público, y hasta de la crítica, exijan de orquestas como la Real Filharmonía de Galicia (RFG) que se centren en lo que ellos consideran el «repertorio natural» de una formación así, cuando, como afirmó Baldur Brönnimann meses atrás, una orquesta como la gallega sólo tiene un repertorio estrictamente «natural»: el que para su plantilla fue compuesto a lo largo de las casi tres décadas de existencia que hoy cuenta la RFG.
Si de esa contemporaneidad nos salimos (precisamente, la franja histórica del repertorio que mayor rechazo causa en los sectores más conservadores e inmovilistas), se dan situaciones como las que a menudo sufre la RFG al abordar partituras clásicas y románticas (como ocurrió con la Sinfonía fantástica en el concierto de apertura de su actual temporada), mostrando una evidente carencia de los instrumentos y del estilo interpretativo que a estas alturas del siglo XXI destilan en ese repertorio las orquestas que más adecuadas se nos antojan para reinventar las partituras de los Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert o el propio Berlioz; es decir, orquestas como MusicAeterna, Les Siècles, la Freiburger Barockorchester, Le Concert des Nations, la Orquesta del Siglo XVIII, Anima Eterna, la Orchestre Révolutionnaire et Romantique y un largo etcétera.
Por fortuna, el segundo concierto de la temporada de abono 2024-2025 de la Real Filharmonía se alejó de tal periodo histórico y se fue a dos siglos, el XX y el XXI, para los cuales sus instrumentos y su forma de tocar son más pertinentes, lo que deparó unas interpretaciones, en términos globales, más satisfactorias que la escuchada siete días antes en Berlioz, habiéndonos dejado, además, la que diría mayor muestra de madurez del director asistente de la RFG, Sebastian Zinca, sobre el propio de la orquesta gallega, desgranando múltiples ecos nórdicos que se asomaron ya a la primera partitura del programa: obra del compositor gallego nacido en Bilbao Eduardo Soutullo.

Elegante gesto, el del director artístico de la RFG, Baldur Brönnimann, al incluir en la temporada de la orquesta compostelana a Eduardo Soutullo, que el pasado año se convirtió en el primer gallego en ganar el Premio Nacional de Música en la categoría de Composición. De su amplio catálogo (tan frecuentemente escrito para participar en premios y certámenes de composición), Sebastian Zinca dirigió All the echoes listen (2005), una obra que ya habíamos escuchado en Santiago de Compostela el 21 de diciembre de 2010, cuando el Taller Atlántico Contemporáneo interpretó en el CGAC la versión camerística de dicha partitura, con Diego García en la dirección.
La de Sebastian Zinca me ha parecido mucho más completa y lograda, tanto a nivel rítmico como expresivo, dejando un comienzo de impactante contundencia, así como numerosas sutilezas en tempo, armonía y fluctuaciones dinámicas que vuelven a destacar las improntas nórdicas y postespectrales que a All the echoes listen llegan desde compositores como Magnus Lindberg o Kaija Saariaho, sumando raíces históricas para una partitura en la que también resuena la poderosa influencia que en Soutullo tienen compositores como Olivier Messiaen, Tōru Takemitsu y Gérard Grisey, a los que hemos de añadir, en una etapa más cercana al periodo creativo de All the echoes listen, los nombres de Marc-André Dalbavie y David del Puerto, con quien Soutullo estudió.
All the echoes listen está basada en tres versos del poema Even Song, del escritor y físico de la Universidad de Harvard Oliver Wendell Holmes, unos versos que dan título a las tres partes de un tríptico orquestal de Eduardo Soutullo especialmente centrado en la reverberación de los timbres instrumentales, y del que asimismo forman parte But in vain (2006), obra estrenada en 2007 por la Real Filharmonía de Galicia, y They hear no answering strain (2008), estrenada por la Orquesta Sinfónica de Galicia en 2009.
Desde estos rizomas históricos, y con tal base conceptual, All the echoes listen es una obra de corte neomodal en la que Soutullo muestra un especial cuidado por el refinamiento tímbrico en una clave postespectral que no significa, estrictamente, que la partitura se trabaje a través de parciales, sino que se imbuye de dicho preciosismo para crear un ambiente poético evanescente que en 2024 ha ganado mucho en realces frente a lo ofrecido por el TAC en 2010 (entonces, con un sexteto de piano, violín, flauta, clarinete, violonchelo y percusión). Algunos de los músicos a los que hace catorce años escuchamos, como a José Vicente Faus, estaban presentes ahora en la RFG, cobrando un mayor (y mejor) protagonismo, tanto en los compases más poderosos como en los más delicados, a través de las fricciones y de los roces en la percusión, a los que Sebastian Zinca confiere un sentido más moderno y unitario, a pesar de que la versión orquestal cuenta con un despliegue instrumental y textural más heterogéneo.
Igualmente ha prestado Zinca una atención muy especial a los juegos de resonancias entre las secciones de la RFG, reforzando algo tan importante en esta partitura como la recreación, por parte de Eduardo Soutullo, del fenómeno acústico del eco, que se convierte en All the echoes listen en lo que podríamos decir una reverberación musicalmente compuesta hasta ese final que parece evaporarse en el silencio, redondeando, en global, una versión muy satisfactoria que es una buena muestra del progresivo dominio que la RFG va aquilatando de la música actual.
