SAN SEBASTIÁN / Una orquesta de gran potencial sometida a una dirección de trazo grueso

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 25 y 26-VIII-2026. 87ª Quincena Musical Donostiarra. Orquesta Filarmónica de Seúl. Jaan van Zweden (director), Bomosori Kim (violín), Gloria Jieun Choi (soprano), A Kyeong Lee (mezzosoprano), Ji Hoon Son (tenor), Matthias Goerne (barítono). Obras de Mendelssohn, Respighi, Beethoven et al.
La Orquesta Filarmónica de Seúl ha comenzado su gira europea en la Quincena Musical Donostiarra antes de recalar en Merano (Italia) y Amsterdam, ciudad natal de su director titular Jaap van Zweden. Dos conciertos muy esperados por el público, dada la novedad que constituye la visita de una formación asiática de renombre y que, por lógicas constricciones logísticas, no se prodiga mucho por estos lares. Y digamos que el saldo ha sido agridulce: un buen conjunto con enorme potencial y un director a quien su larga experiencia, primero como concertino de la Concertgebouw y después como director de muchas orquestas, no le ha servido para construir unas interpretaciones de calidad.
Como decimos, la Filarmónica de Seúl tiene cualidades innegables y muy apreciables. En primer lugar, un enorme sonido que sin duda proviene de una escuela que potencia que cada individuo lo desarrolle lo máximo posible: pocas veces he oído una flauta travesera con ese caudal, por ejemplo. Sin duda, se puede obtener un sonido más redondo y cuidado, más propio, pero el potencial está ahí. En segundo lugar, una afinación asombrosa en todas las secciones y una exactitud impecable en los ataques. En tercer lugar, una técnica instrumental impresionante puesta a prueba constantemente por parte de la batuta, absolutamente inmisericorde y desatado en tempi. Y en cuarto lugar, una enorme disciplina y ductilidad a la hora de responder a las exigencias de su director.
En cuanto a Jaap van Zweden, no se trata precisamente de uno de esos instrumentistas que deciden pasarse a la dirección y cuya técnica no es muy fina: al contrario. Su gestualidad es clara, eficaz y definida. El problema es el concepto. No podía sino recordar la prestación de Thomas Adès del verano pasado junto a la Orquesta de la Ópera de París, que fue exactamente lo contrario: un gesto más que heterodoxo pero ¡qué resultado musical excelente! El holandés dice que aprendió mucho de todos los maestros que le dirigieron en su etapa en Ámsterdam, pero he de decir que, sentada en el público, me dio la impresión de que su amnesia al respecto era total.
El día 25 se abrió el programa con la obra Inferno, del coreano Jung Jae-il. Se trata de una partitura de dos secciones principales, la primera de las cuales parece evocar efectivamente la caldera de Pedro Botero en un ejercicio de minimalismo mainstream dominado por la tensión dinámica y las disonancias relativamente complacientes. La segunda sección resultaba más serena, o bien como un infierno aceptado, o bien como un purgatorio de baja intensidad. Obra muy cercana al mundo de la banda sonora que tanto practica el autor y que consiguió su propósito de causar un notable efecto entre el público.
Siguió la Sinfonía nº 40 de Mozart en Sol menor KV 550 en una versión de velocidad excesiva y poco cuidado en el detalle en lo que sería una constante en las obras de Mendelssohn y Beethoven de éste y del siguiente programa. Si el fraseo del primer y famosísimo tema nos hizo esperar una versión personal y con intención, con una dinámica estructurada a partir de la pulsación y una variedad en las articulaciones siempre que un sujeto se repetía, pronto cesó la originalidad. La claridad de los fugatos en el desarrollo y el estupendo balance de las maderas no consiguió sin embargo que esos cambios de carácter constantes en Mozart, esa teatralidad que ha de estar presente en cualquiera de sus interpretaciones puesto que toda su escritura es operística, se plasmaran en algo vibrante. Un aire monolítico de tragedia se cernió sobre todo el Molto allegro. Algo parecido sucedió en el Andante, cuyo ambiente galante, bien dibujado al principio no consiguió ningún vuelo lírico a pesar de las bienintencionadas maderas: ningún cambio de carácter ni gracia en las articulaciones, ninguna sorpresa, además de cierto desequilibrio con un peso excesivo de los violines.
