MADRID / Huw Montague Rendall: El buen decir

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 27-IV-2026. XXXII Ciclo de Lied. Huw Montague Rendall, barítono; y Hélio Vida, piano. Obras de Poulenc, Fauré, Schoenberg y Mahler.
El registro de barítono Martin —así llamado en memoria del cantante que lo caracterizó— tiene una curiosa resolución vocal. Es lo que, en varonil, resulta una mezzosoprano, a medio camino entre la soprano y la contralto: un mezzotenore, por inventar una traducción. Tal es el caso de Huw Montague Rendall. Su voz es de registro baritonal por su centro y su esbozado de graves, un centro espumoso que transita del gris y opaco al sutil y cristalino ahilado, el mínimo volumen. Al ascender al agudo, su voz tiene claridad y luz tenoriles. Manejada con inteligencia, cultura y una sensibilidad especialmente encaminada a los climas poéticos, consigue una elevada calidad, la de un cantante de cámara capaz de explorar con elegante autoridad su repertorio: la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.
El arte de Montague Rendall se basa en un pleno dominio de la recitación. En todos los casos, deja oír la presencia de un poema que busca en la música su íntimo suplemento sonoro. Así asumió los breves retratos en donde confinan la amabilidad y lo grotesco, el Apollinaire de Bestiario. A él acude Poulenc haciendo un doble recitado, el verbal y el pianístico, que comenta al anterior. Montague Rendall lo resolvió con un mínimo vocal y una imaginación capaz de diseñar breves viñetas animalescas.
Otro mundo es el de Fauré y su ciclo La buena canción. Los versos de Verlaine son más amplios que los de Apollinaire, están medidos y rimados. El canto debe acomodarse al matizado melodismo del compositor y explorar una variedad de climas, del fino erotismo nocturno hasta la conmoción sentimental, todo ello bordado por un diálogo entre la voz y el piano. Los intérpretes lograron poner en pie a una auténtica población de miniaturas.
Un mundo alternativo y a la vez con parecidos de familia al anterior, se advirtió en la segunda mitad del programa. En sus juveniles Cuatro canciones, sobre poemas de Johannes Schilaf, Schoenberg debe algo a la escuela francesa, al maestro Mahler y a un decadentismo que anticipa la angulosa gesticulación del expresionismo. Para ello, Montague cambió de vocalidad, se expandió y alcanzó niveles de un patetismo sensual imponentes. Para rematar, el modelo: el Mahler de las Canciones sobre poemas de Friedrich Rückert. En ellos el cantante sentó cátedra, en especial con A medianoche, de una creciente vibración que tocó la imponente elocuencia capaz de estremecer a toda la sala.
Montague contó con un brillante y parigual artista en Hélio Vida. El pianista supo distinguir lo francés de lo germánico por digitación y timbre, conservando para el primero la intimidad del teclado camerístico y para el segundo, la maciza evocación de lo sinfónico. Fraseó a la vez que su compañero, en una armoniosa confluencia de lenguajes donde la palabra canta y la música recita.
Blas Matamoro
(fotos: Rafa Martín)


