SANTIAGO DE COMPOSTELA / José María Sánchez-Verdú estrena ‘Cárcel de amor’ con la RFG

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 26-III-2026. Juan Floristán, piano. Real Filharmonía de Galicia. Director: Baldur Brönnimann. Obras de Sánchez-Verdú, Bartók y Franck.
En un mundo tan desquiciado e imprevisible como en el que vivimos, poder sentarse en una sala de conciertos y disfrutar de unos minutos abismados a la gran música europea es toda una terapia contra el horror, aunque ello no quiere decir que entre sus muros no se vivan continuas batallas, quizás menos incruentas y algo más civilizadas que las de los plutócratas que hoy desordenan el planeta, pero que nos hablan de atavismos especialmente enquistados en un país como España en todo cuanto se refiere a la dialéctica entre innovación y tradición (musicalmente tan mal entendida en nuestro país como pigricia y conservadurismo).
El concierto que la Real Filharmonía de Galicia (RFG) nos había propuesto (inicialmente) para el pasado jueves 26 de marzo constituía un ejemplo de cómo afrontar esa necesaria renovación de los repertorios orquestales, con un estreno mundial (encargo de la propia RFG), una página concertante fundamental del primer tercio del siglo XX y una original sinfonía escrita ya en la segunda mitad de la pasada centuria. Por desgracia, esta última, la Sinfonía n.º 2 “Le Double” (1955-59), de Henri Dutilleux, se cayó del programa, haciéndole perder muchos enteros, pues, en lugar de ser sustituida por otra partitura análoga o del mismo periodo histórico, se reincidió en el más-de-lo-mismo que hace de nuestras programaciones orquestales un monumento a la rutina.
Afortunadamente, lo que no se canceló fue el estreno de Cárcel de amor (2025), obra de José María Sánchez-Verdú inscrita en el Proyecto Cometas, con el que la Real Filharmonía festeja sus primeros treinta años de existencia por medio de dieciocho encargos a compositores españoles entre los que se encuentran nombres tan relevantes de nuestra música como Voro Garcia, Lula Romero, Gabriel Erkoreka o el propio Sánchez-Verdú, cuya relación con la orquesta de la capital gallega viene de lejos y comprende páginas del algecireño como Taqsim (2002), Nosferatu (2002-03) o La chute de la maison Usher (2019 —fruto de un encargo conjunto de la propia RFG—).

En sus cuatro minutos de duración, Cárcel de amor nos remite a la novela homónima publicada en Sevilla en 1492 por Diego de San Pedro, obra que para Sánchez-Verdú es una «metáfora de un amor no correspondido». Sobre su nueva partitura, afirma que ésta «imagina ese mundo simbólico a través de un breve paisaje sonoro. Diversas líneas instrumentales se despliegan por el registro de la orquesta mientras una pulsación persistente teje una trama rítmica continua, como una reja. Esa trama —cambiante, casi imperceptible en su color— se configura como una suerte de entramado sonoro, una arquitectura de repetición que rodea y contiene el movimiento de las voces. Entre la fluidez de las líneas y la persistencia de ese ostinato se crea un espacio de tensión: un juego de libertad y encierro que da forma al breve recorrido musical de la obra».
De algún modo, pondría Cárcel de amor en la estela de las dos grandes bandas sonoras de José María Sánchez-Verdú (ambas ya interpretadas en el Auditorio de Galicia), tanto por su despliegue dramatúrgico, tan poblado de sombras, como por la concepción de dicha reja orquestal, que parece que entreviésemos en movimiento, cual si el compositor algecireño enfocase las cuerdas por medio de un travelling en el que las distintas secciones y registros se desplazan creando diferentes densidades, campos armónicos y tensiones de la materia por medio de un muy simbólico diseño de los rangos dinámicos.
A mayores de dicha reja, que expone los materiales más rígidos y mecánicos en su imposición de una cárcel dentro de la cual se desarrolla la microescena en la que Sánchez-Verdú concentra la narrativa de Diego de San Pedro, nos encontramos con instrumentos que, como el tam-tam, aportan otra suerte de pulsos rítmicos y resonancias más expansivas, una forma de transversalidad que no sólo confiere desde su inicio un sustrato desasosegante a Cárcel de amor, sino que nos habla de algo fundamental en la estética del compositor andaluz: su concepción tan transversal de los códigos y los sentimientos del ser humano a lo largo de la historia, algo que en esta partitura hace que el movimiento de la reja no lo sea tan sólo sobre el amor descrito por Diego de San Pedro, sino como un espectro que se desplaza por los siglos, imponiendo sus rigideces a otras personas, lugares y momentos —planteamiento que tiene uno de sus epítomes, en lo que al catálogo de Sánchez-Verdú se refiere, en El viaje a Simorgh (2002-06)—.