El movimiento más desconcertante fue el Menuetto, en el que el tempo excesivo, la falta de flexibilidad en los encadenamientos de las frases, el no dejar llegar al final de los silencios y la falta de ligereza en el contraste del trío propiciaron una insuficiente de claridad expositiva. Una lástima porque tanto las maderas como las trompas hicieron un gran papel. El Allegro assai adoleció de las misma carencias, de ir al fondo de la pulsación, de talante teatral, de carácter en definitiva. Y de nuevo una pena porque la ejecución pura fue buena y los solistas hicieron un muy buen trabajo, con mención destacada al clarinete.
La violinista Bomsori Kim fue la estrella invitada para interpretar el Concierto para violín en Mi menor op. 64 de Mendelssohn. Si nos quedaba alguna duda de que la potencia sonora es uno de los puntales del aprendizaje instrumental en Corea, con ella nos terminó de quedar claro. De acuerdo que su Guadagnini es impresionante, pero si la comparamos con otros colegas suyos que también tocan instrumentos fuera de serie, es evidente que ella extrae un sonido realmente enorme. Estupendo fraseo, magnífica ejecución, impecable (o casi) afinación, virtuosismo que llega al paroxismo y poco más. Faltó vuelo lírico y, una vez más, contraste. El segundo movimiento fue llevado con turbo por Van Zweden y de esa manera es imposible hacer una respiración en condiciones, un rallentando, una inflexión… algo. Adoro a Mendelssohn y en esta ocasión, me dio igual. La orquesta fue tratada como una comparsa sin importancia y, de nuevo, a pesar de su potencial. El tercer movimiento, puro fuego artificial, con un tempo absolutamente fulgurante y todo puesto al servicio de la pirotecnia —fantásticos los violonchelos también en la expresión—, sin un “pero” técnico que reprochar, pero sin esa elegancia y ese brillo mendelssohniano. Como propina, Schöne Rosmarin de Kreisler, con un virtuosismo impresionante y ningún humor.
Terminó el programa con Pinos de Roma de Ottorino Respighi, una de las pocas obras bien conocidas de la gran producción del italiano junto a las otras dos de la trilogía, Fuentes de Roma y Fiestas romanas, y cuya orquestación merece verdadera atención. Aquí es donde mejor se manejó el director holandés y donde extrajo lo mejor de su agrupación. Está claro que lo suyo es la espectacularidad y el efecto y lógicamente, con un orquestón como el que exige Respighi, es donde más cómodo se encuentra. Quizá fue lo que más habían ensayado también. Estupendos los metales y la percusión en los Pinos de la villa Borghese. En los Pinos cercanos a una catacumba estuvieron muy bien la cuerda grave y las trompas, especialmente en las dinámicas pianissimo, así como la trompeta fuera de escena, los trombones y la realización del crescendo del tutti. Los Pinos del Gianicolo fueron uno de los mejores momentos de la noche con un fraseo realmente bueno y destacaron los estupendos solistas de clarinete, flauta y chelo. Por último en los Pinos de la Vía Appia, donde la solista de corno inglés llevó a cabo un fabuloso trabajo, la orquesta desplegó toda su capacidad dinámica y ofreció desde un muy cuidado pianissimo hasta un espectacular crescendo que arrolló al público del Kursaal. Una trepidante interpretación que arrancó un gran aplauso del público, agradecido con la Danza eslava nº 8 de Dvorak.
Al día siguiente, un programa más concentrado pero igualmente intenso que se inició con The Wound-Dresser de John Adams, obra compuesta en 1988 y que sigue el terrible poema homónimo de Walt Whitman inspirado en su experiencia como voluntario en un hospital durante la Guerra de Secesión. En la primera sección se instala una base sonora con la repetición constante de una serie de disonancias en la cuerda sobre las que el barítono comienza su canto-declamación que irá ampliando su interválica y su intensidad expresiva a medida que avance la obra. Muy adecuado Matthias Goerne para esta especie de cantata de guerra, con esa emisión suya a veces semigutural en el grave, a veces tensa en el agudo y siempre con esa tendencia a la introspección. Para la segunda sección Adams dibuja una melodía a base de intervalos bastante amplios en articulación legato con ese tono de lirismo romanticoide de tantas bandas sonoras de los 80 y 90 y otorga un papel fundamental a la trompeta —fantástico el solista—, como siempre que se ha de evocar algo relacionado con la cuestión militar. Estupendo papel también el del concertino a lo largo de las secciones primera y última de la partitura. Muy bien delineada toda la última parte por Jaap van Zweden hacia ese final entre desesperado y desesperanzado. Realmente, se maneja mucho mejor en repertorios más ligados a los siglos XX y XXI y donde hay cierto efectismo.
