MADRID / Gardner y la Filarmónica de Londres: El luto y el homenaje

Madrid. Auditorio Nacional. 28-X-2026. Ibermúsica 26/27. Casals 150. Julia Fischer, violín. Daniel Müller-Schott, violonchelo. London Philharmonic Orchestra. Edward Gardner, director. Obras de Pau Casals, Johannes Brahms y Jean Sibelius.
Tuvo que coincidir el concierto de homenaje en memoria de Pau Casals con la tragedia de los trenes. Siempre hay un cisne negro oculto. El presidente de la Fundación Paul Casals hizo una emotiva presentación del concierto, que estaba previsto solo como homenaje a Casals a los 150 años de su nacimiento, y que dedicó a las víctimas del accidente ferroviario de Urda tras un minuto de silencio. El concierto de Gardner y la London Philharmonic comenzó con Casals, una bella introducción con el preludio del oratorio El pessebre, obra que el compositor tardó en dar a conocer, a sus 83 u 84 años, pero que paseó por el mundo en sus últimos años como mensaje de paz. Paz, ahora, en tiempos de guerras que de momento nos parecen ajenas, el tiempo de odios que reclaman galardones por lo contrario, del mismo modo que reclaman libertad los que la detestan. Pero el mensaje estaba ahí. El concierto dejó de ser solemne para tornarse hacia un agitado equilibrio entre eclosión y ensimismamiento.
Tratábamos hace poco un concierto en el Círculo de Cámara, con el Brahms último en una interpretación de privilegio, la de Piotr Anderszewski. ¿Es el Doble concierto, op. 102 obra asimilable a esa etapa final? A Brahms le quedan nueve años de vida, y esta obra está destinada a Joseph Joachim, después del amargo distanciamiento entre los dos. Es su última obra con aparato orquestal, su concierto menos interpretado, y posee una dimensión sinfónica que se demuestra ya en el imponente Allegro inicial. Gardner y la orquesta acompañaron a dos auténticos virtuosos; hay que destacar tanto el arte como la delicadeza de una soberbia Julia Fischer, que aportó su violín en una obra que favorece el lucimiento del otro solista. Daniel Müller-Schott aprovechó ese lucimiento desde una temprana cadencia inicial. El resultado de la conjunción de dos espléndidos solistas y un director dispuesto a darlo todo por ellos fue una brillante ejecución del concierto menos simpático (por decirlo de algún modo) de los cuatro de Brahms (dos para piano, uno para violín); el menos agradecido, al menos, y por eso lo oímos y vemos menos a menudo. Esta interpretación fue una magnífica oportunidad, reforzada por unos solistas soberbios como Julia Fischer y Daniel Müller-Schott, que se beneficiaron del acompañamiento de la Filarmónica de Londres y Gardner. Ambos solistas, ante la insistencia de los aplausos, y sin duda con hermosa premeditación, cantaron (sí, cantaron) el cant dels ocells de Casals, que tantos dispositivos admite.

A solas, el maestro y la orquesta desplegaron una de las más atractivas sinfonías expansivas de Sibelius, permítanme evocar con ello a Nielsen. Es expansiva la Quinta Sinfonía porque crece y se abre, porque vuela y no regresa a tierra, porque es reacia a resolverse (esto, después de todo, es marca de la casa en Sibelius. Y no acude al crescendo, pero sí al crecimiento, eso que se dilata desde un motivo, una idea primera, una célula humilde. Como ese dúo de clarinetes, secundado por las otras maderas, que origina el primer movimiento, primero Molto moderato, pronto Allegro y por fin Presto. O como esa célula métrica que da lugar a todo el Andante mosso central. Para concluir con un movimiento reconocible como “de Sibelius”, un Allegro molto. Misterioso, en el que el crecer y el abrirse ha de ser administrado con el sentido de la medida de Gardner y el virtuosismo de la Filarmónica. Todo para un concierto en el que no se podía pensar solo en el concierto. Aunque cabe preguntarse, ¿acaso no sería de rigor un luto permanente?
Como propina generosa, una breve pieza sinfónica de Sibelius, que resultó tan adecuada en un día tan lamentable y tan lamentoso, el Vals triste, que apenas si se permite un ápice central fuerza de lo que no es sino una danza macabra soñada, y que después de todo es una de las piezas de la música instrumental de Kuolema (Muerte), de Arvid Järnefelt. Un broche emotivo que el público supo apreciar y aplaudir con insistencia.
Santiago Martín Bermúdez
(fotos: Rafa Martín)


