SANTANDER / Épica de los cuidados

SANTANDER / Épica de los cuidados

Un homenaje a los cuidadores. Así lo anunció el violinista Cibrán Sierra en su presentación del Cuarteto nº 15 de Beethoven, en cuyas anotaciones al adagio encontró las palabras precisas (“canto de acción de gracias de un convaleciente”, dejó escrito el compositor) para rendir tributo a los profesionales de la sanidad pública. “A ellos está dedicado todo el consuelo, la gratitud y el gozo que impregnan estas páginas”. Fue también una oportunidad para el reencuentro del Cuarteto Quiroga con el público y el escenario donde dieron sus primeros pasos como músicos profesionales y una ocasión extraordinariamente singular para reivindicarse, una vez más, como referentes de la música de cámara y custodios de las esencias beethovenianas. Tras una gira que los ha llevado por hasta cinco festivales españoles en la agridulce vendimia del aplauso pandémico, su lectura de los últimos cuartetos destiló frescura, tesón, misticismo, rebeldía y, sobre todo, un rigor casi discográfico (todo se andará) en su ascensión a la bóveda del tercer movimiento, concebido como un espejo simétrico en el que la cima sirve a la vez de punto de partida hacia un nuevo comienzo. Escrito a caballo de la grave enfermedad que sufrió Beethoven en la primavera de 1825, el Cuarteto nº 15 abarca un amplio espectro de emociones, desde el agónico violonchelo de la introducción lenta hasta la coda triunfal del Allegro appasionato.

Como en el amor, no hay nada que más delate a los integrantes de un cuarteto que su capacidad para entretejer miradas. Así lo hicieron en los pasajes rápidos del primer movimiento, en el bellísimo diálogo entre el primer violín y la viola del segundo o incluso en el zapateado en staccato del Alla Marcia. El protocolo sanitario les impidió izar la bandera del aforo, pero a pesar de las mascarillas lograron conjurar otras presencias a su paso por las secuencias en forma de coral del Molto adagio (Bach, a quien le dedicaron una emotivísima propina a quattro de la Pasión según San Juan) o el rondó final del Allegro appasionato (Mendelssohn). El programa continuó con el Cuarteto nº 16, publicado póstumamente en 1827 y con frecuencia cuestionado por su falta de cohesión argumental.

Ahí radicó precisamente el mérito de los Quiroga: en dotar de unidad al conjunto, resolver con astucia el juego de preguntas y respuestas (¿Es preciso? ¡Es preciso!) y asumir el desafío del Lento central, que exige extremar la simplicidad de recursos técnicos para alcanzar la máxima expresividad. El resultado fue una lectura conmovedora, que no escatimó en matices ni en efectos contrapuntísticos, aunque quizá más trascendental de lo que el propio Beethoven habría imaginado. En todo caso, el público salió ganando al cambio que ofrecieron de las connotaciones numismáticas del famoso motivo de tres notas del último movimiento.

Al día siguiente, compareció Arcadi Volodos en una Sala Argenta tan escasamente iluminada que obligaba a una delectación exclusivamente auditiva, sin estorbos visuales. Es conocida la afinidad del pianista ruso por el repertorio romántico, aunque su lectura de la Balada nº 2 del Liszt contenía un presagio impresionista, similar al de su registro para Sony de las Seis piezas para piano de Brahms. No se trataba tanto de adentrarse prematuramente en las fuentes de la Villa d’Este como de ofrecer una lectura serena de la tormenta en la que el público, y no el intérprete, se enfrentara al torrente de las escalas cromáticas, dibujadas aquí sin emborronamientos, desde la evocación intimista y reflexiva de los silencios.

El propio Volodos reconoce que hace unos años la Música callada de Mompou le abrió los ojos a una nueva concepción de la dualidad entre las notas y los silencios, una suerte de filosofía zen que aplica a todos los repertorios. A la llamada de San Francisco en su prédica a los pájaros acudió el pertinaz e inoportuno sonido de un teléfono (no hay crimen sin móvil) que obligó a un anticlimático bis de la introducción.

El comprensible enfado del público pronto se vio sofocado por la destreza del intérprete, todo un acto de fe, a la hora de crear niveles y texturas a través del complejo andamiaje armónico de los trinos lisztianos. El canto de El pájaro profeta, séptima pieza de las Escenas del Bosque de Schumann, parece sacado de las Escenas de niños, pero Volodos supo imprimirle cierto aire de admonición futurista, tal y como había concebido Eichendorff en el texto eliminado que pretendía acompañar este episodio: “¡Cuidado, manténgase alerta y vigilantes!”. Su Minueto D 334 contenía también un canto lento, esta vez a la juventud de Schubert, al que siguió otro, el D 600, en el que, como ya demostró Volodos a su paso por los estudios Teldex hace un año, no es difícil escuchar a Bach. El pianista de Leningrado se despidió con las ensoñaciones íntimas del Momento musical nº 3 de Schubert y El lago de Mompou, dos piezas aparentemente sencillas a las que sus manos confirieron una exquisita atemporalidad.