BERLÍN / El holandés errante naufraga en la Deutsche Oper

Berlín. Deutsche Oper. 24-X-2026. Tomasz Konieczny y Derek Welton (Holandés), Aušrinė Stundytė (Senta), Attilio Glaser (Erik), Tareq Nazmi (Daland), Omar Mancini (Timonel), Kai Rüütel-Pajula (Mary). Sarah von Schwarze y Shlomi Moto Wagner (narradores). Coro y Orquesta de la Deutsche Oper Berlin. Dirección musical: Giedrė Šlekytė. Dirección escénica: Milo Rau. Richard Wagner: El holandés errante. Nueva producción.
No es infrecuente que una nueva producción operística provoque desconcierto por su planteamiento escénico, pero entusiasme por sus resultados musicales. En el nuevo Holandés errante de la Deutsche Oper de Berlín, sin embargo, la decepción fue general. Y comenzó por el protagonista, Tomasz Konieczny, que inició su interpretación con una emisión brutal, un sonido desdibujado y una pronunciación que alteraba el color de las vocales, para mostrar poco después evidentes síntomas de indisposición, hasta el punto de sufrir varios ataques de tos. Resulta incomprensible que, en semejantes condiciones, no se anunciara al público su estado. En pleno dúo con Senta del segundo acto apareció a un lado del escenario un cantante con un atril para hacerse cargo de la parte de su maltrecho compañero. Se trataba de Derek Welton, que ya ha interpretado varios papeles wagnerianos en este teatro y que habría sido, sin duda, una elección mucho más acertada para el protagonista, pues cantó con potencia y sin el menor problema de resistencia vocal.
Tampoco resultó afortunado el debut de Aušrinė Stundytė como Senta, con un canto quejumbroso y unos agudos de estridencia exasperante. Tareq Nazmi comenzó su interpretación de Daland con una voz atronadora, pero fue perdiendo fuerza progresivamente. Kai Rüütel-Pajula mostró una voz demasiado juvenil para Mary, mientras que Omar Mancini, como Timonel, tuvo problemas en el registro agudo. Solo Attilio Glaser, un Erik de auténtica talla heroica, ofreció una interpretación convincente.

Sorprendía encontrar en el reparto a dos intérpretes encargados de actuar como narradores. Se trataba de Shlomi Moto Wagner, artista nacido en Israel y residente en Berlín, que hablaba en hebreo, y de la actriz Sarah von Schwarze, cuyos padres se convirtieron al judaísmo y se trasladaron a Israel. Esta última intervenía en alemán y, junto a su compañero, relataba desde los extremos del proscenio, en un prólogo y antes del tercer acto, el proyecto de representar a Wagner en Israel. Para preparar su trabajo, el director de escena Milo Rau había viajado a Israel con ambos artistas, una experiencia de la que daban cuenta en la segunda de sus intervenciones.
La puesta en escena aborda las relaciones entre Alemania e Israel. El Holandés se convierte en la personificación del pueblo alemán, marcado por el peso de la culpa; Senta representa al Estado de Israel y Erik, a Palestina. En una desconcertante sucesión de imágenes, los vídeos de Moritz von Dungern recorren diversos episodios históricos, desde la fundación del Estado de Israel hasta el atentado de los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972 y el Monumento al Holocausto de Berlín. A ello se añade una multitud de secuencias filmadas durante el viaje del director a Israel con los dos narradores. El error fundamental consiste en pretender vincular todo este material con la ópera romántica —¡romántica!— de Wagner.

Por su parte, la escenografía de Anton Lukas y el vestuario de Silvie Naunheim carecen de atmósfera y en nada contribuyen a la obra. El vestuario mezcla, como viene siendo habitual, ropa de calle, trajes de oficina y uniformes de camuflaje. El escenario está ocupado por un conjunto de bloques de piedra de diferentes alturas, inspirados en el monumento berlinés. En una de las escenas se hunden en el suelo hasta sobresalir apenas unos centímetros, de manera que parecen lápidas funerarias. Sobre una de ellas, cubierta además con una bandera israelí, Senta y el Holandés mantienen relaciones sexuales antes incluso de su dúo. Es una de las escenas más embarazosas de un montaje en el que Rau demuestra, en general, una alarmante falta de inspiración y de recursos para dirigir a los personajes.
Al comienzo, Senta aparece como una adolescente insolente, con coletas, pantalones cortos blancos, ropa deportiva y una gorra de béisbol que acentúan el carácter ridículo de su aspecto. Las mujeres del coro de la Deutsche Oper, en su escena de las hilanderas, visten de manera semejante, como si reprodujeran el desfile de la delegación alemana en un estadio olímpico. La situación dramática, el texto y su plasmación escénica parecen pertenecer a mundos completamente distintos. En cambio, los coros de marineros y espectros del tercer acto carecen por completo de dirección escénica.

Es precisamente en este último acto donde el coro del teatro, habitualmente tan fiable, atravesó por serias dificultades, sin conseguir coordinarse con la Orquesta de la Deutsche Oper Berlin. Al frente de ella se encontraba la directora lituana Giedrė Šlekytė, cuya lectura acusó frecuentes pérdidas de tensión provocadas por las pausas generales, un volumen sonoro que a menudo alcanzaba niveles excesivos y una preocupante falta de precisión en la coordinación entre el escenario y el foso. También ella tuvo que escuchar airadas muestras de desaprobación al término de la representación, al igual que Stundytė y el equipo escénico.
Antes de llegar a ese momento, Rau todavía había conseguido desconcertar una vez más al público con un desenlace en el que Mary hiere mortalmente a Erik de un disparo, mientras Senta, ahora vestida con un traje pantalón negro de ejecutiva, se pega un tiro. El destino del Holandés, entretanto, queda sin resolver.
Bernd Hoppe