Fiel a una refinadísima y personal escritura musical que lo convierte en uno de los mejores compositores europeos del presente, José María Sánchez-Verdú trama entre las rejas estratificadas por las cuerdas toda una galería humana que, de un modo muy especial en las maderas, despliega pálpitos, temblores, susurros y estados del éxtasis (algo que conecta, aunque a menor escala, a Cárcel de amor con El viaje a Simorgh, pues a ambas se asoma un resplandor de ese misticismo tan querido por el compositor; en su cuarta ópera, de forma inflamada; en su nueva partitura orquestal, esencializada, pero sin obviar la dialéctica entre ardor y represión, entre libertad individual y rigidez social fruto de las ideologías dominantes, consustancial al pensamiento de Verdú).
Asimismo, y aunque Cárcel de amor es una obra puramente instrumental, hay en el fraseo de ese viento-madera una naturaleza prosódica que nos remite al gran trabajo vocal del compositor algecireño, aproximándose aquí su estética a la de otro fino analista de las sombras históricas del querer, como Salvatore Sciarrino, por lo que nos movemos en el territorio de lo sublime dentro de la comunità de la música europea. No hablamos aquí de literalidad, pero sí de una forma orquestal de un habla callada, intuida, sospechada, que confiere mayor potencial y transferencialidad a una obra marcada, como la novela de Diego de San Pedro, por un sesgo a la par intemporal y poderosamente moderno, conducido por una muy correcta RFG hacia una forma de disolución final en una bruma de disonantes resonancias que nos presenta a los espectros del amor y de la represión como formas suspendidas en el tiempo: acalladas, tras finalizar este estupendo estreno, si bien prestas para rebrotar en otros tiempos y lugares, como formas consustanciales a nuestra propia y tan dual naturaleza.

Acusado contraste, el que se estableció entre la sutil desmaterialización de Cárcel de amor y el poderoso comienzo del Concierto para piano n.º 2, Sz. 95, BB 101 (1930-31) de Béla Bartók, una partitura en la que brilló de forma muy especial un colosal Juan Floristán que desplegó una digitación, un mecanismo y un martellato realmente imponentes, conectando a Bartók con toda una tradición del virtuosismo magiar que el pianista sevillano lleva hasta Ferenc Liszt, aunque se intuye que incluso podría haber soltado más sus manos, quizás un tanto contenido frente a una orquesta cuyo idiomatismo en Bartók no es, ni de lejos, el que en febrero escuchamos a Concerto Budapest, bajo la dirección de András Keller, en el Kurtág 100 Fesztivál.
Así, frente a la poderosa articulación de vientos y percusión en la orquesta húngara, la RFG se muestra en el primer movimiento menos orgánica, con un Floristán que sí ejerció con primor su rol de estructurador armónico, rítmico y contrapuntístico, encontrando puntuales vínculos con algunos de los instrumentistas de la RFG para que la cohesión del tan complejo Allegro no se rompiera, lo que, dado como sonó este comienzo en Compostela, le confirió un punto más desenfadado, con cierta fragmentación que puede tener su atractivo por las improntas de la música popular que en Bartók, así, rescata.
Pero el movimiento mejor desarrollado por Baldur Brönnimann y la RFG fue, sin duda, el Adagio-Presto-Adagio, tanto por su escrupuloso respeto a los aspectos rítmicos y dinámicos, como por la sutileza que se creó en las cuerdas en el comienzo y en el final (cuyo tejido armónico en este movimiento siempre me recuerda a Charles Ives). Ya fuese en esos pasajes suspendidos, ya en el súbito e hiperactivo Presto, nuevamente Juan Floristán mostró una soltura y una naturalidad en el fraseo impresionantes, encontrando un gran aliado en el timbal de José Vicente Faus, pues ambos han dado los mejores perfiles instrumentales de este segundo movimiento, tanto en su respiración sincopada del ritmo como en el músculo que imprimieron al primer Adagio.
En el conclusivo Allegro molto destacó la dirección de Baldur Brönnimann por encontrar ecos y síntesis de los dos primeros movimientos, lo que (como es habitual en él) incide en una notable transparencia en el repertorio del siglo XX, aunque, de nuevo, los pasajes más aceradamente contrapuntísticos y polirrítmicos supongan una dura prueba para la RFG, rubricándose esta lectura del colosal concierto bartokiano con un buen empeño de la orquesta compostelana y con una demostración de pianismo de altura, exquisitez técnica y buen gusto, por parte de Juan Floristán, dejándonos el sevillano como encore una lectura de Le Sapin, op. 75, n.º 5 (1914), de Jean Sibelius, marcada por su carácter meridional, insuflando rubato, personalidad propia y un toque afrancesado que tendió un muy adecuado puente con la segunda parte del concierto.

