SANTANDER / Puro Mozart

SANTANDER / Puro Mozart

Santander. Palacio de Festivales. 21-VIII-2019. Pierre-Laurent Aimard, piano. Barbara Frittoli, soprano. Francesco Marsiglia, tenor. Nicola Ulivieri, barítono. Orquesta de Cadaqués. Director: Gianandrea Noseda. Obras de Mozart y Stravinsky. • 22-VIII-2019. Ana Maria Labin y Miriam Albano, sopranos. Valerio Contaldo, tenor. Norman Patzke, bajo. Les Musiciens du Louvre. Director: Marc Minkowski. Obras de Haendel y Mozart.

Cuatro miradas distintas sobre la música del XVIII ofrecieron la Orquesta de Cadaqués y Les Musiciens du Louvre en estos dos conciertos centrales del Festival de Santander. A la primera le persiguió la sombra reciente de la London Symphony en una obra que la desnudó al completo: el Concierto para piano n°25 de Mozart, majestuoso y de ascendencia haendeliana, enraizado en los cimientos del estilo clásico. Su personalidad le viene de la mezcla, tan mozartiana, de sencillez y fuerza sosegada, de la pluralidad de caracteres y elementos que encuentra a ambos lados de la tónica. En ese entramado esencialmente sinfónico Noseda preservó el tono de la obra frente a la transparencia y el color orquestal, el espíritu solemne frente a la alegría de descubrir pequeños detalles en su interior, esos efectos instrumentales que le confieren aire, riqueza y profundidad. Aimard, jugueteando continuamente con el piano, lució la clase y el estilo que pertenecen a los más grandes, capaz siempre de demostrar que la música que él toca, sea de la época que sea, está viva.

Stravinsky compuso Pulcinella entre 1919 y 1920 sobre la premisa de que toda la música del XVIII era “en cierto modo, música de baile”. Noseda pareció compartir esa misma idea. Desde las primeras notas la orquesta pareció otra, más ágil, integrada y compacta, más convencida de sí misma, que es la única manera de poder convencer a los demás. Se hizo la obra entera, tan sencilla en su música como la de Mozart, pero revestida de la modernidad que le dio Stravinsky, un mago del sonido orquestal. Mientras Noseda danzaba con los músicos, estos marcaban la música que ambienta los gestos y los movimientos de los personajes, entre ellos el principal, Pulcinella, al que el compositor recordaba como un gamberro borracho, obsceno y deslenguado. Apenas hubo leves destellos de la herencia rusa, cada vez más alejada de lo que realmente emocionaba al compositor. Los tres solistas, Barbara Frittoli (destacada), Francesco Marsiglia y Nicola Ulivieri, se unieron al término de la obra en una propina peculiar: el trío Cosa sento! de Las bodas de Fígaro, de vuelta al tono inicial del concierto.

Minkowski es un músico cercano, potente y puro que sabe hacer al oyente partícipe de su entusiasmo por las obras que ama, como los guías que cuentan con sencillez las historias de sus tierras y dejan contemplar, dando el debido tiempo, lo que cuentan sus paisajes. Siendo históricos algunos de sus Haendel (Ariodante, Giulio Cesare), escogió para la ocasión la Oda para el Día de Santa Cecilia en la versión de Mozart, que conocía muy bien el estilo de sus antecesores. Les Musiciens du Louvre tienen un sonido propio que se expandió a placer por el auditorio santanderino, sumando a ello los contrastes, las sutilezas y las dinámicas que son marca de la casa y que sirven por igual a la naturaleza extrovertida del compositor que al ambiente espiritual que lo enmarca; todos los solos, laúd y armónica de cristal incluidos, fueron antológicos. Dentro de la concepción intimista de la obra el coro (cinco solistas y ocho ripienistas) encontró también un espacio y una complicidad que, transitando de número en número, tuvo la fuerza suficiente para asegurar el pulso de la obra.

Minkowski mantuvo el tono en la Misa en Do menor de Mozart, suma de influencias antiguas y modernas, con esa misma vitalidad que motivaba y estimulaba a meterse en su mundo: no tan sereno como interior, consciente del instinto teatral del compositor pero respetuoso con la atmósfera de divinidad que respira la obra. Lo mejor en Minkowski es que su entusiasmo es gemelo de su maestría, de su profundo conocimiento de esta música, desde el cual los Louvre ofrecieron de ella una imagen fresca, profunda y radiante, al tiempo que las voces se mantenían en una medida justa, casi minimalista: por su propia naturaleza, la Misa en Do menor repele los excesos. Partiendo de esa idea se escuchó a los solistas, entre los cuales solo en el tenor se echó en falta más empuje y proyección. Arropada por tres maderas de oír para creer, Ana Maria Labin estuvo particularmente elegante en el Et incarnatus est, uno de esos momentos únicos en los que Mozart alcanzó en su música una sensación de placidez que tantas veces resulta inalcanzable.

(Foto: Pedro Puente Hoyos – Festival Internacional de Santander)