Porque ya les digo que lo de la Novena de Beethoven fue otra cosa. Realmente pensé que al terminar se iba a sobreimpresionar al fondo del escenario “World Guinnes Record”. Nunca pensé que escucharía este monumento a esa velocidad. Ni que una orquesta lo resistiría. Pues oigan: ambas cosas sucedieron, para mi estupor. En el primer movimiento buscó otra vez el carácter efectista a base de llevar un tempo absolutamente inflexible, exigir unas dinámicas constantemente excesivas y simplemente hacer que unas frases sucedieran a otras sin un encadenamiento bien realizado, como si se hubiera tragado el metrónomo. Tampoco los planos sonoros estaban claramente definidos puesto que las diferentes secciones estaban más o menos en el mismo nivel de balance —los timbales, más que los demás, de hecho—. El crescendo final se ejecutó a velocidad supersónica y partiendo de un matiz demasiado fuerte, sin preparación. El cantabile de tantos momentos no asomó por ninguna parte.
Los dos siguientes movimientos siguieron en la misma tónica: entrada abrupta, unas intenciones expresivas ininteligibles, un fraseo no suficientemente cantado… Y eso que los músicos responden a lo que se les pide, insisto. Pero parece que lo que interesa al titular es poner al límite su capacidad de ejecución tanto en velocidad como en dinámica, lo que impide claridad en las articulaciones a pesar de una ejecución correcta. Los pocos momentos expresivos provinieron en el segundo movimiento de alguna iniciativa personal de algún solista que supongo, sería duramente reconvenido. A la altura del Adagio tuve claro que la orquesta tiene sobrada capacidad para tocar muy bien porque responden estupendamente, pero si tienen al frente a alguien cuya intención musical se basa únicamente en la velocidad y la fuerza pues apaga y vámonos. ¿Qué fue del sublime lirismo del tercer movimiento? Pues ni idea. A pesar de las buenas intenciones de las maderas y las trompas especialmente, allí no pasaba nada. Esa especie de quietud expresiva llena de gozo contemplativo que ha de embargar el fraseo ni siquiera se vislumbró.
El recitativo-solo de chelos y contrabajos que enlaza con el Finale presto fue tremendo: perfectamente tocado pero agarrado nota a nota por Van Zweden, que no deja respirar a nadie. Ni misterio ni zozobra. El contraste con las maderas, que instalan un nuevo carácter y cantan el celebérrimo tema por primera vez apenas quedó esbozado. La alegría contenida en las cuerdas graves la primera vez que lo tocan pasó inadvertida y la solemnidad lírica que ha de apoderarse de la orquesta a medida que se incorporan los instrumentos estuvo completamente ausente. El tutti, muy fuerte y muy veloz, eso sí.
La entrada de Matthias Goerne fue un tanto tensa, aunque tampoco me extraña dado el clima instalado por Van Zweden. No se le sintió demasiado cómodo en los graves pero hubo un fraseo musical. El resto de solistas, impecables de afinación (qué bárbara la soprano Gloria Jieun Choi, si se le llega a pedir cantar una octava más arriba lo habría hecho con la misma imperturbabilidad) pero sin ningún interés expresivo. Sin embargo el tenor Ji Hoon Son cumplió sobradamente en su solo desde todo punto de vista.
Pero la gran sorpresa sin duda la constituyó la prestación del Coro Easo que fue sin duda ninguna lo mejor de la noche. Aunque todas las secciones brillaron quiero hacer una mención especial a la fantástica cuerda de sopranos a las que el director exigió unas dinámicas tan potentes —e impuso un tempo terrorífico— como a la orquesta y sonaron empastadas y potentes y ¡oh albricias! con un color realmente lleno. No puedo dejar de preguntarme a qué se debe que el Orfeón no consiga lo mismo ni siquiera cuando ambos coros cantan juntos. Igual tienen que contratar un ratito a Jaap van Zweden.
Y así llegamos, aturullados y despeinados por la velocidad, al final de esta Novena de brocha gorda. El público premió con un caluroso aplauso la fabulosa prestación del Coro Easo así como la capacidad de adaptación de la orquesta y su potencial, porque la versión del director generó muchas dudas. Deseo de todo corazón una singladura larga y fructuosa a esta muy buena Filarmónica de Seúl pero por favor, con otro comandante al frente.
Ana García Urcola
(fotos: Seoul Philharmonic Orchestra)