Ésta fue íntegramente dedicada a la Sinfonía en Re menor, op. 48 (1886-88) de César Franck, obra que excede la plantilla de la RFG, siendo éste uno de los motivos de los desequilibrios habidos en la versión escuchada el pasado jueves en Compostela, a pesar de su buen comienzo en los violonchelos; sin duda, una de las secciones más compactas, homogéneas y empastadas de la orquesta gallega, capaz de integrar a los jóvenes refuerzos de la Escuela de Altos Estudios Musicales con una misma lógica y estilo. Mientras, la cuerda aguda (para así ganar presencia) sonó con demasiado ataque, estridente y forzada, pese a que las intenciones en tempo y fraseo desde la dirección fueron notables, optando por una versión fresca y moderna. En el desarrollo del Allegro non troppo fue donde nos encontramos con más problemas; destacadamente, en unos metales que, más que remitirnos al sonido organístico tan importante en César Franck, parecían una fanfarria (lindando la charanga). Ello privó de empaque y suntuosidad a este movimiento, restándole el obscuro y noble pathos que en esta página conocemos a sus mejores intérpretes, a los Monteux, Giulini, Maazel o Herreweghe, entre otros.
Como en Bartók, mejor fueron las cosas en el segundo movimiento, ya desde el hecho de contar la RFG con el refuerzo de la siempre excelsa Bleuenn Le Friec en el arpa, cuyo impulso pareció contagiar el pizzicato de la cuerda y su transmutación en el corno inglés de una no menos soberbia Esther Viúdez (una de las mejores instrumentistas de la orquesta). Buen fraseo, en general, un ritmo ligero y un sereno melodismo hicieron pertinente la indicación de este Allegretto en tantas versiones desacelerado y plomizo, pero que en manos de Baldur Brönnimann sonó con nervio, charme y delicadeza.
Nervio también llevó Brönnimann al Allegro non troppo final, pero el modo en que se había expuesto el primer movimiento privó a la sinfonía de su desarrollo romántico de libro, de su ascenso per aspera ad astra, pues igualó el aquí más lógico ambiente festivo y la mayor desinhibición de los metales, donde hubiese sido necesario un cambio de carácter, ataque y fraseo para señalar la evolución espiritual de la sinfonía por contraste con su inicio. La catártica coda final y unas bien traídas reexposiciones rubricaron un final a tumba abierta, desbocado en efusividad, algo siempre bienvenido por el público, que brindó a Baldur Brönnimann y a la RFG una sonora ovación.
Ello no nos debe hacer olvidar que la RFG sigue arrastrando graves problemas estructurales debido a su falta de instrumentistas y secciones (destacadamente, en el metal), aunque muchos de estos refuerzos los constituyan (como los trombones) los mismos músicos año tras año, si bien no se acaba de conformar la homogeneidad en cuanto a sonido que ofrece una orquesta con todas sus secciones en plantilla y tocando conjuntamente de forma habitual. Todo ello se deriva, por descontado, de las estrecheces presupuestarias (así como de la limitada concepción en origen de la propia orquesta); una estrechez económica que, al parecer, estuvo detrás de la supresión de la inicialmente anunciada Sinfonía n.º 2 de Henri Dutilleux.
Los enquistados problemas presupuestarios de la RFG (así como unos convenios que, en lo que se refiere a la música contemporánea, son auténticos corsés para el desarrollo artístico) vuelven a poner de manifiesto (como las paralelas dificultades que sufre la Sinfónica de Galicia, empezando por la falta de un auditorio a la altura de dicha orquesta) el error que en su día supuso el no apostar por una sola gran orquesta en Galicia, con un apoyo autonómico a la altura (que ni tuvo ni tiene). Dado el tribal localismo que depaupera a nuestra comunidad década tras década (en aeropuertos, universidades, vida cultural…), difícil solución se le ve a esta recurrente debilidad económica y estructural del mapa orquestal galaico (sumémosle la inexistencia de Galicia en las rutas de las grandes orquestas internacionales).
Desde hace años, creo que la ‘solución’ para esta esclerótica bicefalia podría venir por una reestructuración global de ambas formaciones en una gran orquesta sinfónica, un conjunto de música antigua y un ensemble de música contemporánea (todos ellos, adecuadamente profesionalizados y con potenciales sedes en La Coruña, Santiago y Vigo, pero actuando en el conjunto del territorio gallego). Ello ampliaría considerablemente el repertorio, posibilitaría que se tocase con instrumentos y criterios más adecuados para cada periodo histórico (con mayores tiempos de ensayo), así como que se interpretase por los músicos más afines a cada uno de ellos (que haberlos, haylos). Pero me temo que todo ello son fantasías musicales de unos pocos a quienes nos gustaría ver a esta comunidad convertida en Galicia en el país de las maravillas.
Paco Yáñez
Fotos: Manu Vidal – Real Filharmonía de Galicia


