SANTANDER / María Dueñas, del misterio a la emoción

Santander. Palacio de Festivales. 20-VIII-2026. María Dueñas, violín. Orquesta Real de Suecia. Director: Alan Gilbert. Obras de Mozart, Bruch, Stenhammar y Wagner.
Cumplir años es siempre motivo de celebración, más si hablamos de una cifra tan redonda como quinientos. La Orquesta Real de Suecia, creada en tiempos de Gustavo Vasa, los celebraba con una pequeña gira europea que la llevó a presentarse en el Festival de Santander con una plantilla muy amplia y un sonido poderoso que mantuvo en todas las obras del programa. Esa demostración de poderío dio corpulencia a la obertura de La flauta mágica aunque fuera a costa de perder en transparencia, describiendo a Mozart más por su fuerza inusitada, de verdadero coloso, que por la claridad de su música y su capacidad para las texturas diáfanas.
Después las sensaciones se armonizaron en torno al Concierto para violín nº 1 de Bruch por la simpatía mutua que pareció establecerse entre Alan Gilbert y la granadina María Dueñas, que vive una época de imparable avance y creatividad. El maestro le brindó una preciosa entrada y ella respondió con líneas largas y naturales, nacidas del interior, como si hiciese suya la idea hegeliana de la melodía como “libre resonar del alma”. Envuelta siempre en el sonido denso de la orquesta, su recorrido emocional fue imponente: dulzura y pasión convivieron entre el misterioso lirismo del Vorspiel inicial y los vigorosos ritmos del Finale, con cima expresiva en un Adagio que sumió el auditorio en un plano casi espiritual de recogimiento y energía concentrada.

No igualaron esa altura las dos propinas (el Valse triste de Von Vecsey y la Applemania de Igudesman) por más que confirmasen la imagen de Dueñas como violinista capaz de cultivar por igual una delicadeza máxima y una técnica soberbia. Tampoco lo hizo la Serenata op. 31 del sueco Stenhammar, que contempla de lejos el brillo del clasicismo vienés sin eludir la apertura a influencias más diversas como el impresionismo o el romanticismo de Brahms. Entre esas aguas se movió Gilbert al tiempo que la orquesta hablaba como en su lengua materna, nuevamente generosa en volumen (muy especialmente en el Scherzo) pero también dada a revelar sonoridades de cámara entre sus vientos, al fin protagonistas en un Notturno que valió por la obra entera. El concierto podía haber terminado ahí, pero los músicos aún se aferrarían a la grandeza de la obertura de Tannhäuser para mostrarnos que cumplir años requiere lucidez pero nunca renunciar a la vitalidad.
Asier Vallejo Ugarte
Foto: @ FIS / Pedro Puente


