SANTANDER / Sokolov entre el arte y la liturgia

Santander. Palacio de Festivales. 11-VIII-2026. Grigory Sokolov, piano. Obras de Beethoven y Schubert.
Los conciertos de Grigory Sokolov son como ceremonias rituales que se avienen a una invariable liturgia: con el escenario en práctica penumbra, se presenta taciturno, caminando con paso pausado, mirada baja y gesto contenido, se inclina escuetamente ante el público y empieza a tocar sin más miramientos. Así se envuelve en una atmósfera de contención que lo desnuda ante la música y nos lleva a los demás a su mundo, a convencernos de que el piano puede ser el instrumento más íntimo y conmovedor de todos.
Fue así en su regreso al Festival de Santander, donde la Sonata nº 4 de Beethoven, de las más ambiciosas de su juventud, reveló los primeros destellos personales unidos a la tersura del sonido, a una gama de matices que parecía inacabable y a un dominio técnico que hacía fácil lo endiabladamente difícil, escalas y octavas incluidas. Sin aspavientos ni levantar la mirada, serio en todo momento y abierto a intuiciones de futuro en un Largo que era terreno fértil para su piano introspectivo y cuidadoso con los silencios. Lo fueron también las Bagatelas op. 126, de apariencia sencilla aunque plagadas de ideas avanzadas y zonas de sombra propias del último Beethoven. Sokolov las unió en su diversidad en torno a unos refinadísimos contrastes y un uso casi imperceptible del pedal, mostrándolas como si fueran nuevas en su ligereza (nº 2), su calidez (nº 3), sus sonoridades extrañamente sutiles (nº 4) o sus arrebatos de calor (nº 6). Al escucharlas venían a la mente las palabras de Schopenhauer según las cuales la música de Beethoven “despierta aquel anhelo infinito que es la esencia del romanticismo”.
De ahí la proximidad de esta música a la Sonata D 960 de Schubert, también tardía pero envuelta en mayores sombras. Sokolov la trazó con transparencia y mesura, líneas largamente sostenidas en el Molto moderato inicial, una articulación ligera en el Scherzo y una sobriedad en el Allegro ma non troppo que tenía mucho de catarsis y liberación de las luchas interiores, aunque deberíamos detenernos en su Andante sostenuto (emparentado, decía Rosen, con el Largo de la nº 4 de Beethoven) por la hondura que alcanzó en sus manos y su capacidad para encontrar lo emocionante y lo espiritual en lo más austero. Es en piezas así donde más claramente se percibe que Sokolov solo se parece a sí mismo. Y como había de mantenerse fiel al ritual, se despidió con seis propinas (de Brahms a Chopin y Scriabin) sin perder la compostura, tan recto y reservado como en toda la velada.
Asier Vallejo Ugarte
(foto: FIS / Pedro Puente)


