SANTANDER / Las luces y las sombras

SANTANDER / Las luces y las sombras

Santander. Palacio de Festivales. 28-VIII-2019. Javier Perianes, piano. Filarmónica de Londres. Director: Juanjo Mena. Obras de Beethoven.

El auditorio del Palacio de Festivales de Santander recibió con una entrada espléndida a Perianes y Mena en esta primera velada dedicada a los conciertos para piano de Beethoven, un camino que llevan recorriendo juntos desde hace unos meses. Escuchados sucesivamente, uno detrás de otro, se hacen patentes las diferencias entre las piezas, la evolución que condujo a Beethoven desde los amplios dominios de sus precursores hasta la libertad de la generación romántica, de la que se convirtió en referente central. Perianes y Mena, Mena y Perianes, abordaron el Segundo, el Tercero y el Cuarto con pasión y serenidad, con elegancia, dando tiempo a la música, con una extraordinaria capacidad para el diálogo y la complicidad de una orquesta fabulosa que juega en la Premier League de las orquestas británicas. Bien es verdad que el arranque del Segundo, el más convencional y a la antigua de la serie, les sorprendió aún en frío y sus temas principales tardaron en encontrar aire y continuidad, como también a Beethoven le costó hallarlos. Hubo que esperar al Adagio para que apareciera la magia de la que es capaz Perianes, esos sonidos suyos tan al borde del silencio, convertida la página en un largo nocturno en estilo galante.

En el Tercero, heredero directo del K. 491 de Mozart, un lugar de encuentro entre momentos de bravura y de lirismo, que en las manos del onubense son de pura ensoñación, Mena describió simultáneamente las luces y las sombras de la escritura beethoveniana, dando un aliento señorial a su gran introducción. Perianes definió su pianismo en varios puntos: las poderosas escalas iniciales, impolutas, casi deletreadas nota a nota; una cadencia a lo grande que brilló por sus potentes arpegios, precursores del tono majestuoso del Emperador; la vuelta al sonido más delicado en el Largo central; y un Rondó implacable, rotundo, contundente, expresado sin paños calientes. Y aun así, su concierto parece ser el Cuarto, en el que mejor encuentra su voz más íntima, imprimiéndole un tono apacible, lúcido, de sosiego, de naturalidad, emociones puras, cantos suspirados en el Andante con moto y una maravillosa fluidez en el Finale, la sensación de que el piano y la orquesta reinventaban continuamente, como en un viaje al interior de Beethoven, la vida entera de la pieza.