Ralph Vaughan Williams también jugó con el eco; en su caso, histórico, en una de las páginas más bellas de su catálogo, la Fantasia on a Theme by Thomas Tallis (1910), una obra en la que las cuerdas de la RFG han querido demostrar que, con los ensayos necesarios, pueden abordar con solvencia páginas como ésta, destacando entre ellas una sección de violonchelos que desde hace años considero la más sólida y empastada de la orquesta, así como algunos de sus primeros atriles, como la viola Natalia Madison o el concertino James Dahlgren; sin duda, uno de los mejores músicos de la RFG.
Estamos ante una obra arquetípica del repertorio británico al que tanta presencia dio Paul Daniel en sus años como titular de la RFG (en muchas ocasiones, con piezas excesivamente menores), ofreciendo Sebastian Zinca una versión más atenta a lo estructural y a la arquitectura camerística de la partitura (enfatizando la espacialización de los grupos orquestales), más que al preciosismo melódico y a una resultona inmediatez que Daniel tanto priorizaba. Es por ello que la dirección de Sebastian Zinca resulta más honda y oscura, así como más analítica en cuestiones como la transparencia de las secciones fugadas y antifonales, apoyándose en una constante contracción y expansión del tema fundacional, ya en cuarteto de cuerda, ya en orquesta o en sus dos grupos, lo que nos ha permitido prácticamente observar la partitura frente a nosotros, por la nitidez en planos, desarrollos temáticos y voces que hemos escuchado.

Otro compositor al que Paul Daniel prestó atención en sus años al frente de la RFG fue Jean Sibelius, rubricando su filiación con una escuela británica que, con respecto al compositor finlandés, me parece más interesante en lo que a las sinfonías tempranas se refiere; y de ello el propio Daniel nos había ofrecido un buen ejemplo, con una versión realmente monumental de la Segunda sinfonía (1902) años atrás, en uno de sus mejores conciertos en Galicia.
Pero para abordar una partitura (contemporánea de la Fantasía de Vaughan Williams) como la Sinfonía nº4 en La menor, op. 63 (1910-11) de Jean Sibelius, mucho me temo que el enfoque interpretativo más interesante nos lo encontramos, hoy en día, más al norte de Inglaterra, en la propia Finlandia, un país en cuya Academia Sibelius estudió Sebastian Zinca con grandes especialistas en Sibelius, como Sakari Oramo. A ello se une el hecho de que Zinca no sólo ha dirigido a algunas de las orquestas que mejor interpretan a Sibelius desde hace décadas, como la Sinfonia Lahti, sino que tiene entre sus referentes a directores finlandeses que, como Osmo Vänskä o Paavo Berglund, han grabado las que, en mi opinión, son las mejores versiones fonográficas de esta Cuarta sinfonía; respectivamente, la dirigida por Vänskä a la Sinfonia Lahti (BIS, 1997) y por Berglund a la Bournemouth Symphony Orchestra (EMI, 1975).
Ambas son versiones que no cuentan, precisamente, con las orquestas de mayor calidad y poderío de entre las muchas que han grabado esta partitura, pero ahí radica uno de los planteamientos interpretativos que Sebastian Zinca ha querido destacar al frente de la RFG: el valor del colectivo en esta nueva forma de componer que Sibelius acometió tras su grave crisis de salud a finales de la primera década del siglo XX, de la cual la Cuarta sinfonía es su más lúcido y obscuro fruto, destacando Zinca el valor de esta página como una forma nórdica de inconformismo y personal progresividad musical.
En ese complejo equilibrio que es hacer destacar los brillos de la oscuridad, así como en la concepción camerística y en un sobrio laconismo que se aparta ya decididamente del Romanticismo, han estado tres de las clave del éxito de esta Cuarta sinfonía en manos de Sebastian Zinca y la RFG, con momentos de gran resolución orquestal en los detalles (finales de los movimientos pares) y un tercer movimiento de auténtica altura, marcado por una cuerda grave nuevamente soberbia y por la continua ambigüedad tonal que confiere el desasosiego transmitido por la armonía de esta sinfonía, en cuyas oscilaciones la sección de violas también ha estado brillante, como las maderas.
Todo ello redondeó una versión muy disfrutable y meritoria, con ese punto de contención y frialdad nórdica en la que palpita una idea musical de la luz muy especial, como la que muestra el cielo escandinavo en ciertas noches. Lo sorprendente fue que, poco después de terminar este concierto, sobre Santiago de Compostela se pudieron contemplar, durante casi tres horas, unas auroras boreales que no se veían con tal intensidad en Galicia desde 1938, año en el que Sibelius abandonaba el proyecto de su finalmente destruida Octava sinfonía. La ciencia nos ha enseñado que dichas auroras son debidas a un proceso geomagnético, aunque quizás las del pasado jueves hayan llegado hasta Galicia desde los cielos finlandeses, como guiños de Jean Sibelius y Leif Segerstam (de quien tanto nos hemos acordado en este concierto) a la buena dirección de Sebastian Zinca en el otro extremo de Europa.
Paco Yáñez
[fotos: Real Filharmonía de Galicia]


