SANTIAGO DE COMPOSTELA / Lecciones de diversidad estética, a cargo del Trío Arbós y la JONDE

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 6-VI-2024. Trío Arbós. Joven Orquesta Nacional de España. Obras de Marco, Catalán, Saunders, Carretero y Connesson.
Como ya les contamos en nuestra primera crítica de la actual edición de las Xornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela, en 2024 ha regresado la Joven Orquesta Nacional de España a esta cita gallega, haciéndolo de la mano de un selecto grupo de profesores para desarrollar un proyecto educativo y artístico cuyos frutos nos ofrece la JONDE en dos modalidades: la de los conciertos con gran ensemble y la de los conciertos de cámara.
Nos quedamos hoy con este último formato, pues el segundo concierto de la JONDE en las Xornadas estuvo protagonizado por cinco partituras camerísticas en las que, de la mano de los miembros del excelente Trío Arbós, los músicos de la JONDE nos ofrecieron una pluralidad estilística realmente destacable que permite a estos jóvenes instrumentistas perfeccionar su comprensión y destreza técnica en un abanico que fue de lo tradicional a las estéticas más avanzadas de la modernidad.
Ahora bien, la primera partitura del programa, En campos de zafiro pace estrellas (2011), casi ha sintetizado todo ese arco estético, pues en este septeto de Tomás Marco nos encontramos desde la atomización ruidista del conjunto instrumental a una espacialización que parece remedar las constelaciones a las que alude su título, pasando por ecos de la música andalusí que llegarían a esta partitura a través de las evocaciones gongorinas que nos lanza su título, extraído de las Soledades (1613) del poeta cordobés.
No es, ni mucho menos, la única partitura de Tomás Marco a la que se asoma el mapa astral, pues precisamente en relación con la fundación de Santiago de Compostela cuenta Marco en su catálogo con Campo de estrellas (1989), página orquestal con la que En campos de zafiro pace estrellas comparte ese pálpito de los astros, a modo de pulsos en la obra camerística con ruidos en su primera sección que van de palmeos en la boquilla de la trompa a la intervención del cordal del piano, o al uso desmontado de la embocadura del clarinete y la sobrepresión en las cuerdas. Tan heteróclito paisaje acústico se van organizando desde los patrones métricos de la percusión, hasta armar una melodía cuya expansión armónica porta ecos de la música árabe y distintas formas de contrapunto que ejemplifican ese lugar de encuentro entre distintas tradiciones culturales que es no sólo España, sino la música de Tomás Marco. Tampoco están estos paisajes musicales exentos de humor, con guiños dignos de un Stravinsky o un Kagel, en un septeto muy solvente en el que es obligado destacar tanto el enorme trabajo de Mario Piñero en sus endiablados pasajes de trompa como a una María Asensi de acusada madurez y personalidad en el violín, desde el que lideró al septeto.
Si Tomás Marco hace en su obra un completísimo uso del conjunto instrumental, Teresa Catalán convierte un cuarteto de violín, arpa, violonchelo y flauta en una sucesión de solos y dúos marcados por un halo postimpresionista y un lenguaje trasnochado con un deje progresivamente sombrío en el que únicamente un palmeo en las cuerdas del arpa expone una sonoridad que se escapa de su rancio costumbrismo.

Es por ello que ya sólo los primeros segundos disclosure (2008), de Rebecca Saunders, resultan, a estas alturas del siglo, mucho más interesantes que toda la obra de Teresa Catalán en su conjunto, mostrando, en sucesión, el punto artísticamente más bajo y el más alto de este concierto. Y es que con Saunders nos aupamos a una de las cimas de la composición mundial en este tercer milenio, como pudimos comprobar en las dos partituras que de la londinense escuchamos este año en el Festival RESIS.
Nuevamente en esa estela beckettiana tan querida por Saunders, disclosure es un quinteto para clarinete(s), trompeta(s), trombón, piano y violín que nos muestra, precisamente, el gran conocimiento que Saunders aquilata de este último instrumento (pues ella misma es violinista), por lo que casi podríamos hablar de un pequeño concierto para violín y cuatro instrumentos, de entre los cuales el violín se asocia más fuertemente con un piano cuya función en el quinteto oscila entre la mayor cercanía melódica y armónica con el violín o una fusión con el trío de viento para la construcción de las graves masas de texturas resonantes que no se cesan de compactar dicho trío.
De este modo, y siguiendo la cita de Samuel Beckett que inspira disclosure, el trío de viento dibujaría el paisaje de brumas y sombras, más rugosas y texturales en sus continuos juegos de sordinas (con un gran trabajo de los jóvenes músicos de la JONDE), mientras que piano y, especialmente, violín, darían forma a ese rostro difuso en la memoria que emerge en el violín de un Ferdinando Trematore que ha dado una lección de técnica, estilo y expresividad como hacía tiempo no presenciábamos en Compostela con tal carácter y perfección: sobrehumano. Sabia elección, por tanto, la de una partitura que tiene sus partes más difíciles en los dos instrumentos que, precisamente, han tocado los miembros del Trío Arbós (con el excelso Juan Carlos Garvayo al piano y dirigiendo al conjunto); de modo que esta maravilla que es disclosure ha sonado de forma muy satisfactoria, dejándonos el que, sin duda, será uno de los momentos estelares de estas Xornadas, así como la más palmaria demostración de la importancia que tiene el que en este tipo de festivales se programe a los mejores compositores de nuestro tiempo, pues, cuando a sus cimas artísticas ascendemos, la pureza de lo allí escuchado resulta completamente inspiradora.

