SANTIAGO DE COMPOSTELA / El Afecto Ilustrado: virtuosismo, belleza y libertad

Santiago de Compostela. Iglesia de la Universidad. 15-X-2024. Ateneo Barroco. El Afecto Ilustrado: Adrián Linares, violín y dirección, Alejandro Marías, viola da gamba, y Alfonso Sebastián, clave. Obras de Frescobaldi, Bertali, Schmelzer, Biber, Buxtehude, Walther y Böddecker.
Cerraba su sexta edición Ateneo Barroco, la cita compostelana ya imprescindible, organizado por el Ateneo de Santiago —heredero desde 1966 del original Ateneo Compostelano de efímera existencia, de 1889 a 1891— y con la dirección artística de José Víctor Carou. Y lo hacía en un marco perfecto para el programa que se nos iba a ofrecer, integrado por muestras muy significativas del Stylus Phantasticus y titulado Imaginarium. Quimeras e fantasía do imaxinario barroco. Quimeras y fantasías que aparecen en esa especie de locura, eso sí muy concentrada, muy bien abrochada en su lujuria ornamental que es el retablo mayor de la iglesia de la Universidad —hasta la expulsión de los jesuitas, Iglesia de la Compañía—, obra de Simón Rodríguez, Ignacio Romero y Miguel de Romay terminado en 1727, algo posterior, por tanto, al repertorio en cuestión, pero perfecto telón de fondo para el mismo.
Adrián Linares, explicó muy bien a la audiencia qué es el Stylus Phantasticus. Lo hizo en una breve intervención, clara e ilustrativa pero, sobre todo, lo demostró magistralmente al violín con una compañía —el viola da gamba Alejandro Marías y el clavecinista Alfonso Sebastián— con la que forma, como me decía alguien al salir del concierto, “eso que en el rock se llama un supergrupo”. Estas piezas me evocan siempre, cómo no, al inolvidable Eduardo Torrico, que las amaba apasionadamente y que, además, reivindicaba de continuo la enorme calidad de los intérpretes españoles especializados en este repertorio, tan repleto de bellezas como de dificultades mecánicas para sacarlas adelante. No basta con tocarlo todo, que hay que hacerlo, sino que, al mismo tiempo, hay que tener imaginación, dominar la expresividad de los afectos y considerar los efectos como un elemento más de una música que no excluye el humor aun dentro de ese componente melancólico que la caracteriza igualmente. Lo recordaba muy bien Linares antes del encore: la repetición de un fragmento maravilloso de la Sonata a 2 de Bertali.
El recorrido fue tan bello como, por qué no decirlo si esta música lo propone y lo cumple, divertido. Desde los orígenes con la Toccata per spinettina e violino de Frescobaldi a la Sonata en re menor per il violino de Böddecker, en la que uno se encuentra con una suerte de guiño delicioso al hallar casi al final un momento marcado Alla francese. De Bertali escuchamos la citada sonata, primera de las referencias al cuco que irían apareciendo a lo largo de la sesión, con un diálogo, preguntas y respuestas, de una intensidad verdaderamente emocionante entre el violín y la viola da gamba, como sucedió en la Sonata en la menor de Schmelzer —más cuco. La Sonata representativa de Biber son palabras mayores, y no sólo hay en ella un cuco sino, ya saben, el ruiseñor, la gallina, el gallo, el gato —sensacional Linares, como en el casi extremo, pidiendo ya la scordatura, Scherzo d’augelli con il cu-cu de Walther— y hasta una rana —una de madera tañó junto al clave Alfonso Sebastián. Antes, Marías y Sebastián dictaron lección en el Trío sonata en la menor de Buxtehude, ese grandísimo músico se mire por donde se mire, por lo fantástico o por lo verdadero. Músicas hermosísimas, pues, muestras de un modo de componer que representó la libertad frente a la norma y a lo establecido y que hoy, en la distancia, se escucha con el mismo asombro que hace tres siglos y medio. Y músicas maravillosamente traducidas por tres intérpretes excepcionales.
Luis Suñén


