SANTIAGO DE COMPOSTELA / Comienza la temporada de abono 2024-2025 de la Real Filharmonía de Galicia

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 3-X-2024. Alena Baeva, violín. Real Filharmonía de Galicia. Director: Baldur Brönnimann. Obras de García-Tomás, Szymanowski y Berlioz.
Con la mejor noticia posible, hoy en día, para la Real Filharmonía de Galicia (RFG): la renovación de su director artístico y musical, el suizo Baldur Brönnimann, el pasado 3 de octubre comenzó la temporada de abono 2024-2025 de la orquesta gallega, refrendando en su primer concierto algunas de las que serán señas de identidad de la RFG hasta el próximo mes de mayo, como su apoyo a las nuevas generaciones de compositores, su apuesta por dar visibilidad a las mujeres en la música culta, o —de forma específica esta nueva temporada— su focalización en algunos de los compositores que a lo largo de la historia han representado el inconformismo musical de una forma más acusada, como Ludwig van Beethoven y Hector Berlioz: dos de los pilares de la actual temporada de la RFG, así como dos compositores cuyas obras, hoy ya plenamente asimiladas, hubiesen sido abucheadas por muchos de quienes ahora las aplauden, esos mismos que no paran de poner obstáculos y entorpecer la renovación artística de nuestras orquestas, ya se encuentren entre el público o sobre el escenario.
Una de las formas que se nos antojan más adecuadas para abrir esas mentes endurecidas por décadas (¡siglos!) de retraso musical en la carpetovetónica España, es el contacto con los propios compositores y el escuchar, de viva voz, sus ideas sobre la creación musical en el tiempo que compositores, músicos y oyentes viven: ese medioambiente artístico que debería ser la cotidianeidad de cualquier auditorio con los dos pies en su propio presente, algo que, musicalmente, tan poco se estila en nuestra patria.
De este modo, la habitual conversación que antecede a cada concierto de la RFG tuvo, en esta ocasión, como interlocutores a Sabela García, a Baldur Brönnimann y a Raquel García-Tomás, compositora en residencia de la RFG para la temporada 2024-2025, en la que es —como ella misma nos confirmó— su primera residencia en una orquesta sinfónica, que en Santiago de Compostela se materializará en tres obras orquestales; una de las cuales, Ceci n’est pas une valse (2024), se ofrecerá en estreno mundial, fruto de un encargo conjunto de la RFG con otras instituciones musicales catalanas: una de las formas de articular culturalmente este país, algo que tanta falta nos hace.

Pero, antes de que llegue dicho estreno, el comienzo de la temporada 2024-2025 no pudo ser más propiamente compostelano, pues vino de la mano de una partitura que, como el eremita Paio que en el siglo IX propició —según la tradición jacobea— el descubrimiento de la tumba de Santiago el Mayor, mira a las estrellas, aunque, en el caso de Raquel García-Tomás, a través de su representación en un grabado homónimo del artista mallorquín Pere Ginard incluido en su Libro de maravillas: inventario de casi todas las cosas vivas, muertas e imaginadas (Libros del Zorro Rojo, 2023).
Fruto de un encargo de L’Auditori de Barcelona, esa mirada al firmamento dio lugar a Las constelaciones que más brillan (2023), una partitura que, tras su estreno por la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya, con Ludovic Morlot como director, ya ha visitado los escenarios de Hamburgo y Estocolmo, recalando en Santiago de Compostela en lo que la propia García-Tomás nos ha confirmado una versión más lenta y contemplativa que la dirigida por Morlot.
Calma galaico-suiza, por tanto, la que desplegaron Baldur Brönnimann y la RFG; en parte, y según el propio Brönnimann, por la acústica del Auditorio de Galicia, que le permite expandir el tempo para que cada vibración de las partículas celestes que Raquel García-Tomás lleva a su partitura resulte perfectamente audible. Ello tiende, asimismo, un puente con el final de la temporada de abono 2023-2024 de la RFG, que se cerró con otra mirada a los astros, la de John Cage en Atlas Eclipticalis (1961-62): guiño al campo de estrellas que, según algunos autores, estaría detrás del topónimo Compostela.
Para que dichas estrellas brillen con realce y personalidad propia en el firmamento de la RFG, García-Tomás establece, en primer lugar, una suerte de lienzo que remedaría el denso negro sobre el que centellearán sus astros. Así, una densa textura en Mi grave expuesta por contrabajos, tuba y contrafagot, en contraposición con unos finísimos armónicos de las flautas en whistle tones, sirve de base y evocación del infinito para el ejercicio de «impermanencia» —nos dicen las notas al programa— desarrollado por la acumulación de motivos y capas que se van sucediendo, mostrando dicho universo contemplado como un continuo fluir (algo que contrastaba con la imagen proyectada en el propio Auditorio de Galicia, pues sobre la gran pantalla ubicada en el escenario se mostró, mientras que Las constelaciones que más brillan sonaba, la imagen de Pere Ginard que inspiró la partitura, con sus mínimas variaciones en cada constelación).
Pausada y suspendida en ese vacío cósmico, la interpretación de Baldur Brönnimann y la RFG se conforma como un largo crescendo que acumula motivos melódicos sintetizados desde distintos puntos de esa carta astral en la que se convierte la orquesta, lo que la hace especialmente transparente, potenciando la claridad en los armónicos y la belleza de las resonancias; con un notable atractivo en los instrumentos de registro grave, aunque la partitura, en conjunto, tienda a la ligereza y a lo evanescente, hacia una mirada fascinada al atractivo de un firmamento que sólo en el tramo final de Las constelaciones que más brillan se satura, dando lugar a un potente clímax en el que se superponen y chocan los motivos previamente desarrollados: tormenta estelar que, rápidamente, se esfuma, devolviendo la partitura a sus orígenes, con un pedal en el registro grave muy reforzado, en sus últimos campases, en los contrabajos de la RFG.
Estructura circular, así pues, la que desde ese negro firmamento inicial nos devuelve, finalmente, al vacío cósmico, tras un breve pero intenso fulgor: perfecto reflejo no sólo de las grandes derivas estelares, sino de nuestras propias vidas. La recepción de Las constelaciones que más brillan por parte del cúmulo de coincidentes coincidencias que somos cada uno de nosotros en el público resultó suficientemente cálida como para que podamos decir que Raquel García-Tomás ha comenzado su residencia artística en la RFG con el mejor pie, así como de la forma más pertinente —en clave de la historia compostelana—, mirando no sólo a los astros, sino al corazón de la música actual.

