SANTANDER / ’La revoltosa’: una corrala frente al mar

Santander. Palacio de Festivales. 25-IV-2026. Rocío Ignacio, César San Martín, Luismel Guerra, Alberto Porcell, Polo Falcón, Milagros Martín, Pilar Tejero, Lucía Beltrán, José Luis Gago, Martina Feito. Coro Lírico de Cantabria. Oviedo Filarmonía. Director de escena: Federico Figueroa. Directora musical: Lara Diloy. Chapí: La revoltosa.
No importan las modas, los tiempos o las vanguardias: La revoltosa (1897) es de esas zarzuelas que mantienen intacto su tirón entre el público y hoy llena el Palacio de Festivales de Santander como en su día el Apolo madrileño. Es de lo mejor que nos dejó Chapí, alicantino de Villena pero forjado como músico y hombre de escena en un Madrid en el que, lejos de los grandes temas del honor, el duelo o la libertad, el llamado género chico nacía del teatro para poner al público ante un espejo que le permitía reconocerse en sus costumbres y su manera cotidiana de hablar.
En ese ambiente, Chapí demostró en La revoltosa que lo cotidiano podía ser también extraordinario con una música espléndida, vivísima, que impulsa la escena sin renunciar a la ambición sinfónica. Partía de un libreto bien pulido que aunaba la escritura elevada del gaditano Carlos Fernández Shaw y el giro popular de José López Silva, y esa doble mirada fue decisiva para un tejido musical igualmente variado, refinado y popular, elaborado con mano diestra. En Santander se incorporaba, además, el terceto cómico de las vecinas de la corrala extraviado en su momento y presentado hace unos meses en el Teatro de la Zarzuela, retratadas las tres casi como comadres de Windsor en una música chispeante que enriquece el retrato coral del vecindario.
Tal es la unidad de La revoltosa, tan acabado su desarrollo teatral y musical, que cuesta entender la idea de introducir números de otras zarzuelas. Es innecesario y te saca de la obra. De El juramento de Gaztambide se insertó la romanza “Ay, yo me vi en el mundo desamparada” para que Mari Pepa confesase a Candelas un triste pasado. En el vals del “Caballero de Gracia”, de La Gran Vía de Chueca, Felipe se presentaba en la verbena como un perfecto dandy, “lo más fino de todo Madrid”. Y como a nadie le amarga un dulce, se aplaudió a rabiar el “Chotis del Elíseo” en plena fiesta, pero tampoco era el lugar. No por purismo, sino por coherencia.
Por lo demás, el montaje se desplegó de manera compacta, sencilla y homogénea, humildemente, sin alardes pero con un gran cuidado por los detalles. Federico Figueroa nos traslada con fidelidad al ambiente vivo de una corrala con sus galerías y su patio interior, hace muy reconocibles a los personajes y nos sirve en bandeja sus diferentes caracteres. Hay color, ritmo y movimiento, todo muy castizo sin caer en el exceso ni en la afectación. Es como si se centrase en una máxima: la vida es comedia. Y ahí Figueroa encontró a dos cómicos de raza, dos veteranos de la zarzuela como Polo Falcón (Cándido) y Milagros Martín (Gorgonia), a los que solo con verlos se les notaba el alma.
Sobre la base de un coro bien preparado, una Oviedo Filarmonía curtida en el género y la dirección plenamente idiomática de Lara Diloy, el resto del reparto transmitió también una energía alegre y contagiosa. Rocío Ignacio lleva tiempo luciendo una voz de mayor enjundia que en sus inicios, aunque a veces parezca hinchar el centro de manera artificial. Exhibió musicalidad en la romanza de El juramento y cierta contención en el dúo final con Felipe, al que dio vida César San Martín con variedad de matices y una bien asentada voz baritonal. Junto a las buenas sensaciones transmitidas por Luismel Guerra y Alberto Porcell, la sorpresa la dio Lucía Beltrán con una voz estupenda, clara y límpida. Entre todos pusieron de relieve el papel que la atmósfera juega en La revoltosa, ese hondo madrileñismo que llevaba a uno a salir del Palacio de Festivales asombrado de verse de pronto frente al mar.
Asier Vallejo Ugarte