También el sevillano Alberto Carretero nos ofreció un buen ejemplo de composición en clave actual con sus Tres daguerrotipos (2024), trío para violín, violonchelo y piano que escuchamos en estreno mundial, fruto de un nuevo encargo de la JONDE (como un día antes Traces of the Blast (In Aftermath of Explosion) (2024), de Helga Arias).
Carretero se adentra en su trío en una verdadera escritura de la luz por medio del sonido, creando diferentes grados de consolidación de los materiales que nos remiten a esos daguerrotipos en los que masa, luz y color parecían fluctuar entre la sombra, la fantasmagoría y la fragilidad del lo huidizo. Teniendo en cuenta que el daguerrotipo fue una técnica fotográfica muy vinculada a la burguesía europea de mediados del siglo XIX, la elección del trío con piano parece, en términos musicales, de lo más pertinente, por tratarse de una de las formaciones predilectas de aquella burguesía bastante más culta que la actual (o en la que, al menos, la práctica instrumental era más frecuente).
Lejos estamos, en todo caso, de las partituras que podrían haber tocado aquellos más eruditos burgueses de mediados del XIX: las de los Beethoven, Schubert, Schumann o Mendelssohn (cuyo Trío en re menor se completó, precisamente, en un año, 1839, en el que Louis Daguerre presentaba en París su invento fotográfico); aunque mantenemos, eso sí, la voluntad de modernidad de dichos compositores, pues Carretero introduce toda una serie de sonoridades ruidistas de gran atractivo que van desde un piano profusamente preparado (tanto en cordal como en pedal) a un dúo de violín y violonchelo que en el Tercer daguerrotipo introduce agujas de calcetar entre las cuerdas, creando efectos de rebote y oscilaciones armónicas que, como los roces de cerdas (en el Primer daguerrotipo) amplían su paleta textural, mostrando lo más rugoso y esfumado de esas escrituras de la luz con tanta tendencia a la inestabilidad.

Así, en el Primer daguerrotipo nos encontramos con un piano que trabaja especialmente el trasfondo sonoro, creando lo que podríamos decir la superficie de plata (o cobre) del daguerrotipo, sobre la que violín y violonchelo (en unos materiales profusamente entrelazados) van dibujando las formas desde lo más difuso y esfumado hasta lo más reconocible y consolidado, tramando diferentes melodías y armonías rarificadas. Mientras, el Segundo daguerrotipo presenta un trabajo de trío con piano más propiamente dicho, de gran poderío rítmico y virtuosismo, con sus centelleos y melismas en el piano, de impronta tan sciarriniana en correspondencia con unas cuerdas en las que predomina un saltato que hace que, tras consolidarse la imagen en el Primer daguerrotipo, aquí comience a vibrar y ganar en relieves: verdadera ansia de romper la tiranía bidimensional de lo fotográfico, ésa que parecen querer romper las cuerdas en sus glissandi atacados con tarjetas de plástico, conduciéndonos en los compases finales (como había ocurrido en el Primer daguerrotipo) a renovados paisajes texturales.
En el Tercer daguerrotipo se utilizan las antes citadas agujas de calcetar, lo que parece ampliar el trío hasta un quinteto con dos elementos resonantes, abigarrándose la polifonía y el entramado rítmico a unos niveles endiablados; especialmente, en un piano que ataca con profusión de mecanismos los extremos del teclado, lo que expande y contrasta el espectro armónico de una forma tan bella como perturbadora. Desde dichos extremos, el trío se va progresivamente acercando en unas octavas centrales que se consolidan cual ecos de aquellos tríos con piano románticos a los que antes nos referimos, desdibujados por la aplicación de técnicas extendidas, como la sobrepresión en las cuerdas, y rubricando un estreno muy aplaudido en el que los jóvenes músicos han desarrollado un trabajo muy serio, con un impresionante Alberto Villaescusa en el piano, cuya madurez armónica y rítmica ha realzado estos Tres daguerrotipos.
También los músicos de la JONDE, Juan Carlos Garvayo y Ferdinando Trematore dieron un buen realce al Sexteto (1998) de Guillaume Connesson, compositor francés que más bien parece estadounidense, por lo escuchado en una partitura sobre la que gravitan con fuerza las influencias de Steve Reich y John Adams, resultando lo más interesante el virtuosístico y polirrítmico primer movimiento, mientras que el segundo resulta un tanto afectado y en el tercero vuelven a concitarse múltiples influencias que irían de un Franz Schubert a un Leonard Bernstein. Lecciones, por tanto, de diversidad estilística: aspecto sobre el que no deja de profundizar Rosa Fernández en sus presentaciones previas a estos conciertos de la JONDE, unas charlas en las que, a través de una introducción al aparato estético de cada compositor y de una serie de guías de escucha para cada partitura, nos demuestra por qué es una de las musicólogas que en Galicia mejor conoce el repertorio de la nueva música.
Paco Yáñez
(Fotos: JONDE – Manu Vidal)