La segunda partitura del concierto buscó rescatar, en otra línea maestra de la programación de la RFG esta temporada, obras poco frecuentes en nuestros auditorios; en este caso, el Concierto para violín y orquesta nº2, op. 61 (1932-33) de Karol Szymanowski, interpretación en la que se ha vuelto a jugar con las luces del escenario, para crear una dramaturgia que pasó de la oscuridad en la contemplación del firmamento a una progresiva aparición de la luz; aunque, si de luz hablamos, en este concierto sin duda vino de la mano, del arco y del violín de una Alena Baeva que en sus primeros compases casi pareció remedar dichos juegos lumínicos, pasando de un arranque en el que su instrumento se abisma al registro de una viola, para ir progresivamente ganando luminosidad y virtuosismo, dejándonos una lectura, en lo que a la parte solista se refiere, muy satisfactoria, marcada por dejes folclóricos y una tímida búsqueda de la modernidad que no exime del carácter crepuscular de este Concierto para violín nº2, como una de las páginas postreras de Karol Szymanowski.
Así, Alena Baeva refuerza su condición de solista sobre una orquesta demasiado gris y a la que le costó entrar en materia hasta el primer clímax, sonando, en general, oscura, como contrapunto al despliegue técnico y de vitalidad por parte de una solista de musicalidad mucho más aquilatada, de la cual fue un inmejorable ejemplo el encore que nos ofreció al finalizar su interpretación del opus 61 de Szymanowski, con el Capriccio polaco (1949) de Grazyna Bacewicz, pieza de lucimiento en la que Baeva volvió a destacar lo folclórico, para mayor delicia de un público siempre amante del artificio.
Tras la pausa, la segunda parte del programa nos condujo a un repertorio mucho más trillado, la Symphonie fantastique, op. 14 (1830) de Hector Berlioz, por lo que la RFG queda totalmente expuesta a unas comparativas que, por descontado, resultan muy desfavorables para la formación gallega; especialmente, en un primer movimiento sin interés alguno en los instrumentos de la RFG; máxime, si en nuestra memoria tenemos, en el propio Auditorio de Galicia, el recuerdo de aquella Fantástica que verdaderamente hacia honor a su nombre en manos de la Orquesta del Siglo de las Luces y Simon Rattle, de una calidad musical superlativa, comparado con lo escuchado a la RFG, y de una pertinencia en el timbre instrumental como la que en esta partitura conocemos en las versiones de orquestas historicistas y directores como John Eliot Gardiner, François-Xavier Roth o Jos van Immerseel, entre otros.

De hecho, la apatía de la RFG (una orquesta cuya cuerda urge una renovación general; destacadamente, en violines y violas) sólo se rompió en la primera entrada de arpa, con una Bleuenn Le Friec cuya energía, vitalidad y técnica están muchos escalones por encima de tan gris orquesta. El carácter imprimido por la arpista bretona parece haberse contagiado ligeramente a la RFG, con algunos solistas (especialmente, en las maderas) que conviene destacar, como a Vicente López, de clarinete bien fraseado, colorido y repleto de buenas intenciones; o al dúo de corno inglés y oboe formado por Esther Viúdez y Francisco Ruiz, cuyo comienzo de tercer movimiento fue el momento más interesante de esta versión, por la espacialización ideada por Baldur Brönnimann, no tan lejano el oboe como es habitual, lo que confirió un sentido más íntimo y camerístico a este pasaje, como lo fue el (aquí sí) hermoso acompañamiento de la cuerda.
También los fagotes han de ser destacados, tanto en sus juegos con la percusión como en sus compases más protagónicos en la Marche au supplice, movimiento en el que, por fin, la cuerda pareció despertar y atacar con más garra, frente a su anemia previa, llevándonos a un quinto movimiento cuyo lisérgico delirio fue reforzado por Brönnimann en unos metales y unas percusiones a los que concedió su mayor atención desde el podio, dejando al director asistente de la RFG, Sebastian Zinca, la labor de dirigir un set de campanas entre bastidores cuya sonoridad fue realmente convincente.
Se cerró así, con energía y un mayor impacto sonoro, una versión que fue de menos a más, pero que no consigue eclipsar, ni en lo más mínimo, las buenas impresiones de aquella Symphonie fantastique de un Simon Rattle con el que recuerdo haber charlado sobre Hans Werner Henze a su salida de los camerinos, copa de vino blanco en mano, el director británico, como el público lo estuvo el pasado jueves 3 de octubre tras el concierto inaugural de la temporada 2024-2025, pues la RFG tuvo la cortesía de invitarnos a unos caldos gallegos, potenciando que el Auditorio de Galicia se convierta en un lugar de encuentro y diálogo entre público, músicos y compositores. En eso no nos costará tanto acercarnos a Europa, como en lo propiamente musical.
Paco Yáñez
[fotos: Real Filharmonía de Galicia]


